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Como indica el editor, “lo que sabemos acerca de la Égloga
de Domingo Tera –autoría, fecha de composición, publicación,
etc.– es tan poco”, que apenas si tiene justificación una edición
crítica de la misma. No cabe duda, sin embargo, de que la piececilla es
la obra maestra del género bucólico etílico en la literatura española
y, como tal, merece los honores de una publicación reflexiva y sesuda
como la que nos ofrece Fernando Arias. Quién sea Fernando Arias es cuestión aún muy debatida entre
los historiadores de la cultura, quienes, dejando aparte lo rancio de su
apellido, no han conseguido explicar cómo ha sido capaz de rastrear
tamaña cantidad de variantes y aportar una tan rica pluralidad de teorías
acerca de la autoría y modo de composición de la Égloga. Afirman los
más que ello no hubiese sido posible sin el habitual contubernio y la
sistemática holganza que el reputado filólofo hubo con Joan Sermó,
Secretario de la Casa de Abascal, y con Dativo Donate, Idem Perpetuo de
la Discreta Academia, quienes lo acostumbraron desde tiempos lejanos a
consuetudinario trato con legajos y manuscritos, sin descartar, sin
duda, que la muy común identificación psicológica entre filólogo y
personaje conocida como “sindrome de Don Ramón” haya guiado sus
investigaciones por la orillas del Tera. En todo caso, todos los críticos concuerdan en hacer merecedora a la obra del comentario del mísmisimo Conde de Abascal, quien, apenas terminada su degustación, afirmó: “La Égloga de Domingo Tera es una de las pocas obras que he podido leer hasta el final sin sonrojarme”
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