TEXTOS CRÍTICOS

 

 

 

 

 Intuición contra interpretación

 Ramón Trujillo (El País, ?,?,?)

 La polémica entre interpretación e intuición de textos tiene sus partidarios y sus detractores. El articulista reflexiona sobre la precipitación en tomar partido por uno u otro método de trabajo. Nadie se para a pensar, comenta, que la intuición de un texto es una operación distinta de su interpretación, innecesaria a veces.

Tal como se practica entre nosotros, el llamado comentario de textos me parece una cuestión técnicamente inadmisible y didácticamente retrógada. Ni estimula el hábito de la lectura, ni fomenta la reflexión, ni educa el gusto. Las muestras, además, no se seleccionan bien, ni se incluyen nunca textos procedentes de literaturas en otras lenguas. Y, por si fuera poco, se usan como tema de comentario fragmentos de obras no leídas.

Y, sin embargo, no es esto lo peor: aunque los textos fueran seleccionados con un gusto impecable y aunque los comentarios versaran sobre muestras no mutiladas, seguiría siendo erróneo el método. Su fundamento teórico y sus presupuestos filosóficos son inadmisibles. Comprender un texto no consiste en aplicarle una receta de manual escolar.

Para empezar, conviene aclarar que hay dos maneras de enfrentarse a un texto. De un lado está la aprehensión directa, sin ninguna referencia a tal o cual situación; y de otro, la interpretación de ese texto como parte de una situación más amplia que lo abarca.

La primera consiste en la aprehensión del texto sin más; en representárselo tal como es, tanto en su significado inmediato, como en su aspecto físico. Ésta es la manera en que todos captamos espontáneamente cualquier texto, sin ninguna idea previa sobre "lo que es o debe ser un texto". Una expresión, por ejemplo, como silencio verde se capta primariamente como silencio verde, sin más.

Y es que existe una perversión intelectual, muy común en el hombre que llamamos culto, que consiste en limitar el sentido de lo real al ámbito de ciertas convenciones. Para este tipo humano, silencio verde no puede significar nada: como ha perdido el sentido de lo natural, se siente obligado a pensar que o bien es un disparate o bien quiere decir otra cosa.

Este hombre no acepta lo que he llamado aprehensión del texto; sólo está dispuesto a admitir el texto como parte de su situación real, y por ello necesita interpretarlo. Es la actitud habitual del hombre culto, que ha perdido la naturalidad idiomática de que aún disfruta el hombre verdaderamente cultivado o el analfabeto primario, no deformado por la presión niveladora de la ensañanza oficial o de los medios de comunicación.

A esta clase pertenecemos los profesores. Cuando el comentario de textos se puso de moda, optamos sin dudarlo siquiera por el segundo punto de vista. Nadie pensó que de nada serviría interpretar un texto si antes no se había aprehendido idiomáticamente, ni nadie parecía saber que la intuición de un texto es una operación distinta de su interpretación. Y no sólo distinta, sino además anterior.

Y no sólo eso: muchas veces no es necesario in terpretar un texto, y muchas veces no es siquiera posible. Es cosa que sabe cualquier buen lector pero que ignoran con frecuencia los profesores.

Para ellos, significado es interpretación. Lo importante no es el texto, sino la presunta realidad a que alude. Se olvida que la comprensión verbal es transparente por su propia esencia y se intenta sustituirla por las opiniones personales del comentador sobre las cosas.

Por eso la loable iniciativa de preferir el texto a la teoría vino a empeorar las cosas o a dejarlas como estaban: ¡el comentario de textos tenía también la pretensión de ser una teoría! Partiendo del supuesto falso de que todo texto está en lugar de algo, el comentario iba a consistir en tratarlo como un jeroglífico que puede descifrarse científicamente.

Y así se olvidó o se ignoró que todo texto se entiende idiomáticamente pero se interpreta fuera del idioma, en relación con la experiencia: el comentario lingüístico sólo tiene que ver con la intuición directa del texto, y en esto consiste la tarea del profesor de lengua, con independencia del hecho de que todo texto pueda interpretarse luego en relación con la experiencia, la historia, la psicología, etcétera, Pero eso debe venir siempre después: lo primero es entender el texto, es decir, hacerlo propio.

Primero, entenderlo

Pero ¿es posible entender un texto antes de interpretarlo? En primer lugar, no se entiende un poema de la misma manera que una demostración matemática: la demostración exige la verificación de cada paso; el poema exige su aceptación total como algo coherente con nuestra experiencia. Lo que llamamos entender un poema es realmente hacerlo nuestro, intuirlo.

En segundo lugar, la intuición no necesita de la interpretación, porque es anterior a ella.

Entender un texto es, pues, hacerlo nuestro, con independencia de que seamos capaces de relacionarlo con alguna experiencia particular. Para el profesor, la tarea de enseñar la aprehensión directa no es fácil, porque deberá prescindir de toda anécdota, como hace un músico cuando aprende una partitura. Deberá buscar, como el músico, la medida justa, repetir la lectura una y otra vez, destacar los significados, etcétera, hasta lograr la identificación total con el texto, porque si el texto no sirve para producir ese efecto, el trabajo será inútil.

Lo que no deberá hacerse nunca es lo que se hace siempre: traicionar el texto, sustituyendo su verdad intrínseca por una anécdota más o menos verosímil, Hay que lograr primero la comprensión idiomática del texto. Luego hay que enseñar al alumno que ningún texto tiene una interpretación determinada y única y que la capacidad de interpretar es un ejercicio libre y no una acción definitiva. Cada interpretación es un hecho irrepetible, y nadie debe intentar trasformarla en algo terminado. El comentario de textos ignora la intuición: antes de enseñar a interpretar un texto hay que enseñar a intuirlo, a hacerlo propio. La interpretación es diferente y posterior y consiste en trasferir la intuición idiomática a las cosas o a las experiencias concretas. Sólo así podemos sentir las cosas a través del lenguaje.

Ramón Trujillo es presidente del Instituto de Lingüística
 Andrés Bello y catedrático de Lingüística de la universidad
de La Laguna, miembro correspondiente de la Academia.