MAHMUD SOBH

 

 

  Mahhumd Sobh. Mar Blanco. Alpedrete (Madrid), Ediciones de la Discreta , 2005. Mar Blanco, Mahmud Sobh208 páginas. 12 euros IVA incluido. ISBN: 84-96322-08-4

Precio, incluido envío

  El autor. Mahmud Sobh nació en Safad, pequeña aldea de Galilea, Palestina, en Febrero de 1936. En 1948 es brutalmente expulsado de ella por los tanques y soldados del recién creado estado de Israel.  Inicia una vida de exiliado que tomará un decisivo giro cuando, en 1965, decide aceptar una beca para venir a España a realizar su tesis doctoral sobre la poesía clásica andalusí. Hoy en día es Catedrático de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Complutense de Madrid. Premio Álamo de Poesía en 1975, en 1978 obtiene el Premio Vicente Aleixandre. La poesía de Mahmud Sobh, popular y vitalista, rotunda, clásica e iconoclasta, amable e inquietante a un tiempo, nos perpetúa en una eterna juventud de la que el amor, la búsqueda de identidad, la vida como aventura y la sinceridad rebelde son los referentes esenciales. Sirvan de muestra estos poemas:

 

CONTINUA BRASA
  

Abre este libro

y encontrarás versos quemados.

No abras este pecho

porque te quemarían tantas brasas

como buscan la precisión de una palabra

donde apagarse.

 

POSESO EN LAYLA
    [16]

Layla, toda mujer está en ti y en ti está toda patria.

Eres una mujer y eres también un mundo.

El color de al-Badia y su frescura en los atardeceres.

La espuma que acude hasta tus brazos para reposar un instante.

 

La sal que vierte su sabor en tu cuerpo.

El sol que se refugia entre tus trenzas.

La brisa que te acaricia y que casi a tocarte no se atreve.

 

Layla, estás rodeada de tres mares y de un lago divino.

Eres la tentación del río que penetra en tus piernas.

Tu hermosura encadena las altas cordilleras

y una cinta dorada va del hombro hasta el agua

para dejar tus piernas desnudas en la arena y en la sal..

 

SALUTACIÓN

 

Saludo.

cuando respiras el aire de la mañana

y el pecho se te hace dos racimos.

 

Saludo.

cuando contemplas el ocaso desde el balcón

y el sol abre en tus ojos dos ventanas.

 

Saludo.

cuando acaricias las trenzas de tu pelo

y la noche lanza a mi corazón dos flechas.

 

Saludo.

cuando sueñas que estás volando

y mis brazos se te convierten en dos alas.

 

 

QASIDA EN SONETO

 

Qué buscas en Valencia, palestino?

¿Naranjas o palmeras deleitosas;

la media luna, estrellas tan hermosas

como en tu cielo? ¿O buscas tu destino?

 

Tierra Santa, Jordán, que ya imagino

soñado hogar oculto entre las cosas

de mi niñez... las manos cariñosas

de mi padre, quijote campesino.

 

Esta tierra, que es tierra galilea

donde me encuentro vivo, me recrea

un Mar Muerto que llega a mar de vida.

 

Palestina, en España estás ya inmersa.

¿Soy árabe, español o viceversa...?

¡Mutanabbi-Quevedo en la Qasida!

 

OLIVARES EN JAÉN

 

Aquí no hay tanques.

Estos no son filas de soldados

convertidos en tigres y serpientes.

Son los olivares de Jaén,

y son la vida, y son la luz.

Todo en este lugar es verde afable.

¿No ves estos senderos que conducen al azul diáfano?

No temas, no te escondas en trincheras,

que no hay rencor aquí, que no hay venganza.

Que esto no es Jericó, que esto es Jaén.

Aquí Dios es humano

y es campesino como fue tu padre.

Abraza aquí un olivo, olvídate.

¡Oh paloma asustada,

herida en lo más dentro,

que no encuentra su nido

ni cobijo de sombra!

 

 

 

MEMORIA EN UN LUGAR FRENTE AL MAR DE QADISH

                           5

Es una casa con un patio pequeño, sin limonero alguno,

pero con muchos niños que jugaban

y una mujer, muy anciana, a la puerta cosiendo.

En el umbral, un hombre tumbado junto a un perro;

ambos dormidos, mientras la brisa era recién nacida.

Yo estaba a punto de adentrarme

para darme al reposo, tal vez para jugar.

 

Saludé allí mi casa y a mi madre.

Pero me quedé sobre la acera

con mis ganas, mis penas y mi búsqueda; llorando.

Y con mi frente del sudor perlada.

 

                       6

 

Entra un marino norteamericano en un bar casi oscuro.

Un niño, que allí estaba mendigando,

le toca con su dedo el reloj y pregunta la hora.

El marino le aparta la mano y no contesta.

El niño, al verse contemplado, siente alguna vergüenza.

Y, disculpándose –no por él, por el otro-, me dice:

“Tiene el reloj parado

y no le importa qué hora es, porque nadie le espera.

Adiós, es ya muy tarde”.

El niño de aquel lugar marcha corriendo.

Y yo me quedo pidiendo algunas copas sin preguntar la hora que es.

 

DESNUDEZ

 

Desde que desnudé la muerte

de sus espejos de tres rostros, de su legendaria dimensión

y del ritual de los idólatras,

perdió para mí su forma de ataúdes, el colorido del azafrán.

Perdió el olor del miedo y aquellos laberintos de las tumbas,

los amuletos del incienso.

Perdióse su sabor de sacarral,

el vestido astuto de la sierpe.

 

Y, desde que la muerte estuvo muda,

ya no he vuelto a contemplar la Babel mesopotámica

ni las reconvenciones de los mandamientos.

