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Respuestas
enviadas por el colectivo editorial de Ediciones de La Discreta
a la revista Delibros para el reportaje sobre editoriales
pequeñas publicado en el número de noviembre de 2004 y firmado
por Eva Orúe.
–Para
empezar:
Fecha de
creación de la editorial: 1999.
Socios
fundadores: Treinta y tres socios,
cuyos nombres no son relevantes (gente de a pie, digamos).
Títulos
publicados: Vamos por los treinta y siete títulos. En la página
web
http://www.ladiscreta.com puede
accederse a nuestro catálogo, con cada libro reseñado.
Géneros que
abordan: Tenemos las siguientes colecciones. Obras Mayores:
recuperación de obras y autores que por alguna razón no se
conocen o han caído en el olvido (por citar algún autor: el
poeta dominicano Pedro Mir o el poeta medieval italiano Cecco
Angiolieri); Prosa Nostra: narrativa; Bastardilla: poesía;
Ensayo y error: ensayo literario; Bululú: teatro; Bártulos:
libros universitarios; Disc Kreta: discos.
Previsiones
de publicación y crecimiento: Estamos estudiando ahora los
proyectos de 2005. En cuanto a «crecimiento», nos interesa más
hacer más tupida y amplia la “red de participación cultural”
(ver infra) que crecer en un sentido económico o de presencia
pública.
¿Reciben
algún tipo de ayuda pública? No.
–¿Qué le
impulsó a meterse en esta aventura?
No lo tenemos muy claro. Probablemente, en un primer momento,
simplemente el dar “sentido a nuestro ocio” y luchar contra el
aislamiento individualista que nos impone cada vez más
intensamente la sociedad. Fue no más que una lucha por mantener
una amistad que venía de lejos, pero que necesitaba de nuevo
sentido o de nuevo contenido. Y la literatura, la música, la
pintura, etc., era nuestro mayor vínculo. Nunca pretendimos
vivir de la literatura, sino vivir la literatura, que es muy
diferente. Después, todo se complicó y los objetivos se hicieron
más ambiciosos, pero seguimos sin vivir de la literatura y
manteniendo esa necesidad inicial de crear un espacio
intermedio, entre lo público y lo privado, un espacio al mismo
tiempo de conflicto y de ternura.
–¿De qué
terreno profesional proceden?
La mayoría somos maestros, profesores de instituto o
universidad, y diplomáticos. Pero también hay entre nosotros/as
periodistas, barrenderos, médicos, astrónomos, músicos, amas/os
de casa, arquitectos, chupatintas, etc. Ah, y luego está el
Conde de Abascal, que, como noble, se dedica a sus labores.
–Dicen que el
mercado editorial está saturado. ¿Qué ofrecen ustedes de
diferente? Preguntado de otro modo: ¿cómo “compiten” (quizá
sería más correcto decir resisten) con los grandes grupos
editoriales?
Ante todo, a nosotros no nos interesa competir: a ellos les
dejamos el espacio público, mediático, y el espacio del mercado.
Nosotros buscamos crear otro ámbito, autosuficiente pero no
autárquico, a medio camino, como decíamos, entre la
individualidad aislada y la frialdad y el navajeo de los
espacios culturales. Para ello ofrecemos ante todo la
participación en una red cultural, la de los llamados Amigos y
Amigas de La Discreta, quienes, si gustan, intervienen en la
selección de publicaciones y en los actos culturales que surgen
de la publicación (o divulgación más bien) de nuestros libros y
les dan sentido. Así, por un lado, los/las discretos/as evitan
el convertirse en una rancia élite cultural (de esas en las que
el do ut des es la norma primordial), y, por otro, el libro se
convierte en un objeto de relación, en una cuerda tendida a
través de la que dialogar y discutir, y divertirnos con sentido
y racionalidad, y deja de ser una mercancía que nos mira muda y
patética desde las estanterías de un Centro Comercial. Ediciones
de La Discreta no es más que el apéndice de un proyecto mayor,
La Discreta Academia (misteriosa institución creada en el siglo
XVII y estrechamente vinculada a la Casa de Abascal), en el que
llevamos a cabo actividades culturales de variada índole
(cabaret literario, teatro, cuentacuentos,
música, vídeo y fotografía, proyectos de animación a la lectura
en centros educativos y bibliotecas, etc.) que tienen a los
libros que publicamos como excusas o protagonistas.
