DIÁLOGO DEL ESCRIBANO Y LA MOZA BACHILLERA

DIÁLOGO DEL ESCRIBANO Y LA MOZA BACHILLERA

Juan Dativo Donate, Alicia Donate, y Félix Dativo Donate

CORO:

 

He aquí, senado discreto,

una breve y brava escena

—que aquí en Pastrana se estrena—

y explica el crucial secreto

que es enigma, pasmo y reto

de la literaria esfera:

¿Por qué la mujer va fuera

del arte garcilasiano?

Respóndanlo El escribano

y la moza bachillera.

 

Cuando acabe el entremés

no se vayan al momento,

que este Coro, no les miento,

de otro secreto es guardés.

Su gravedad mucha es,

y atañe a nuestra salud:

porque tendrá la virtud

de explicar que la poesía

alarga la vida y fía

la salud a su actitud.

 

 

 

Se ve al ESCRIBANO, hombre añoso, sentado a una mesa donde escribe con pluma, y rodeado de los trebejos de su oficio. Plumas, cálamos, cortaplumas, tintero, tijeras… Tiene a su lado también una COPA de la que trata de beber, y que se halla vacía. En la misma estancia, una MOZA, acaso criada o familiar del escribano, limpia y ordena la estancia, y recoge papeles del suelo, que se queda mirando. Lee moviendo los labios, fijándose mucho en lo que pone, y con cierto esfuerzo. No lejos de ellos hay una SEGUNDA MESA en la que hay una BOTELLA o una jarra con líquido, vino fresco o agua.

El escribano, sentado, tiene a mano diversos papeles y libros. Con un cortaplumas o unas tijeras, prepara una pluma para escribir.

ESCRIBANO: Muchacha.

MOZA: Mande vuestra merced.

ESCRIBANO: Hija mía, hacedme la merced de traer algo frío, que doy fe de que aquí —en la villa ducal famosa, y bella, y generosa, y principal,  de Pastrana—, también se muere uno de calor. Un vinillo de la fresquera, o una copilla de aloque frío, o algo.

MOZA: Como quiera vuestra merced. Pero dígame. ¿Por qué le corta la punta a la pluma de esa manera, señor escribano? He visto que le hace dos cortes. ¿No basta con uno?

ESCRIBANO: ¡Donosa pregunta! Le hago no dos, sino tres cortes. Esto es tajar la pluma. Y sirve para que corra mejor la tinta y la letra salga como tiene que salir. Mas ¿qué le va en ello a una moza como vos?

MOZA: Saber quiero.

ESCRIBANO: ¿Y para qué queréis saber tal cosa? Más os cumple saber hacer lo que os mandan o, todo lo más, saber de algún chismorreo de esos que a las mujeres os pierden. Y traedme algo de beber, que me reseco.

MOZA(Hace como que se va, pero se para y se vuelve) Mujer soy, que no bestia. Y por ello quiero saber cómo se escribe de manera propia y derecha. ¿Es malo eso?

ESCRIBANO: No, malo no es. Qué ha de ser malo. Mirad, se corta aquí, aquí y aquí. Pero poco provecho os ha de hacer esta ciencia.

MOZA: ¿Por ser mujer?

ESCRIBANO: Por no ser… (se piensa qué decir)… Mujer escribana.

MOZA: Mujeres escribanas no hay en nuestro tiempo, porque no les dan el oficio las contadurías, ni las chancillerías, ni las secretarías.

ESCRIBANO: ¡Será que las mujeres no cuentan, ni se chancean, ni secretean poco! (Se ríe él solo de su chiste)

MOZA: Pero mujeres escritoras sí hay, y ha habido, y no pocas.

ESCRIBANO: Sí, seguro. ¡En nuestro siglo venturoso! Lope, Góngora, Quevedo, Cervantes… Todo chicas, no hay más que verlo. Andad y traedme algo de beber.

MOZA: ¿Y nuestra SANTA TERESA DE JESÚS?

ESCRIBANO: Bueno. Bien. Lo concedo. Era una gran santa, y bendita por Dios. Pero una golondrina no hace verano.

