Jennifer Roy: Estrella amarilla (Barcelona: Ámbar, 2009)

Por Emilio Gavilanes

 

Aquí en Náufragos ya se ha hablado de varios testimonios de supervivientes del Holocausto, incluso de niños, como en este caso. Lo que se cuenta en este libro es la historia del gueto de Lodz (Polonia) a través del relato de una niña. Aunque está levemente literaturizado, el libro recoge básicamente los recuerdos de una mujer que entonces era una niña. El gueto de Lodz era el segundo más grande de Polonia, después del de Varsovia. De un cuarto de millón de habitantes sobrevivieron ochocientas personas. Ochocientas. De ellas, cuatro o cinco niños.  Los procedimientos para acabar con toda la población fueron variados, desde el asesinato en la calle porque sí, hasta el traslado a campos de exterminio mediante el engaño de que iban a trabajar a Alemania en el desescombro de las ciudades, o por la simple fuerza. Las cifras demuestran que los nazis se emplearon a fondo. Dejaron una población mínima, con la intención de usarla para limpiar el gueto y borrar todas las huellas. Incluso para esos pocos ya tenían preparadas las fosas. Es entonces cuando la aviación rusa comienza a bombardear el gueto y los nazis huyen. Y ocurre algo extraordinario: los judíos supervivientes salen a patios y lugares abiertos y el comandante de los bombarderos al volar sobre ellos ve estrellas de David amarillas y manda detener el bombardeo. ¡Las humillantes estrellas amarillas salvaron a los judíos que habían sobrevivido en el gueto de Lodz! (Szpilman, autor de El pianista del gueto de Varsovia, libro que para mí transmite como ningún otro la sensación de infierno, sobre el que Polansky hizo una película más suave, cuenta cómo al final de la guerra llevar la estrella de David podía salvar la vida ante la llegada de los rusos, y muchos polacos que no habían hecho nada por los judíos se la cosían en la ropa.)

La voz de esta niña cuenta los hechos históricos. Sus circunstancias personales apenas son solo un acompañamiento. Y eso le da un toque de inautenticidad. Recuerdo haber leído hace tiempo el diario de una niña llamada Raquel, una niña como de quince años, que era especialmente conmovedor porque su mayor interés estaba en los chicos de su edad y su mayor sufrimiento era un chico que no le hacía caso. Esto es lo que estaba en el primer plano de su relato. Solo a veces hablaba de la persecución de los judíos y consignaba escenas horribles (como cuando ve a un soldado alemán reventar a un bebé contra una pared). Y eso, que una chica escriba sobre sus preocupaciones personales y solo al fondo veamos la Historia, es mucho más auténtico, y más lógico, más realista, si se piensa. Y por otra parte, la Historia, entrevista entre banalidades y trivialidades, se vuelve más atroz, más terrible, más como es realmente. Es un procedimiento más eficaz para dar cuenta de la realidad.

Los más grandes libros de aventuras del siglo XX son los testimonios de los perseguidos por los nazis o por los soviéticos. Se me podría oponer que en los libros de aventuras siempre hay algo alegre, luminoso. Pero en los del Holocausto, a los que me refiero, también hay algo luminoso, pues son testimonios de supervivientes, de gente que se salvó. (Con esto que digo no pretendo tanto aligerar los libros del Holocausto como entenebrecer los de aventuras.) Las aventuras que nosotros leemos con envidia, idealizadas, el protagonista las vive a su pesar. Cabeza de Vaca, Bernal Díaz del Castillo, el mismo Jim Hawkins, no creo que quisieran pasar por esos lances terribles. En los libros del Holocausto ocurre igual. Son peripecias heroicas, es decir, de las que los protagonistas salen con vida, pero que ellos no querrían vivir. Eso es la aventura. Vencer a una fuerza superior con la que no quieres enfrentarte.

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