–¿Cuáles son
los “trucos” para reducir costos y ser viables?
Hay dos trucos básicos:
Ante todo, el hecho de que los/as Amigos/as de La Discreta
aportan una pequeña cantidad (35 euros anuales), a cambio de la
que reciben todas nuestras publicaciones (entre 7 y 10 al año) e
información sobre eventos y saraos de La Discreta Academia. Así,
eliminamos intermediarios, que son los que se llevan siempre la
parte del león. Sobrevivimos, pues, gracias a la venta directa
(para la que aprovechamos los antedichos eventos y saraos).
Tenemos, por supuesto, distribución comercial, pero supone una
parte mínima de nuestros ingresos.
El otro “truco” es el del trabajo voluntario, no remunerado, de
muchos de nosotros. Recibimos de él otras satisfacciones que las
económicas, y, como somos muchos, sólo es cuestión de repartirse
bien el trabajo y organizarse convenientemente. Y de reducir los
costes de organización empresarial al mínimo.
Y
nos va bastante bien, por cierto....
–Ustedes
conoce mejor que nadie cómo son y qué ofrecen las otras
“editoriales pequeñas”. ¿Se atreve a hacer un retrato robot de
este segmento editorial?
Pues la verdad es que no nos atrevemos mucho. Suponemos que, por
un lado, están las marcadas ideológicamente (editoriales
alternativas como Virus o Traficantes de sueños, etc.), y, por
otro, las que se suponen que ofrecen excelencia y calidad. Pero
no estamos muy seguros.
–Una tiende a
pensar que en editoriales pequeñas publican autores pequeños,
también noveles, que tienen difícil acceso a las editoriales más
comerciales. ¿Verdadero o falso?
Hombre, pues evidentemente si un autor o autora puede publicar
en Alfaguara o Anagrama, no lo va a hacer en La Discreta, a qué
negarlo, y que Saramago o García Márquez, por muy de izquierdas
que sean, no van a dejar de trabajar para Random House y
monstruos así (ni nadie se lo pide, claro). Sin embargo, sí
tenemos algún caso de autores que no han querido someterse a las
esclavitudes que editoriales grandes les imponían (cambio de
finales, de título, cortes y pegues aquí y allá, etc.) y han
preferido publicar con nosotros. En todo caso, lo que es muy
discutible es la noción de “autores pequeños”. Estamos
completamente seguros de que, por poner un ejemplo, los
novelistas publicados por La Discreta tienen una calidad muy
superior al 90% de lo que se publica por ahí adelante (¿quién
alaba a la novia? ....). La clave está en el método y la
finalidad de la selección de publicaciones: la selección en
Ediciones de La Discreta es radicalmente libre y abierta, lo que
da una línea editorial algo variopinta, pero que no está
sometida a los gustos o caprichos de un “editor genial” (huelga
dar nombres) ni a los del mercado editorial.
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Náufragos en
tiempos ágrafos
Hace un par de años, un grupo de
hombres y mujeres jóvenes (algunos de ellos profesores como yo
de esta zona de Madrid donde vivo) me invitó a lo que llamaban
un cenáculo, con el pretexto de presentar un proyecto cultural
del que pretendían que pasara a formar parte. Después de una
cata de vinos y una lectura de poemas (pude comprobar lo bien
que armonizan el buen vino y la buena poesía), hicieron la
presentación de su proyecto en unos términos que aún tengo
anotados. Pretendemos reunir a los náufragos de estos
tiempos ágrafos que nos han tocado en desgracia -decían-
con el fin de recuperar la inteligencia, la discreción, el
gusto por la holganza ilustrada y la pausada conversación. Y
añadían: Como las Academias barrocas del pasado, queremos
crear un espacio intermedio entre la intimidad individualista y
solitaria y el ruido público y superficial del mercado. Desde
luego, me pareció un proyecto interesante, pero creo que lo que
más me atrajo en aquellos momentos fueron unas palabras que
entonces subrayé: náufragos en tiempos ágrafos. No
sólo por la evidente eufonía que componían, sino porque
comprendí que contenían un buen caudal de ideas que yo
compartía, y sobre las que más tarde me prometí reflexionar.
