FEED MY MIND

 

 

 

 

Alimentar la mente. Pensar. Tal vez la más importante y efectiva rebeldía de las que nos quedan. Pensar, sí, pero ¿pensar cómo? ¿pensar para qué? En todo caso, intentar pensar «desde fuera», tratar de no aceptar lo inaceptable, de no asumir lo inasumible. Estar siempre alerta a lo que las palabras transmiten sin decir –las babas de las que habló Cortázar–, ser conscientes de que el silencio no es un vacío nouménico y esencial, sino el lugar donde nos construyen valores inconscientes, mentiras escondidas. Sacarlas a la luz, desvelarlas, porque cuando se rasgan los velos no se descubre el espíritu ni lo trascendente, sino la riqueza y la pobreza, la violencia y la sumisión, la explotación cotidiana y el dolor, el puto dolor que provoca.

Frente a los corifeos del capitalismo, frente a la labor sistemática de la tertulias mediáticas que repiten hasta la saciedad las «verdades» del sistema, esta sección de la página web de La Discreta pretende presentar textos (otro ritmo, otra atención) que intenten pensar «desde fuera», que intenten formar un «pensamiento otro».

Si conoces alguno que lo haga, mándalo a jvao0000@encina.pntic.mec.es


Lola Herrera. Entrevista en EL MUNDO, 11 de agosto 

Romano Luperini, Las responsabilidades de los intelectuales

Louis Althusser. Ideología y aparatos ideológicos de estado. ( I )

Louis Althusser. Ideología y aparatos ideológicos de estado. ( II )


A veces, conviene empezar recordando lo evidente. Lola Herrera, en EL MUNDO (11-VIII-00)

 

P.- De Valladolid. ¿Qué tiene en común con Aznar?

R.- Que somos castellanos. Nada más. Pertenecemos a una clase social muy distinta y a la gente que pertenece a clases sociales distintas les pasan cosas distintas en la vida, y piensan de una manera distinta.

(...)

P.- Pero, ¿no era que lo de las clases sociales no valía ya?

R.- Es un término que ya no se utiliza, pero existen. Siempre han existido y existirán. Es una cosa clarísima. Ahora parece que todos somos los mismos. Pues no, ¡es mentira!

P.- ¿Qué diferencia hay entre ustedes?

R.- Un abismo. Los intereses de la clase social suya nunca serán los de la mía.

P.- Defíname los de Aznar.

R.- Tener unos niveles buenos para unos cuantos, proteger su propio sector. Y mi clase social intenta mejorar el suyo. Soy hija, nieta y bisnieta de obreros y me lo curro desde que tenía 12 años. Toda mi vida he trabajado, y no se puede ser obrero y de derechas. No me cuadra.


LAS RESPONSABILIDADES DE LOS INTELECTUALES

Romano Luperini (Allegoria, año VI, nº 17, 1994; pp. 5-7)

 

Uso aquí la palabra "intelectual" ya casi sólo por convención (sobre el "casi" volveré en un momento). Como escribí en un artículo –cuyas previsiones se cumplieron en Italia incluso demasiado rápidamente– sobre la coincidencia entre posesión del lenguaje y posesión del poder (cfr. "El poder del lenguaje y el lenguaje del poder", en Allegoria, 13, 1963 [próximamente en esta página web]), los intelectuales en sentido histórico, es decir, como detentadores y distribuidores de lenguaje y como mediadores sociales, ya no existen. En su lugar tenemos los entretenedores [el intelectual-espectáculo] al servicio del lenguaje-mercancía y del lenguaje-poder, o, si se prefiere, del lenguaje como expresión directa de un poder único, en el que los intereses culturales, económicos y políticos son una sola cosa. Por otra parte, la concentración de poder económico, cultural y político está hoy a la vista de todos, entre otras cosas porque ese poder ha tomado sólidamente el mando. La llamada telecracia no es más que un aspecto específicamente italiano [y español] de la revolución productiva que se está dando en todo el Occidente, donde desde hace tiempo el capital informático ha conseguido la supremacía sobre otros sectores más atrasados.

