Almedina
Almedina, de Javier Guzmán
18 julio, 2017
Cruzar la raya
Cruzar la raya, de Carlos García Ruiz
18 julio, 2017
La obra novelística de Adolfo M. Martínez es tan sorprendente como sus cuadros, mezcla de pintura, de escultura, de modernidad y herencia clásica. En su obra reivindica sin ñoñería la hermosura de la naturaleza y muestra sin odio la barbarie humana.

Adolfo solía escribir sus novelas con ilegible caligrafía en papel de estraza —porque tenía mucho y no lo iba a desperdiciar—, y luego las mecanografiaba con paciencia monacal en un ordenador viejísimo. Luego se compró otro, un portátil; pero siguió manuscribiéndolas primero en el papel de estraza. Entre novela y novela elaboraba sus cuadros, mezcla de pintura, escultura y objet trouvé, y con piezas que le sobraban del tractor o cogidas por ahí. Acaso hacía lo mismo con sus novelas. Y mientras tanto, diseñó y llevó a cabo una minuciosa casa rural —o Palacio rural— en Villaescusa de Haro. La tiene firmada, como opera magna. Una de sus frases favoritas dice que al verdadero artista tanto le da hacer cuadros que cucharas. Es un buen resumen de su estilo.

Con La sequía retorna al género reflexivo y arracimado de su primera y célebre novela, la Erótica Rural, en un fluido de narración tan unitario y disperso como el propio devenir vital. Adolfo es en realidad el inventor de otro género narrativo, el ensayo dialogado novelado, que hunde sus raíces en el diálogo renacentista. No importa mucho qué personajes hablan en cada momento ni por qué, ni cuándo, sino aquello de lo que hablan. El autor quiere hacer partícipe al lector de numerosas ideas, conflictos y reflexiones, y para eso emplea el diálogo ágil, vívido, con objeto de que el lector se inmiscuya en las conversaciones, como si pegase la oreja en el bar a los vecinos de barra que hablan de algo interesante. Muchas veces dan ganas de intervenir. Los lectores de Adolfo se sorprenden asintiendo, negando o quizás apoyando y rebatiendo lo que dicen Evaristo, Agripina, Placentino o cualesquiera de los personoides de Adolfo. Los diálogos, y algunos interlocutores, son también un objet trouvé verbal elaborado por el artista.
En una segunda parte, El cabreo, se reúnen, como homenaje que rebase los límites de las fechas sucintas que enmarcan una vida, las semblanzas que en torno a este artista a tiempo completo han pergeñado los ingenios de La Discreta y otros que sin pertenecer formalmente a esta academia resultan igual de agudos y pertinentes.
 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *