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Si podemos hablar de un “misterio”
biográfico de Julia de Burgos, especialmente en lo referido a
los últimos años de su vida, no menos se puede hablar de un
“misterio” filológico de Julia de Burgos. Ella personalmente
publicó en vida Poema en veinte surcos (1938) y
Canción de la verdad sencilla (1939), y dejó preparado El
mar y tú en 1940. Este último libro no fue capaz de
publicarlo en vida y sólo vio la luz tras su muerte, en 1954. En
la publicación póstuma la hermana más íntima de la autora,
Consuelo de Burgos, añade una tercera sección, “Otros poemas”,
con poesías de su período neoyorquino, es decir, bastantes
posteriores al resto del libro. En 1961, Consuelo de Burgos
junto a Juan Bautista Pagán publica Criatura del agua. Obra
poética, con treinta y cuatro poemas más, sin indicar origen
ni datación de dichos poemas, y en 1997 el poeta chicano
neoyorquino Jack Agüeros publica Song of the simple truth.
The complete poems. Obra poética completa, con
cuarenta y ocho poemas más, pero de nuevo sin ningún tipo de
información filológica. Algunos de estos poemas recopilados
posteriormente estaban ya localizados, por haber sido publicados
en periódicos y revistas, pero de otros se desconoce
completamente la génesis, sin que haya ni siquiera fiabilidad en
cuanto a la atribución. De esta pequeña exposición se puede
deducir la urgencia de una edición crítica de la obra de Julia
de Burgos.

Muchas de la poesía de Julia de
Burgos han pasado al acervo popular (como su “Río Grande de
Loíza”, tal vez la más celebrada): se recitan en las escuelas,
los músicos las usan para sus composiciones y son repertorio
obligado para las rapsodas puertorriqueñas que perpetúan esa
hermosa tradición de recitar en público con gran maestría. Para
empezar porque se trata de una poesía que tiene una virtud
olvidada por los poetas de hogaño: es una poesía que suena, y
por tanto que mueve y conmueve al oyente, una poesía justamente
para ser recitada y no sólo leída. Pero además es una poesía que
bajo la aparente sencillez y la intensidad emocional, oculta una
interpelación problemática, contradictoria, con la que las
personas más maltratadas por la sociedad dominante tienden a
identificarse de manera natural. No olvidemos que la poesía de
Julia nace de una continua experiencia de la pobreza, la
explotación y la exclusión social, lo que ha frustrado de manera
evidente los intentos de presentarla como una poeta sentimental
y trágica: el amor en Julia es una profunda forma de rebeldía y
protesta.
Aquí van algunos de sus poemas más
populares:
A JULIA DE BURGOS
Ya las gentes murmuran que yo soy
tu enemiga
porque dicen que en verso doy al
mundo tu yo.
Mienten, Julia de Burgos. Mienten,
Julia de Burgos.
La que se alza en mis versos no es
tu voz: es mi voz;
porque tú eres ropaje y la esencia
soy yo;
y el más profundo abismo se tiende
entre las dos.
Tú eres fría muñeca de mentira
social,
y yo, viril destello de la humana
verdad.
Tú, miel de cortesanas
hipocresías; yo no;
que en todos mis poemas desnudo el
corazón.
Tú eres como tu mundo, egoísta; yo
no;
que todo me lo juego a ser lo que
soy yo.
Tú eres sólo la grave señora
señorona;
yo no, yo soy la vida, la fuerza,
la mujer.
Tú eres de tu marido, de tu amo;
yo no;
yo de nadie, o de todos, porque a
todos, a todos,
en mi limpio sentir y en mi pensar
me doy.
Tú te rizas el pelo y te pintas;
yo no;
a mí me riza el viento; a mí me
pinta el sol.
Tú eres dama casera, resignada,
sumisa,
atada a los prejuicios de los
hombres; yo no;
que yo soy Rocinante corriendo
desbocado
olfateando horizontes de justicia
de Dios.
Tú en ti misma no mandas; a ti
todos te mandan;
en ti mandan tu esposo, tus
padres, tus parientes,
el cura, la modista, el teatro, el
casino,
el auto, las alhajas, el banquete,
el champán,
el cielo y el infierno, y el qué
dirán social.
En mí no, que en mí manda mi solo
corazón,
mi solo pensamiento; quien manda
en mí soy yo.
Tú, flor de aristocracia; y yo la
flor del pueblo.
Tú en ti lo tienes todo y a todos
se lo debes,
mientras que yo, mi nada a nadie
se la debo.
Tú, clavada al estático dividendo
ancestral,
y yo, un uno en la cifra del
divisor social,
somos el duelo a muerte que se
acerca fatal.
Cuando las multitudes corran
alborotadas
dejando atrás cenizas de
injusticias quemadas,
y cuando con la tea de las siete
virtudes,
tras los siete pecados, corran las
multitudes,
contra ti, y contra todo lo
injusto y lo inhumano,
yo iré en medio de ellas con la
tea en la mano.
RÍO GRANDE DE LOÍZA
¡Río Grande de Loíza!… Alárgate en
mi espíritu
y deja que mi alma se pierda en
tus riachuelos,
para buscar la fuente que te robó
de niño
y en un ímpetu loco te devolvió al
sendero.
Enróscate en mis labios y deja que
te beba,
para sentirte mío por un breve
momento,
y esconderte del mundo y en ti
mismo esconderte,
y oír voces de asombro en la boca
del viento.
Apéate un instante del lomo de la
tierra,
y busca de mis ansias el íntimo
secreto;
confúndete en el vuelo de mi ave
fantasía,
y déjame una rosa de agua en mis
ensueños.
¡Río Grande de Loíza!… Mi
manantial, mi río,
desde que alzóme al mundo el
pétalo materno;
contigo se bajaron desde las rudas
cuestas,
a buscar nuevos surcos, mis
pálidos anhelos;
y mi niñez fue toda un poema en el
río,
y un río en el poema de mis
primeros sueños.
Llegó la adolescencia. Me
sorprendió la vida
prendida en lo más ancho de tu
viajar eterno;
y fui tuya mil veces, y en un
bello romance
me despertaste el alma y me
besaste el cuerpo.
¿A dónde te llevaste las aguas que
bañaron
mis formas, en espiga de sol
recién abierto?
¡Quién sabe en qué remoto país
mediterráneo
algún fauno en la playa me estará
poseyendo!
¡Quién sabe en qué aguacero de qué
tierra lejana
me estaré derramando para abrir
surcos nuevos;
o si acaso, cansada de morder
corazones,
me estaré congelando en cristales
de hielo!
¡Río Grande de Loíza!… Azul.
Moreno. Rojo.
Espejo azul, caído pedazo azul de
cielo;
desnuda carne blanca que se te
vuelve negra
cada vez que la noche se te mete
en el lecho;
roja franja de sangre, cuando bajo
la lluvia
a torrentes su barro te vomitan
los cerros.
Río hombre, pero hombre con pureza
de río,
porque das tu azul alma cuando das
tu azul beso.
Muy señor río mío. Río hombre.
Único hombre
que ha besado en mi alma al besar
en mi cuerpo.
¡Río Grande de Loíza!… Río grande.
Llanto grande.
El más grande de todos nuestros
llantos isleños,
si no fuera más grande el que de
mí se sale
por los ojos del alma para mi
esclavo pueblo.
YO MISMA FUI MI RUTA
Yo quise ser como los hombres
quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes,
y mis pies planos sobre la tierra
promisora
no resistían caminar hacia atrás,
y seguían adelante, adelante,
burlando las cenizas para alcanzar
el beso
de los senderos nuevos.
A cada paso adelantado en mi ruta
hacia el frente
rasgaba mis espaldas el aleteo
desesperado
de los troncos viejos.
Pero la rama estaba desprendida
para siempre,
y a cada nuevo azote la mirada mía
se separaba más y más y más de los
lejanos
horizontes aprendidos:
y mi rostro iba tomando la
expresión que le venía de adentro,
la expresión definida que asomaba
un sentimiento
de liberación íntima;
un sentimiento que surgía
del equilibrio sostenido entre mi
vida
y la verdad del beso de los
senderos nuevos.
Ya definido mi rumbo en el
presente,
me sentí brote de todos los suelos
de la tierra,
de los suelos sin historia,
de los suelos sin porvenir,
del suelo siempre suelo sin
orillas
de todos los hombres y de todas
las épocas.
Y fui toda en mí como fue en mí la
vida…
Yo quise ser como los hombres
quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los heraldos me
anunciaban
en el regio desfile de los troncos
viejos,
se me torció el deseo de seguir a
los hombres,
y el homenaje se quedó
esperándome.
POEMA PARA MI MUERTE
Ante un anhelo
Morir conmigo misma, abandonada y
sola,
en la más densa roca de una isla
desierta.
En el instante un ansia suprema de
claveles,
y en el paisaje un trágico
horizonte de piedra.
Mis ojos todos llenos de sepulcros
de astro,
y mi pasión, tendida, agotada,
dispersa.
Mis dedos como niños, viendo
perder la nube
y mi razón poblada de sábanas
inmensas.
Mis pálidos afectos retornado al
silencio
—¡hasta el amor, hermano derretido
en mi senda!—
Mi nombre destorciéndose, amarillo
en las ramas,
y mis manos, crispándose para
darme a las yerbas.
Incorporarme el último, el
integral minuto,
y ofrecerme a los campos con
limpieza de estrella
doblar luego la hoja de mi carne
sencilla,
y bajar sin sonrisa, ni testigo a
la inercia.
Que nadie me profane la muerte con
sollozos,
ni me arropen por siempre con
inocente tierra;
que en el libre momento me dejen
libremente
disponer de la única libertad del
planeta.
¡Con qué fiera alegría comenzarán
mis huesos
a buscar ventanitas por la carne
morena
y yo, dándome, dándome, feroz y
libremente
a la intemperie y sola rompiéndome
cadenas!
¿Quién podrá detenerme con
ensueños inútiles
cuando mi alma comience a cumplir
su tarea,
haciendo de mis sueños un amasijo
fértil
para el frágil gusano que tocará a
mi puerta?
Cada vez más pequeña mi pequeñez
rendida,
cada instante más grande y más
simple la entrega;
mi pecho quizás ruede a iniciar un
capullo,
acaso irán mis labios a nutrir
azucenas.
¿Cómo habré de llamarme cuando
sólo me quede
recordarme, en la roca de una isla
desierta?
Un clavel interpuesto entre el
viento y mi sombra,
hijo mío y de la muerte, me
llamarán poeta.
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