Por ágrafos entendía yo tiempos
adversos a la expresión escrita, tanto en su vertiente creativa
como de lectura, y al acudir a un diccionario pude corroborar lo
ajustado de la interpretación y el rico contenido de aquella
frase. Dice el Diccionario de la Real Academia para el término agrafia:
Incapacidad total o parcial para expresar las ideas por escrito
(y, por tanto, para percibirlas) a causa de lesión o
desorden cerebral. ¿Hay mejor diagnóstico para describir
este aspecto de los tiempos que vivimos?
Las sociedades llamadas avanzadas
padecen de galopante agrafia. Y eso a pesar de la aparente
contradicción que supone el que tal vez no haya precedentes
para la cantidad de publicaciones que hoy nos inunda, y que no
nos debe engañar. Pues, más que una lesión indeseada, la
agrafia viene bien a un ordenamiento social al que incomoda la
palabra que induce a la reflexión, al que disgusta enormemente
el poder que la palabra auténtica confiere al individuo. Con la
sutileza propia de estos tiempos que vivimos, no combate a lo
que se le opone de la manera brutal y directa de otros órdenes
y otros tiempos, sino que lo hace eficaz y elegantemente
aparentando hacer lo contrario de lo que realmente se propone:
bajo el estandarte de una denominada libertad de mercado nos
atiborra de publicaciones que nos aturden con una constante e
implacable verborrea. ¿Pues que mejor modo hay de silenciar la
palabra que rodearla de un tupido coro de voces hueras y
altisonantes, de sepultarla bajo el peso de una parafernalia de
colorines, oferta de dos por uno y campañas publicitarias a
golpe de millones? ¿Existe manera más eficiente de desposeerla
de todo su sentido que dotarla de un supuesto valor de
información? Pues en estas sociedades avanzadas la palabra
valiosa, la única palabra que tiene sentido es la que viene
cargada de información. Estamos en la era de la información,
se nos repite una vez y otra, una información con valor en el
mercado, claro, una información con tintes economicistas y
contenidos esencialmente técnicos, que, dicho sea de paso, poco
tienen que ver con la auténtica ciencia.
Vientos de palabras, dice el autor de El
Principito en Ciudadela, su obra póstuma, libro
grávido de palabras esenciales y olvidadas. Al capricho de los
vientos que más soplan las palabras son lanzadas de acá para
allá sin más orden ni concierto que los intereses del mercado
y el entretenimiento: estando presente la palabra, parece que el
propósito último es dispersarla, que no germine, que acabe por
convertirse en una semilla inútil con valor de mercadería.
Y lo que prueba que estamos en un mundo
ágrafo no es solamente lo que antes he reseñado, sino también
el propio ritmo que imponen estos tiempos. O, tal vez, para
adecuarnos más a los mismos, deberíamos de decir la dimensión espaciotemporal que
los caracteriza. Hecha para habitar en la distancia y la
morosidad, la palabra sucumbe en este mundo donde ya casi no
cabe la distancia y donde para medir el tiempo se ha tenido que
inventar el nanosegundo. Conformada para la grafía y la
reflexión, ha quedado relegada en un universo donde impera la
imagen y en donde hasta para el ocio se nos acucia. Si hubiera
que hacer caso a Santa Teresa cuando dice que quince minutos de
reflexión diaria nos garantizan el cielo, no habría la menor
duda de que vamos de cabeza al infierno. Pues, ¿quién en este
mundo de locura tiene tiempo para reflexionar?
En esta atmósfera apremiante y
corrosiva, la palabra se asfixia y, de paso, fenece con ella un
tipo de relación humana que sólo bajo su protección podía
habitar. Porque, ¿acaso no suponen relaciones distintas la
misiva que, después de un peligroso viaje de semanas en las
húmedas bodegas de un buque, es recibida con ansia al otro lado
del océano para leer: "¡Te echo tanto de menos!",
que aquel otro mensaje e-mail que en un abrir y cerrar de ojos
recorre las amplias autopistas de la información para llegar a
un par de manzanas de distancia y decir: "Te espero a
las 7 en el McDonald para arreglar lo nuestro"? ¿Y no
deja relieves diferentes en el alma la frase escrita con pulso
tembloroso y leída en el silencio de la noche y que dice:
"Te quiero", que aquella otra escrita a golpe
de teclado y leída después de un bip bip de anuncio en la
luminosa pantalla de un teléfono móvil y que dice: "T
q ero"? No se trata de ir contra el imparable avance de
los tiempos, sino de restituir el rostro impar de la palabra.