Por eso ya no se apagan nunca mis ojos

y mi lengua es como mil torres y mil lenguas..

-Antes de que te maten, lucha-.

 

Desde que desnudé la muerte

ya no oigo en el valle del Jordán el terror de Jericó

ni las eternas fábulas.

Por eso ya mis piernas hoy no tiemblan.

Y mi mano es un viento. Y Palestina, mi caballo.

-Antes de ser crucificado, sé como el Cristo-.

 

Desde que desnudé la muerte

no creo en el secreto profundo de las destrucciones.

Y no temo a la muerte desde que vi el desnudo.

-Cuando desaparezca de este mundo, no seré-.

 

 

 LA ALDEA AL ATARDECER

 

Cayó la tarde y los disparos enronquecieron en la garganta de la aldea.

Un silencio solemne sin reflejos tranquilos se adueñó de sus calles.

La neblina se inclinó hacia la tierra y le daba de mamar su cariño,

la envolvía en sus velos y de su misma boca enjugaba el gemido.

 

Por las venas de la aldea circuló el temblor de la muerte espantosa,

de él se nutría el silencio y su bebida eran los arroyos de lágrimas.

La noche se acercaba como fantasmas de lobos al irse hacia el rebaño.

Eran unos segundos convulsos que la aldea dejó pasar sobrecogida.

 

Mi madre se asomó a otear las calles, y lo hizo con miedo, estremecida.

Yo la miraba en silencio, fue un instante corto, de terror y mudeces:

mis ojos fueron a clavarse en el quinqué y de sus palideces me vestía.

La sangre no era sino un trozo de hielo... Y mi madre decía:

 

Han muerto nuestros hombres, hijo mío. Bestias a nuestras casas se aproximan.

Han muerto nuestros hombres, hijo mío. Y arrebatándome las manos echó a huir.

La recua de dioses de la Muerte había ya tomado la plaza de la aldea:

cadáveres esparcidos. Y el silencio se ahogaba en traca de explosiones.

 

La neblina envolvía con traje carmesí los rostros de las víctimas,

mientras que desbandadas de fugitivos de la Muerte ganaban los caminos.

Pero la Muerte les ganaba con su ejército terrible de millares de tropas.

Mi madre y yo corríamos. Las catástrofes corrían también a nuestra zaga.

 

Los pies nos rescataban de la Muerte hasta que ya nos pudo la fatiga.

El miedo multiplicaba su silueta, nos acechaba oculto en el silencio.

La pregunta me hervía en las entrañas: Madre...¿dónde...

dónde... dónde mi padre? Lágrimas nos corrieron de las pupilas.

 

Ha caído nuestra aldea, hijo mío, y murieron todos sus habitantes.

No se ha salvado más que la deshonra y la maldita maldición del destino.

Callado miraba de lejos mi aldea y el odio en su incendio me prendía.

Vamos..., que los pies sigan camino, exhaustos y rendidos.

 

 PROCLAMA
  

En vano corre la sangre en nuestras venas

si tenemos que derramarla de forma gratuita.

En vano nacen nuestros hijos

si los entregamos a la boca del dragón.

En vano adornaremos esta tierra

si luego la arrojamos a las llamas.

En vano este sudor y estas sentidas lágrimas

si no es para limpiar nuestra conciencia

de la terrible globalización.

En vano es esta paz que llevará a la guerra.

En vano es esta guerra que se llama paz.

  

UNA FLOR

 

Quería mandarte una flor 

para ese día que era nuestro,

pero pensé que la flor, al fin, se mustia

y que nuestro día era una flor.

  

El libro: Mar Blanco es el modo con el que en árabe se denomina el Mediterráneo; “porque refleja las otras seis culturas de este Mare Nostrum.Y la cultura árabe es más bien una síntesis de estas seis culturas (igual que el color blanco, que es una fusión de los otros seis colores del arco iris): la cananea –que incluye la fenicia–, la aramea –que incluye la siriaca–, la mesopotámica –que incluye la sumeria–, la griega –que incluye la helenística–, la latina –que incluye la romance– y la bizantina –que incluye la ortodoxa. Además la mediterraneidad era el eje principal de los califas omeyas de Damasco y el marco geopolítico en que se movían, llevando su estandarte de color blanco –sustituyendo el color verde del islam– como señal de comprensión y respeto mutuo, de tolerancia y de convivencia por toda la cuenca mediterránea, fuese en Damasco, su orilla del levante; en Al Qayrawán de Túnez, su orilla del sur, o en Córdoba de Al Andalus , su orilla del poniente.”

Sabemos que, como bien dice el propio Mahmud Sobh, el misterio de su poesía sólo podrá penetrarlo aquel que tenga [...] / dualidad en su alma, dualidad en su patria. Permaneceremos, pues, en nuestra orilla, lamidos por las aguas de ese mar que nos refleja en la sombra de esa otra orilla gemela, bañados en la perpetua nostalgia del pasado que ha de venir, salpicados por la paradoja de los desposeídos poseedores, pero perdidamente, y para siempre, sumergidos en Layla.

   

    

Escríbanos:

 

Si quiere realizar algún pedido desde el extranjero

 

Si quiere realizar algún comentario sobre esta página.

 

 administracion@ladiscreta.com

 

¿Quieres ser amigo de La Discreta?
¡Suscríbete!


Ediciones de la Discreta S.L.
Teléfono: 91 851 50 83 / 625 555 882
Dirección postal: Urb. Arroyo de los sauces,14, 3º-2. 28430 Alpedrete (Madrid)
Correo electrónico:
administracion@ladiscreta.com

ladiscreta.com 12/11/2009