Cuando se habla aquí de intelectuales pienso en primer lugar en cuantos desarrollan una labor educativa en el sector de la escuela y de la universidad. Si bien no ignoro a los hombres de cultura que permanecen activos –cada vez en menor medida, sin embargo– en el campo editorial y periodístico, el educativo es el único sector que se sustrae, al menos en parte, al control de los mass-media y de su lenguaje, y trata de oponerle otro tipo de comunicación, basada en procedimientos y tiempos de formación diversos e incluso alternativos con respecto a los del lenguaje-mercancía y del lenguaje-espectáculo. En el mundo de la escuela y de la universidad, el profesor conserva –degradada lo que se quiera pero en todo caso todavía decisiva– una cuota de esa función intelectual que se ha perdido en la sociedad en general. De ello, sin embargo, deriva también el intento del poder de redimensionarlo y de subordinarlo a sus leyes. Evidentemente, no es casualidad que el nuevo gobierno [y el anterior, diría yo] ponga a tiro a la escuela pública. De este modo, la defensa de esta será una batalla por un pluralismo real y por una real democracia. En efecto, si en nuestro país, a través de escuelas privadas financiadas directamente por los detentadores del lenguaje-poder (que esta es la perspectiva real, y no tanto el desarrollo de las escuelas católicas en cuanto tales), viniese a menos la alternativa presentada por la escuela pública y se estableciese un único centro de difusión del lenguaje, se llevaría a cabo una homologación de los lenguajes, y un entero patrimonio cultural –por ejemplo, el basado en el espesor histórico de la literatura escrita– correría el riesgo de desaparecer. Lo que está sucediendo en las facultades de Letras con las nuevas licenciaturas en "Ciencias de la información" (una denominación que es ya todo un programa), en parte financiadas por capital privado, es ya por sí bastante preocupante.

Esta situación que hemos descrito someramente no puede, sin embargo, legitimar iniciativas dirigidas a estimular la unidad de todos los intelectuales en cuanto depositarios de un valor consagrado de la tradición y hoy amenazado. En realidad, no existe una única tradición, ni la literatura por sí misma puede ser considerada un valor en nombre del cual llamar a una resistencia genérica. No podemos volver a los años treinta como si, entretanto, nada hubiese sucedido. No cabe duda de que, en general, la escritura literaria y la cultura humanística contienen un grado de problematicidad que debe ser defendido. Pero, ante todo, esto no puede significar enrocarse y cerrarse ante lo nuevo (la novedad tecnológica que en todo caso condiciona profundamente el imaginario de los jóvenes, su mismo modo de pensar y expresarse), sino que, en cambio, debe suponer su conocimiento y su uso crítico. En segundo lugar, también es cierto que el apelo a la libre interpretación y la carga democrática que toda escritura literaria postula está en inevitable contradicción con su raíz elitista y con el privilegio de los pocos que pueden disfrutar de ella. Como decía Benjamin, esplendor y horror están en ella unidos en una trama inextricable. Tampoco puede aceptarse la invitación, que se oye resonar cada vez más a menudo, a la especialización, a "hacer bien el trabajo propio", como respuesta al dilettantismo de los intelectuales-espectáculo. No se puede repetir el error de Benedetto Croce que, a cuantos le preguntaban qué hacer para oponerse al fascismo, respondía: "explicar bien un soneto de Petrarca". El lenguaje-poder no es sólo ignorancia y zafiedad, y Berlusconi, si da la televisión al pueblo, reserva a los intelectuales los preciosos, refinados textos de la "Biblioteca de la Utopía". Aceptar esta distinción, esta partición preliminar de los campos, sería ya sufrir la lógica del poder.

Se trata en cambio de no dejarse encerrar en el gueto, de no limitarse a defender nuestra presunta y cada vez más limitada "autonomía" de intelectuales, de mostrar, dialécticamente, la otra cara –la real impotencia, la sustancial dependencia– para tratar de conocer y criticar nuestra condición social en su conjunto. De mantener alto el nivel de confrontación, denunciando los mecanismos del dominio del lenguaje -mercancía y de la progresiva marginalización-subordinación de los otros tipos de lenguaje. De hacer renacer el debate y la polémica. De no temer que nos dividamos. De definir los valores y los principios que nos mueven a comprometernos y a escribir.

Y se trata, también, de revisar los errores que han provocado la situación actual, de denunciar las responsabilidades. Los intelectuales no son en absoluto inocentes. Ha habido hombres de cultura de la izquierda –filósofos, literatos, críticos– que en los años ochenta prepararon el clima actual, animando a la falta de compromiso, induciendo a los jóvenes intelectuales o aspirantes a tal a concentrar la atención sobre la relación entre el hombre y el Logos y sobre las mediaciones de tal relación –¡cuánta arqueología, cuánto idilio, a la sombra del poder craxiano [felipista, diríamos nosotros]!– más que sobre las relaciones de los hombres entre ellos, y exaltando la "sociedad transparente" (la de la actual telecracia) como el mejor de los mundos posibles.

