Caleb Williams, novela de William Godwin

Por Luis Junco

Vaya por delante que a mí Caleb Williams me pareció una excelente novela de intriga que en su misterio y ritmo me recordó a las novelas posteriores de Wilkie Collins. El joven Caleb Williams, secretario personal del hacendado Ferdinando Falkland, señor de un remoto condado del sur de Inglaterra y hombre de intachable moralidad para quien la preservación y honor de su nombre es un fin primordial de su existencia, descubre algo que pone en entredicho la respetabilidad de su admirado señor. Desde entonces la vida del joven Caleb se convierte en un infierno: odio, cárcel, pobreza, amenazas a su integridad física y moral le persiguen sin darle un instante de tregua. Y si este es el principal hilo argumental, en la trama se engarzan otros personajes de gran fuerza y otras situaciones que ponen de manifiesto algunos de los temas del ideario filosófico y social de William Godwin: la lucha por los derechos de la mujer –que representa en este caso el personaje de Emily Neville–, la rebelión de los granjeros contra el señor terrateniente –representada por los Hawkins–, los marginados que reaccionan contra el orden social injusto –personificados en Mr. Raymond, jefe de la banda de ladrones profesionales entre los que Caleb halla refugio. Y si tuviera que definir de una manera rápida a estos personajes y las situaciones presentadas en la novela, los calificaría de shakespearianos. (No en vano, en algunas secuencias se alude explícitamente a escenas de las obras del gran dramaturgo inglés.)

 

Según sabemos por palabras del propio autor, Caleb Williams fue planeada en 1791 y publicada dos años más tarde. Desde entonces la novela ha conocido diversas ediciones y he tenido noticia de que la editorial Valdemar la publicó en español en los años 90, pero no he podido conseguir un ejemplar. Yo lo leí en la lengua original, en una edición de 1903, y con un prólogo tan interesante del propio autor sobre los entresijos de su creación y reflexiones sobre la escritura, que no me resisto a compartir con los lectores de este blog algunos de los párrafos más significativos. (Pido perdón por las incorrecciones que seguramente haya en mi torpe traducción, pero creo que el sentido de lo que dice William Godwin se preserva.)

 

 

 

Dediqué tres o cuatro semanas a imaginar y anotar los principales hitos de mi historia antes de empeñarme seria y metódicamente en su escritura. A partir de estos hitos iniciales comencé con la parte tercera del libro, luego con la segunda y al final con el engarce de todo esto con la primera parte. Llené dos o tres pliegos de papel, dividido en octavos, con estos memorándums. Estaban escritos con gran brevedad, pero lo suficientemente explícitos como para asegurar su comprensión y significado cuando pasara el tiempo que yo considerara necesario para escribir la historia completa: párrafos cortos de 2, 3, 4, 5 o 6 líneas cada uno.

 

Después me puse a escribir la historia desde el principio. Escribía trozos cortos y solo cuando me venía la inspiración. Tomé como norma el que cualquier cosa que escribiera cuando no estuviera “en vena” sería mucho peor que el no escribir nada. En este aspecto, no escribir nada era mil veces mejor que cualquier trabajo “sin sustancia”. La inactividad tan solo significaba un día del calendario perdido que al día siguiente podría recuperar. Pero un pasaje escrito sin alma, plano y sin la disposición necesaria, se convertiría en un obstáculo que a la corta sería imposible corregir y volver a asentar debidamente. Escribía, pues, en sucesivos “arranques”; a temporadas –una semana o diez días– sin escribir una sola línea. Y a pesar de esa forma de escribir, el resultado era algo unitario y continuado. Por término medio, cada volumen de Caleb Williams me llevó cuatro meses.

 

Debo admitir, sin embargo, que salvo durante algunos intervalos, durante todo ese periodo mi mente estuvo en un estado de gran excitación. Mil veces me decía: “Escribiré una historia que supondrá una época significativa para el lector, que después de leerla, nadie podrá ser exactamente el mismo que era antes”. Anoté estas cosas cuando las pensaba y con la mayor franqueza. Sé que lo que me decía sonará como el grado más lamentable de la arrogancia. Pero tal vez ese debe ser el estado mental de un creador cuando hace lo mejor que es capaz de hacer. Debo añadir que en mis cuarenta años de existencia jamás me he jactado de nada.

 

Cuando ya había escrito alrededor de las dos terceras partes del primer volumen, cedí a la tozuda solicitud de un viejo e íntimo amigo de permitirle la lectura del manuscrito. A los dos días me lo devolvió con una nota: “Te devuelvo el manuscrito en el plazo prometido. Si hubiera obedecido al primer impulso después de leerlo, lo hubiera echado al fuego. Si persistes en este escrito, te pronostico que con seguridad supondrá la sepultura de tu fama literaria”.

 

No tomé en consideración el juicio crítico de mi amigo. Aunque me llevó al menos dos días de profunda ansiedad el recobrarme del duro golpe. Espero que el lector se pueda hacer idea de lo que suponía para mí aquella circunstancia. No cedía a la opinión de mi amigo. Era todo lo que tenía: mi primer experimento ante un juicio imparcial que se interponía ante todo lo que era mi mundo. No estaba dispuesto a solicitar otro. Si lo hiciera, ¿cómo podría decir si el segundo o el tercero de esos juicios iban a ser más favorables? No; solo me quedaba envolverme en mi integridad. Mi resolución me haría invulnerable. Decidí continuar con el relato hasta el final, confiando en mi idea del conjunto y dejando que la opinión del resto del mundo llegara a su tiempo debido.

 

Como era lo habitual, comencé el relato en tercera persona. Pero en seguida me sentí incómodo. Y asumí la primera persona, haciendo al propio narrador héroe de la narración. De esta manera he persistido en el resto de mis creaciones de ficción. Es infinitamente el modo más adaptado a mi manera de escribir, cuya principal característica y en la que mi imaginación se demuestra más libre, es el análisis de los procesos internos de la mente, empleando mi cuchilla de disección metafísica para dejar al descubierto los motivos y permitiendo que los impulsos de los personajes se acumulen hasta adoptar los particulares modos de actuación que manifiestan.

 

 

Una vez decidido el principal objetivo de la historia, mi método se basó en consultar creaciones de otros autores que trataran del mismo tema. No me sentí amedrentado por ello, en el sentido de que pudiera interpretarse como intento de copia de mis predecesores. Confiaba en mi manera propia de pensar y escribir, lo que siempre me preservaría del plagio. Leí otros autores que, en mi opinión, mantenían un mismo tren de pensamientos que el mío y con el mismo objetivo, al tiempo que yo buscaba un camino propio para llegar a ese objetivo, desdeñando inquirir si por azar ellos habían coincidido o no con el mío.

1 Comment

  1. Emilio dice:

    Gracias, Luis, por la recomendación. Los pasajes del prólogo que traduces con interesantísimos. Pocas veces se oye a un autor reflexionar sobre su creación con tanta franqueza y falta de prejuicios.

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