Dicen algunos que la casualidad no
existe, sino que hechos y cosas se precipitan hacia nosotros por
la pendiente creada bajo el peso de nuestras inquietudes y
deseos. Lo cierto es que, aun en la etapa de estas ideas,
recibí un manuscrito de un profesor de Didáctica de la Lengua
de la Universidad de Las Palmas que trataba de la lectura. En
él, Oswaldo Guerra, que así se llama el autor, reflexionaba
sobre la lectura en nuestra época, y, más concretamente, sobre
el significado que el acto de leer tiene como una experiencia
personal que abarcaba a toda una generación a la que
pertenezco. Me enganchó desde un primer momento, y me lo leí
de un tirón. No me resisto ahora, al hilo de estas ideas, a
transcribir algunas de las palabras con las que comienza su
libro:
En la lectura hay ... algo mucho más
edificante que la tosca información enciclopédica que se
logra a través de los libros. En el momento que leemos somos
sinceramente nosotros mismos, engranamos en lo leído no sólo
nuestros conocimientos previos, sino también anhelos y
frustraciones. En cada lectura proyectamos así nuestros
estados de ánimo ..., estamos solos frente al texto, como
así lo atestigua el aparente silencio que nos acompaña
frente al libro, en un rincón de la casa, en un banco del
parque.
Silencio aparente éste, pues más
adelante añade:
... junto al rumor más o menos
convencional que produce el hacer vivas en la mente las letras
que antes eran mudas ... hay ... otro murmullo que nos
acompaña, frases aparentemente sueltas que no provienen de la
escritura que tenemos frente a nuestros ojos, fragmentos del
texto de nuestra propia vida que se han intercalado
involuntariamente en medio del otro rumor que las líneas
impresas en la página provocaban ... Si se pudiera reproducir
el acto íntimo y aparentemente silencioso de una persona
cualquiera, descubriríamos cómo el texto que emerge del
libro, el conjunto de palabras que el lector devuelve al
exterior, no es en ningún modo idéntico al que estaba allí
impreso ... sino fugaces reflexiones sobre lo que está
escrito, comentarios casi imperceptibles, pequeñas glosas
totalmente a salvo de la falsa erudición y de la gratuidad...
¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo asintiendo o
rechazando con una mueca lo que en ese instante estaba
leyendo? ... Por eso, concluye, la lectura es un diálogo con el
texto: tras escuchar lo que nos dice, pero sólo si hemos
sabido escuchar, seremos un poco otra persona.
Después continuaba descubriéndonos
los oscuros y misteriosos senderos que llevan de una lectura a
otra, de los primeros cuentos infantiles a la poesía, que es
primeramente música y ritmo de la palabra, de Alicia en el
País de las Maravillas o Tintín
a Julio Verne y las primeras lecturas de Herman Hesse, y
del Demian de éste al Crimen y castigo de
Dostoyevski, a La metamorfosis de Kafka, a La muerte
en Venecia de Thomas Mann, a La Náusea de Jean
Paul Sartre o a Oscuro como la tumba donde yace mi amigo de
Malcom Lowry. Una lectura apasionante y que reafirmaba mi fe
en la palabra.
Mientras tanto, aquel proyecto cultural
del que hablaba al principio se había ido asentando, y el grupo
de personas que lo había promovido, contagiado de ilusión,
aparte de tertulias variopintas, conciertos, lecturas de poemas,
cenáculos, etc., se embarcó en un apoyo decidido a la palabra
a través de una editorial que hoy se llama Ediciones de La
Discreta y que en su corta vida ya lleva publicados más de
veinte títulos. Las publicaciones, elegidas sin otro criterio
que el gusto por la palabra y la buena literatura y para las que
no cuentan con más medios que los de sus suscriptores, se
convierten de esta manera en peculiares cartas de esperanza y
deseos que se envían unos a otros. Tuve la osadía de proponer
también mi carta, y hoy tengo la fortuna de ver el manuscrito
de Oswaldo Guerra publicado bajo el título de Senderos de
lectura.
