Por Luis Junco

 

El sendero de lecturas de cada persona es muy particular, tiene líneas bien definidas y cuando se rastrea su discurrir, casi siempre se encuentra una lógica y una coherencia internas. Lo que no significa que dos lectores que a través de sus lecturas lleguen al mismo escritor tengan necesariamente que coincidir en las lecturas que a él les han llevado. Hay varios senderos de lectura que desembocan en el mismo resultado.

En mi caso, una de esas líneas de lecturas me ha llevado últimamente de Quemando los días y El arte de la ficción, de James Salter, a El río Sumida y Una extraña historia al este del río, del japonés Nagai Kafu, y de éste, a Chita: la última isla y Dos años en las Indias occidentales francesas, de Lafcadio Hearn.

Antes de eso nada sabía de Lafcadio Hearn (isla de Léucade, 1850-Tokio, 1902), de padre irlandés y madre griega, cuya separación a una edad muy temprana marcó de manera decisiva el carácter y sentimientos de este hombre de vida azarosa e intensa. Para mí ha sido un descubrimiento. Bastó con leer unas pocas descripciones del inicio de Chita: la última isla (1884) para que me deslumbrara con su escritura. Desde entonces, además de este libro, leí Dos años en las Indias occidentales francesas (1890) y la biografía que la periodista Elizabeth Bisland, amiga de Hearn, publicó en 1906 con el título Vida y cartas de Lafcadio Hearn. Me faltan por leer los escritos (relatos y ensayos) dedicados a Japón, en donde vivió los últimos catorce años de su vida y que según la mayor parte de sus críticos son los mejores. Tener en perspectiva otras lecturas de alguien que ya te ha entusiasmado siempre es motivo de alegría, y más con esa expectativa de que esas obras sean aún mejores de las que ya has leído.

Pensaba comentar aquí sobre Chita: la última isla, pero lo dejaré para otra ocasión. Con esta entrada solo quisiera hacer lo que hace uno cuando descubre algo que le parece emocionante: querer de compartirlo. Y para ello, me parece que lo mejor sea transcribir dos textos que me he atrevido traducir del inglés, la lengua en que fueron escritos.

El primero es del libro ya citado, Dos años en las Indias occidentales francesas, y la descripción se refiere a lo que ve Hearn a su llegada en barco a una de las islas de las Antillas francesas. (No puedo dejar de hacer notar –por los detalles de color que da en la descripción– que de muy joven y a causa de un accidente, el escritor había perdido la visión de un ojo y tenía importantes deficiencias en el otro.)

 

Mañana: colinas verdes emergen de un vapor azulado: la larga y apenas visible pendiente amarillenta de la playa, en el flanco izquierdo de la ciudad, bajo los mangos y tamarindos, ya está atestada de bañistas –todos hombres o muchachos, y todos desnudos: negro, marrón, amarillo y blanco. Los bañistas blancos son soldados daneses de los acuartelamientos; la brillantez norteña de sus pieles compone una sorprendente contraste con los fuertes colores de la naturaleza que les rodea, y con las oscuras complexiones de los nativos. Algunos son muy delgados, gráciles muchachos morenos se bañan con ellos, ligeros como venados: probablemente sean criollos. Algunos de los bañistas negros son desmañados –en su apariencia y en sus extraordinarias piernas largas. De repente bajan a la playa unos niños tirando de caballos –se desnudan, saltan desnudos sobre el lomo de las caballerías y se meten cabalgando en el mar –chillando, gritando, salpicando en la luz de la mañana. Algunos son de un hermoso color marrón, como el bronce envejecido.  Nada podría resulta más imponente que las inconscientes actitudes de estos cuerpos broncíneos saltando, jugueteando, corriendo, tirándose conchas. Su gracia tan simple está en perfecta armonía con las verdes creaciones de la naturaleza que les rodea –rima de forma impecable con el perfecto equilibrio con las palmeras que se alzan con elegancia a lo largo de la costa.

 

La segunda se refiere a la continua reflexión que hace sobre la escritura, en la última etapa de su vida, y cuando vivía en Japón. Son párrafos de una carta dirigida a otro amigo que también escribe.

 

Ahora con respecto a tu historia. Creo que si estás insatisfecho con ella, probablemente no es por la imperfección en el expresión, como supones, sino más bien porque alguna emoción o pensamiento ocultos aún no han sido definidos con claridad en tu cabeza. Sientes algo y no has sido capaz de expresarlo –sencillamente porque aún no sabes de qué se trata. Sentimos sin entender el sentimiento; y la mayoría de nuestras emociones más fuertes resultan indefinibles. Debe ser así porque son acumulaciones hereditarias de sentimiento, y la cantidad de ellas acaba por dar un resultado borroso, vago, a pesar de su fuerza emotiva. El trabajo inconsciente del cerebro es lo mejor para desarrollar esos sentimientos o emociones ocultas. Me he dado cuenta de que, en el proceso de escribir con paciencia, una y otra vez, sobre el asunto, a menudo la emoción o idea se desarrolla por sí misma, inconscientemente. Lo que no quita para que, también de vez en cuando, merezca la pena analizar el sentimiento que permanece borroso. El esfuerzo de intentar comprender exactamente qué es lo que nos mueve resulta a veces exitoso. Si tienes cualquier sentimiento –no importa qué- fuertemente enraizado y oculto en tu mente (una persistente tristeza o una misteriosa dicha) puedes estar seguro que es expresable con palabras. Desde luego, algunos sentimientos son muy difíciles de desarrollar. Uno de estos días, cuando nos volvamos a ver, te mostraré una página en la que trabajé durante meses antes de que la idea se mostrara con claridad. Cuando se producen los mejores resultados, debería sorprenderte, pues nuestras mejores creaciones salen del Inconsciente. 

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