GRANDES REVELACIONES DE LA DISCRETA

 

 

 

 

JRJ... ¡Mantecón!

Hay que decirlo de una vez por todas, porque la crueldad de los hechos no respeta siquiera el desmayo sensible de los pálidos, íntimos y líricos violetos que, a estas alturas de la Liga, todavía se extasían (y, lo que es peor, pretenden que los demás nos extasiemos) con los versos de un orate —en la más aséptica acepción clínica de la palabra— que escribió cosas como “A caballo va el poeta..., / ¡qué tranquilidad violeta!” (o algo así, porque tampoco es plan de que ahora me levante a quitar el venerable polvo que mancilla los anaqueles de mi biblioteca). Queridos lívidos, íngrimos y frágiles míos: Juan Ramón Jiménez, el delicado, místico y profundo Juan Ramón Jiménez; el exquisito, puro y minoritario Juan Ramón Jiménez; el romántico, tierno y sutil Juan Ramón Jiménez..., ¡se apellidaba MANTECÓN! ¡Toma ya inmensas minorías, y no le toques ya más, que así es su nombre... y pringa!

 ¿Así que JRJ a secas, no? Fieles y fútiles juanramonianos: ¿nunca os habíais preguntado, como los maños metafísicos, qué habría detrás de la última jota? ¿Nunca os había chocado la simétrica perfección de ese felicísimo acrónimo palindrómico que el tarado de Palos se sacó de la chistera, después de haber dejado a buen recaudo, en lo más hondo y oscuro de la despensa casera, su grasiento y nutritivo Mantecón? ¿Es que un poeta nobelable —y nobelado— era menos poeta si aireaba su untuoso segundo apellido? ¿No había leído, acaso, a Bacon? ¿Tanto se avergonzaba, el hijo de puta, de su madre?

 No es menester hacerse chicharrones en los sesos con la lectura de los tochos infumables de Freud para adivinar que esta vergonzante —para él— realidad impresa en su partida de nacimiento es el origen de su acreditada vesania. El descubrimiento traumático de que al “minoritario” Jiménez habría de acompañarle, en matrimonio indisoluble hasta el final de sus días, la oleosa progenie de los “Mantecones”, fue un duro varapalo mental del que jamás lograría recuperarse el dulce niño Juan Ramón, ya por aquel entonces tocado de una rara sensibilidad (sus vecinos meridionales, a buen seguro, la denominaban de una forma un tanto más ruda) que le impedía digerir en su selecto y selectivo estomaguito la manteca colorá del patronímico (o, mejor dicho, matronímico). Pero he aquí que, a través del funcionamiento de un misterioso engranaje psíquico y poético —desde luego, muy bien engrasado—, del repudio tácito de la estirpe mantecona surgió, en toda su pretendida pureza, la poesía magra y prieta de JRJ, limpia de nervio y grasa, ligera y nutritiva como esas tajadas de lomo que nos sirven en algunos restaurantes para que nosotros mismos las asemos sobre una plancha caliente. Al olor de los vahos que se desprenden de la piedra de basalto, pienso en las arias tristes, los jardines lejanos, los sonetos espirituales e, incluso —si la nubecilla de humo sube muy alto— en la piedra y el cielo, en las eternidades y en el dios deseado y deseante, y acierto a desbrozar la terrible paradoja que atormentó al poeta reciencasado —a pie o a caballo— a lo largo de toda su puta vida: la conciencia de saber, para sus untuosos adentros, que el origen de toda esa pureza estaba en esa masa blanquecina e insoluble que tantas bascas y vómitos le venía provocando desde su niñez, y que había generado, por rechazo, esa tranquilidad violeta que, por huir del cerdo, fue a buscar a uña de caballo, cuando no a lomos de un burro pequeño, peludo y suave (ojo otra vez, freudianos hobachones e indolentes: “pequeño, peludo y suave”; cuando termine mi tesis sobre la zoofilia, os vais a enterar).

 Otras dos conclusiones derivadas de este trauma infantil provocado por la tinta indeleble del registro civil han pasado inadvertidas para los abnegados críticos juanramonianos, siempre más atentos a rendir pleitesía a las extravagancias del genio que a ocuparse de estas profundas cuestiones —bien es verdad que un tanto resbaladizas— que aquí ponemos en limpio de manera clara y exhaustiva. La primera nos muestra que el origen de la siempre difícil relación de JRJ con el género femenino estriba en ese odio callado y visceral hacia la figura materna, que sólo supo aportar al capital parcelado y repartidísimo de los Jiménez la derretible dote de su apellido. La segunda refuerza la constatación del breve trecho que separa la Academia Sueca de Mantequerías Leonesas.

 Paro, en fin, aquí el cálamo, porque tampoco es plan de brindar a la crítica supuestamente especializada todos sus jornales ganados. Progrese por estos cauces, a partir de esta sensacional y generosa revelación de La Discreta, la nueva investigación juanramoniana, que yo me quedo contento y sosegado tras haber cumplido con mi obligación moral de quitarme de encima esta espesa carga amasada con glicerina, estearina, palmitina y oleína. Sigo siendo un vulgar ciudadano de a pie, pero, ¡joder, qué tranquilidad violeta!

 Conde de Abascal.

 

Próxima entrega: “El dardo en la palabra, si no pincha, descalabra” (o “La ciudad no es para él”).