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“Para
pensar e sentir fondo hai que relembrar moito”, dice uno de los sabios y
reflexivos personajes de Terra brava, de Ánxel Fole. Y afé que José
García Caneiro parece muy consciente de esta verdad en cada una de las líneas de
este libro suyo. Una familia reunida en torno a la mesa del comedor, degustando
el café de puchero y los licores de la tierra, hace del ejercicio del recuerdo
un modo de sentirse junta, y, al tiempo, de manifestar la individualidad de cada
uno de sus miembros. Por eso, los cuentos reflejan la peculiar personalidad de
quien los cuenta, y se genera de este modo un mundo variado y preciso, lleno de
aventuras, de sucesos, de leyendas… Pero simultáneamente, el ambiente tranquilo
de reunión familiar tiñe todas las historias del poso meditabundo, un sí es no
es melancólico, que tienen los recuerdos y las evocaciones. Así, el lector de
Una familia de cuentistas se siente íntimamente llamado a “pensar y sentir
hondo”, a percatarse de que la palabra cordial y reposada es el mejor vínculo y
el mejor vehículo. En estos tiempos de prisas atareadas, de agobios consumistas,
el placer que brinda la palabra pausada de José García Caneiro convierte al
lector en un degustador de tiempo, en un
Las historias son auténticos cuentos (fábulas, relaciones, chismes, anécdotas, hablillas, historietas, relatos, o… llámeles usted como quiera) de aquellos que se cuentan (se contaban, ya que hoy la televisión nos priva de tal oportunidad) en torno a una mesa-camilla en la intimidad familiar ….
A los veintiún años es teniente piloto de Aviación y lo encontramos en Valladolid. En la década de los setenta, destinado en las Palmas de Gran Canaria, participa en los conflictos del Sáhara y se inicia en esto de escribir: en 1975 gana el Premio “Ciudad de Murcia” con la novela Parálisis (Ed. Marte) –no hay que buscarla, está agotada y la editorial ya no existe; pero por causas ajenas a la publicación de la novela–. En la década de los ochenta manda un Escuadrón de caza en Torrejón de Ardoz y se licencia en Filosofía y Ciencias de la Educación. En los noventa, trabaja, en el Ministerio de Defensa, en el diseño y ordenación de la Enseñanza Militar, al tiempo que obtiene el grado de Doctor en Filosofía. A finales de este período es nombrado Secretario General de Instituto Universitario «General Gutiérrez Mellado» de estudios sobre la paz, la seguridad y la defensa, de la UNED. Durante esta época publica abstrusos y soporíferos ensayos como La racionalidad de la guerra, borrador para un crítica de la razón bélica (Biblioteca Nueva) y, en colaboración con F. J. Vidarte, Guerra y filosofía: concepciones de la guerra en la historia del pensamiento (Tirant lo Blanch). En la actualidad, ya en situación de reserva –de donde se puede deducir su edad– se reincorpora al Ministerio de Defensa para trabajar en la reforma de la Enseñanza Militar, imparte cursos de postgrado sobre “filosofía de la guerra” (si es que la guerra tiene alguna filosofía) en un par de universidades de Madrid y retoma sus aficiones literarias (de pura creación), que Ediciones de la Discreta convierte aquí en realidad, con este librito. Malas lenguas aseveran que además tiene escritos, aún sin publicar, dos libros de versos y una novelilla.
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