Hace algunos días, en un artículo que
firmaba Gonzalo Hidalgo Bayal, escritor y profesor de instituto,
se subrayaba el hecho de que la demostración de que la lectura ( y la escritura) quedaba
relegada al pasado era el que los propios alumnos le adjudicaban
este tiempo verbal para referirse a ella. "Ha estado
bien", dicen para referirse a la lectura
de un libro, como quien se refiere a la retransmisión de un
partido de fútbol televisado. Náufragos en estos tiempos
ágrafos, muchos aún mantenemos la esperanza y, con renovada
fe, nos aferramos a iniciativas como las que representan el
libro de Oswaldo Guerra o la ilusión de Ediciones de La
Discreta, maderos de la palabra que aún flotan en este mar
turbio y proceloso que nos agita.
Luis Junco |
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Texto leído por el discreto
señor Juan Varela-Portas de Orduña el 13 de marzo de 2002 en
la presentación de Ediciones de La Discreta ante los miembros
de ADANAE:
"... Me toca a mí la siempre desasosegante tarea de
presentar Ediciones de La Discreta. Y digo «desasosegante»
porque no resulta fácil justificar la existencia de una
editorial más en el atestado mundo del libro actual. ¿Qué
diferencia a Ediciones de La Discreta que la haga digna de
presentarse hoy aquí (...)? Como pueden ver en la breve hoja
volandera que les hemos entregado, Ediciones de La Discreta
surge de la iniciativa de un grupo de amigos, y creo que es
precisamente el hecho de fundarse en la amistad su principal –y
quizá su más hermoso– rasgo distintivo. Cabría preguntarse,
sin embargo, cuál es la razón –inconsciente pero
determinante– de que un grupo de amigos sienta la necesidad de
meterse en un follón como este. Para mí resulta claro: el dar
sentido a sus ocios, el escapar a la invisible tiranía que
pretende condenarnos a la irracionalidad de consumir y ser
consumidos. Ediciones de La Discreta pone en práctica una
estrategia que muchos pequeños grupos –cada vez más–
están aplicando a lo largo del mundo occidental: la de la
desconexión o desvinculación, que no significa autarquía ni
elitismo, sino simplemente el hecho de poder sobrevivir sin
dejarse ahogar por las acechanzas del mercado –lo cual
conseguimos gracias al inestimable apoyo de los Amigos de La
Discreta. Por eso, Ediciones de La Discreta es un espacio
virtual, situado entre la luz y la sombra, con un planteamiento
en este sentido muy similar al de las Academias barrocas que nos
sirven de inspiración.
Ello provoca
dos aspectos de nuestros libros y de nuestros actos
lúdico-culturales que, ya para finalizar, me gustaría
destacar. Como esos alimentos que llevan una etiqueta que
garantiza que en su elaboración no se ha dañado la naturaleza,
nuestros libros podrían llevar la garantía de que en su
producción no se ha dañado el medio social: nuestros libros
los selecciona un numeroso grupo de amigos que lo hacen por
propia voluntad, no como parte de una lógica laboral y
comercial, hombres, pues, en el momento de la selección,
auténticamente libres, con lo que, en mi opinión, se garantiza
mejor que en otras editoriales la calidad literaria de la
elección. Además, Ediciones de La Discreta ni tiene ánimo de
lucro ni está organizada como una estructura de poder, con sus
jefes y sus subordinados, sino que es, simplemente, la
vertebración de un grupo de amigos –y de amigos de amigos–
que colaboran con el corazón y con la palabra para hacer de la
palabra el vínculo de su amistad.
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Ediciones de La Discreta es una
reacción contra el "destino de mercancía" que se le
impone a la literatura. Pero, ¿cómo luchar contra ese
"destino" sin caer, por un lado, en la automarginación
ni, por otro, en la sublimación elitista de la Cultura? Es la
pregunta a la que Ediciones de La Discreta trata de enfrentarse en
su actividad cotidiana.
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