Por ello, no una genérica unidad en favor de una genérica resistencia en nombre de los valores tradicionales de la literatura y de la cultura. Solo si miramos hacia lo alto, si volvemos a una reproposición de los valores en su conjunto (no solo literarios o culturales, sino sociales y políticos), y por tanto volvemos a pensar también por qué nos hemos dividido y por qué, probablemente, nos hemos de dividir aún más, podremos defender y conservar el grado de problematicidad que nos llega de la tradición literaria y cultural. Si sabemos acompañar ese trabajo teórico con un compromiso práctico en el sector de relieve neurálgico en el que operamos –la escuela, la universidad–, defendiendo la libertad de cátedra y la escuela pública, vigilando los programas escolásticos, la didáctica y los libros de texto, luchando para que la enseñanza se inspire en el diálogo, la racionalidad y la crítica, nuestro esfuerzo podrá contribuir a mantener una partida que muchos consideran ya acabada. En lo que a nosotros respecta, Allegoria [La Discreta] continuará, sin cerrarse en la especialización, con su trabajo teórico en el campo de la crítica y de la literatura, y con su atención por los problemas prácticos y didácticos de la enseñanza.


Ideología y aparatos ideológicos de estado. ( I )

Louis Althusser.Buenos Aires. Nueva Visión. 1988.

    ¿Qué se aprende en la escuela? Es posible llegar hasta un punto más o menos avanzado de los estudios, pero de todas maneras se aprende a leer, escribir y contar, o sea algunas técnicas, y también otras cosas, incluso elementos (que pueden ser rudimentarios o por el contrario profundizados) de "cultura científica" o "literaria" utilizables directamente en los distintos puestos de la producción (una instrucción para los obreros, una para los técnicos, una tercera para los ingenieros, otra para los cuadros superiores, etc.). Se aprenden "habilidades" (savoir-faire).

    Pero al mismo tiempo, y junto con estas técnicas y conocimientos, en la escuela se aprenden las "reglas" del buen uso, es decir de las conveniencias que debe observar todo agente de la división del trabajo, según el puesto que está "destinado" a ocupar: reglas de moral y de conciencia cívica y profesional, lo que significa en realidad reglas del respeto a la división social-técnica del trabajo y, en definitiva, reglas del orden establecido por la dominación de clase. Se aprende también a "hablar bien el idioma", a "redacter" bien, lo que de hecho significa (para los futuros capitalistas y sus servidores) saber "dar órdenes", es decir (solución ideal), "saber dirigirse a los obreros", etcétera.

    Enunciando este hecho en un lenguaje más científico, diremos que la reproducción de la fuerza de trabajo1 no sólo exige una reproducción de su calificación sino, al mismo tiempo, la reproducción de su sumisión al orden establecido, es decir una reproducción de sus sumisión a la ideología dominante por parte de los obreros y una reproducción de la capacidad de buen manejo de la ideología dominante por parte de los agentes de la explotación y la represión, a fin de que aseguren también también "por la palabra" el predominio de clase dominante.

    En otros términos, la escuela (y también otras instituciones del estado, como la Iglesia, y otros aparatos como el Ejército) enseña las "habilidades" bajo formas que aseguran el sometimiento a la ideología dominante o el dominio de su "práctica". Todos los agentes de la producción, la explotación y la represión, sin hablar de los "profesionales de la ideología" (Marx) deben estar "compenetrados" en tal o cual carácter con esta ideología para cumplir "concienzudamente" con sustareas, sea de explotados (los proletarios), de explotadores (los capitalistas), de auxiliares de la explotación (los cuadros), de grandes sacerdotes de la ideología dominante (sus "funcionarios"), etcétera.

1. La reproducción de la fuerza de trabajo es la necesidad que el sistema capitalista tiene para que haya siempre una mano de obra asequible y barata a disposición de los dueños de los medios de producción. Esta mano de obra o fuerza de trabajo, por tanto, debe reproducirse para que el sistema capitalista no quiebre.


Ideología y aparatos ideológicos de estado. ( II )

Louis Althusser.Buenos Aires. Nueva Visión. 1988.

 

    La escuela toma a su cargo a los niños de todas las clases sociales desde el jardín de infantes, y desde el jardín de infantes les inculca - con nuevos y viejos métodos, durante muchos años, precisamente aquéllos en los que el niño, atrapado entre el aparato de Estado-familia y el aparato de estado-escuela, es más vulnerable - "habilidades" recubiertas por la ideología dominante (el idioma, el cálculo, la historia natural, las ciencias, la literatura) o, más directamente, la ideología dominante en estado puro (moral, instrucción cívica, filosofía).

