La semilla del óxido, de José Luis García Herrera: vida, tiempo y palabra contra el olvido

La semilla del óxido, de José Luis García Herrera: vida, tiempo y palabra contra el olvido

La semilla del óxido

Por Santiago López Navia

 

Con La semilla del óxido (Madrid, Devenir, 2017), poemario galardonado con el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández 2017, José Luis García Herrera (Barcelona, 1964), añade una nueva y admirable obra a una producción poética fecunda y muy reconocida en el ámbito nacional e internacional.

El poemario se debate entre varias vetas temáticas, empezando por la experiencia vital. El programa de vida del poeta, aparentemente sencillo pero ambicioso en realidad (“amar, ser amado y escribir”), se enuncia desde el primer momento en “Acta de fe”. La vida es una búsqueda permanente y siempre insatisfecha (“En la cruz del silencio”), marcada a veces por la desazón y el desengaño (“Tiempo de óxido”), a veces por las incertidumbres (“Funámbulo de la noche”) y a veces por los dolores de la existencia (“Existencia”) y la herida del vacío (“Fui”), que puede explicar la necesidad de la reivindicación identitaria (“D.N.I.”). El poeta comparte con el lector una poesía sentida, empática, conmovida y no solo conmovedora, que late entre otros poemas en “Accidente” y en la sección “Huellas sobre el agua”, de especial intensidad y hondura.

Una segunda veta temática gira en torno al paso del tiempo, en la que García Herrera se suma a una tradición tan larga y viva como la creación poética misma, y en la que son evidentes la dialéctica entre lo perentorio y lo permanente (“Escrito sobre el hielo”), el constante movimiento de la vida (“Nómadas”) y la percepción dolorida del transcurrir de los años (“Palabras de agua” y “Herencia de hielo”), simbolizado por la presencia recurrente del óxido, especialmente intensa en “Páramos gélidos”.

Destaco también entre los temas preferentes del poemario una poderosa reflexión metaliteraria que alcanza tanto a la lectura como a la escritura. El poeta presenta el acto de leer cono un rito vivificado y vivificante (“Antiguo ritual”) en el que declara las deudas que ha contraído con sus libros (“Los libros”). En cuanto al acto de escribir, la escritura poética hiere y cura al tiempo (“El cristal de la memoria” y “La herida abierta”) y no siempre se ajusta con precisión al sentimiento (“El cristal de la memoria”), como bien sufrimos quienes vivimos en este oficio. El proceso de la creación consiste en ocasiones en agavillar apuntes que serán un poema esbozado en noches a veces tranquilas (“De la noche tranquila”) o en un poema que será nuestra tabla de salvación contra el olvido (“Contra el olvido” e “Identidad perdida”), que fragua la masa anónima en medio de la cual brota la voz del poeta (“Imitando al olvido”).

Descubro en La semilla del óxido algunas recurrencias muy gratas con las que sintonizo cordialmente. La primera de ellas es la presencia inspiradora de la música, pasión que me une a García Herrera, en poemas que rinden homenaje a genios como el grupo America (“A horse with no name”), Phil Collins (“In the air tonight”) o Lou Reed (“Walk on the wild side”), y la segunda es la fuerza con la que se capta el misterio de la ciudad en “Los mares de la noche” y en “Urbanitas lex”, con el magnífico broche cierto y dolorido de sus versos finales: “No habrá ciudad/que no nos dé la vida/a fuerza de matarnos”.

El versículo, dominante en el poemario, se alterna excepcionalmente con la prosa poética en la sección “Los pasos desandados (Peralba de Trescastros)”, en la que el poeta despliega imágenes audaces y cargadas de sugerencias que me parecen especialmente brillantes en “Los espejos transparentes”. No puedo dejar de destacar la fuerza que adquieren a lo largo de todo el libro algunos versos de tono sentencioso y lapidario, cargados de una enorme lucidez: “El camino llega y te elige. Tu solo lo recorres/con la brújula ciega que gobierna el instinto” (“El peso de las huellas”); “La vida/es un teatro/donde los actores abandonan la escena/pero el telón/jamás/cae” (“A esta hora”); “La costumbre/es la virtud de los temerosos” (“Tributo al fracaso”); “La soledad/es un soliloquio de humo en busca de su dueño” (“La esencia de la vida”); “No hay descanso para la soledad” (“Frontera de la soledad”). Dejo para el final la vibrante secuencia “Todos somos del mismo lugar y de ninguna parte […] Todos somos del mismo lugar y somos forasteros […] Todos somos del mismo lugar. Todos mentimos”, que atraviesa el armazón de “Walk on the wild side”, y la tremenda sacudida que supone recordar que “no hay dolor/que sea más intenso que la vida” (“Sombra herida”).

Un poemario, en fin, cincelado con la honradez y la rotundidad propias de José Luis García Herrera y fiel a su esencia más pura, en el que sigue construyéndose una línea poética original y personalísima que, para bien de quienes disfrutamos de su obra y de su afecto, aún tiene mucho que regalarnos.

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