    Hacia el sexto año, una gran masa de niños cae "en la producción": son los obreros o los pequeños campesinos. Otra parte de la juventud escolarizable continúa: bien que mal se encamina y termina por cubrir puestos de pequeños y medianos cuadros, empleados, funcionarios pequeños y medianos, pequeños-burgueses de todo tipo.

    Una última llega a la meta, ya sea para caer en la semidesocupación intelectual, ya para proporcionar, además de los "intelectuales del trabajo colectivo", los agentes de la explotación (capitalistas, empresarios), los agentes de la represión (militares, policías, políticos, administradores, etc.) y los profesionales de la ideología (sacerdotes de todo tipo, la mayoría de los cuales son "laicos" convencidos).

    Cada grupo está prácticamente provisto de la ideología que conviene al papel que debe cumplir en la sociedad de clases: papel de explotado (con "conciencia profesional", "moral", "cívica", "nacional" y apolítica altamente "desarrollada"); papel de agente de la explotación (saber mandar y hablar a los obreros: las"relaciones humanas"); de agentes de la represión (saber mandar y hacerse obedecer "sin discutir" o saber manejar la demagogia de la retórica de los dirigentes políticos), o de profesionales de la ideología que saben tratar a las conciencias con el respecto, es decir, el desprecio, el chantaje, la demagogia convenientes adaptados a los acentos de la Moral, la Virtud, la "Trascendencia", la Nación, el papel de Francia en el mundo, etcétera.

    Por supuesto, muchas de esas virtudes contrastadas (modestia, resignación, sumisión por una parte, y por otra cinismo, desprecio, altivez, seguridad, grandeza, incluso bien decir y habilidad) se enseñan también en la familia, la iglesia, el ejército, en los buenos libros, en los filmes, y hasta en los estadios. Pero ningún aparato ideológico de Estado1 dispone durante tantos años de la audiencia obligatoria (y, por si fuera poco, gratuita ...), 5 a 6 días sobre 7 a razón de 8 horas diarias, de formación social capitalista.

    Ahora bien, con el aprendizaje de algunas habilidades recubiertas en la inculcación masiva de la ideología de la clase dominante, se reproduce gran parte de las relaciones de producción de una formación social capitalista, es decir, las relaciones de explotados a explotadores y de explotadores a explotados. Naturalmente, los mecanismos que producen este resultado vital para el régimen capitalista están recubiertos y disimulados por una ideología de la escuela universalmente reinante, pues ésta es una de las formas esenciales de la ideología burguesa dominante: una ideología que representa a la escuela como un medio neutro, desprovisto de ideología (puesto que es ... laico), en el que maestros respetuosos de la "conciencia" y de la "libertad" de los niños que les son confiados (con toda confianza) por sus "padres" (que también son libres, es decir, propietarios de sus hijos), los encaminan hacia la libertad, la moralidad y la responsabilidad de adultos mediante su propio ejemplo, los conocimientos, la literatura y sus virtudes "liberadoras".

    Pido perdón por esto a los maestros que, en condiciones espantosas, intentan volver contra la ideología, contra el sistema y contra las prácticas de que son prisioneros, las pocas armas que pueden hallar en la historia y el saber que ellos "enseñan". Son una especie de héroes. Pero no abundan, y muchos (la mayoría) no tienen siquiera la más remota sospecha del "trabajo" que el sistema (que los rebasa y aplasta) les obliga a realizar y, peor aún, ponen todo su empeño e ingenio para cumplir con la última directiva (¡los famosos métodos nuevos!). Están tan lejos de imaginárselo que contribuyen con su devoción a mantener y alimentar esta representación ideológica de la escuela, que la hace tan "natural" e indispensable, y hasta bienhechora, a los ojos de nuestros contemporáneos como la iglesia era "natural", indispensable y generosa para nuestros antepasados hace algunos siglos.

    En realidad, la iglesia es reemplazada hoy por la escuela en su papel de aparato ideológico de Estado dominante. Está combinada con la familia, como antes lo estuvo la iglesia. Se puede afirmar entonces que la crisis, de una profundidad sin precedentes, que en el mundosacude al sistema escolar en tantos Estados, a menudo paralela a la crisis que conmueve al sistema familiar (ya anunciada en el Manifiesto), tiene un sentido político si se considera que la escuela (y la pareja escuela-familia) constituye el aparato ideológico de Estado dominante. Aparato que desempeña un papel determinante en la reproducción de las relaciones de producción de un modo de producción amenazado en su existencia por la lucha de clases mundial.

1. El autor entiende por aparato ideológico de estado a aquellas instituciones (entre las que la escuela es la más importante) que tienen en el sistema el papel de difundir la ideología dominante, para asegurar así la continuidad de las relaciones de producción propias del sistema capitalista.


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