MOZA: ¿Una golondrina? ¡Una bandada! MARÍA DE ZAYAS Y SOTOMAYOR, SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ, FLORENCIA PINAR, LUISA SIGEA…

ESCRIBANO: ¡Moza bachillera tenemos! Esa me suena, la Sigea. Y la Zayas, buenas novelillas urdía, muy graciosas y bien compuestas. Y sor Juana Inés… la monja aquella de Nueva España… Esos cuatro talentos bien se reconocen, para que luego no se diga.

MOZA: ¿Qué no se diga qué?

ESCRIBANO: Que no se diga que no se valora a las mujeres. Vamos, que no por ser mujeres habían de tener menos ingenio… Claro, que son cuatro y contadas. Muy contadas excepciones que confirman la regla.

MOZA: ¿Qué regla?

ESCRIBANO: ¡La de que me traigáis algo de beber, que me muero ya, por Dios vivo!

MOZA: ¿Qué regla dice vuestra merced?

ESCRIBANO: Mejor que me calle, mejor que me calle … Traedme vino o agua, o algo.

MOZA: No sin que me digáis qué regla dice eso.

ESCRIBANO: ¡Qué interrogatorio! ¡Y con tormento! ¡Parezco un judaizante ante el Santo Oficio!

MOZA: ¿Son excepciones que confirman qué regla?

ESCRIBANO: No es regla, sino conclusión evidente: hay más ingenios en las letras de varones que de mujeres. Por cada mujer poeta que pueda brillar, hay ciento o más poetas varones que las aventajan. Ea, ya lo he dicho. A los datos y las cifras me acojo. No me lo invento yo. Será injusta la naturaleza, pero es lo que hay.

MOZA: ¿Injusta la naturaleza? Dejadme que os cuente algo.

ESCRIBANO: Primero el vino, por caridad…

MOZA: Habláis de cuatro mujeres famosas, o cinco, todas literatas famosas a pesar de ser mujeres. Sin embargo, hay muchas más que no conocemos porque han sido oscurecidas. Mirad el caso de la hija de Lope de Vega.

ESCRIBANO: ¿Quién?

MOZA: Lope de Vega.

ESCRIBANO: ¡Ya sé quién es Lope de Vega! ¡Lope Félix de Vega Carpio! ¡El Fénix de los Ingenios! ¡El monstruo de la Naturaleza! ¡El más prodigioso talento de su época!

MOZA: ¡Yo hablo de su hija! MARCELA DEL CARPIO, o sor Marcela de San Félix. Tan inteligente como su padre, tres veces madre superiora en su convento, y escritora incansable, que escribió cinco volúmenes de su mano, comedias sin número, y una autobiografía espiritual.

ESCRIBANO: No la he leído.

MOZA: No la ha leído vuestra merced porque su confesor le hizo quemar todo lo dicho, con excepción de un puñado de poemas. Y no piense que es un caso aislado. A sor Juana Inés también se le prohibió escribir. Y como a ellas, a muchas otras. Hubiera tenido gracia que a un Lope de Vega, o a un Tirso de Molina, o a un Calderón, le hubiesen mandado quemar toda su obra no religiosa por el solo hecho de ser eclesiásticos; o mismamente que al bueno de Fray Luis de León le hubiesen prohibido sus poemas no religiosos.

ESCRIBANO: No os falta razón, hija mía. No os falta razón. Andad… y traedme de beber.

MOZA: ¡Qué pesado se pone vuestra merced! ¡Vuestra merced coja el jarro, o la botella de la fresquera, que bien sabe dónde está!

ESCRIBANO: ¡Así son las mujeres! ¡Dales la razón en un punto, y harto perdido estarás en todo! ¡Y te quedas sin que te traigan de beber! (Se sirve él mismo de un recipiente que está al lado, y que solo tenía que tomar dando apenas un par de pasos)

MOZA: (Mientras habla la MOZA, se sirve y bebe el ESCRIBANO) A muchas mujeres se las desanimó en su vocación de escritoras por serlo, y porque, claro, a ver dónde iba una mujer por un terreno tan malicioso y poco santo como la poesía, o la comedia, o las narraciones de enredos amorosos. No siempre estaba bien visto para los hombres, conque imaginad ¡como para meter mujeres! Y sin embargo, las hubo.

ESCRIBANO: No, no, no no. No es tal como decís. Lo que ocurre es que en los reinados de los Austrias, cima, gloria y fundamento de nuestras Españas, el oficio de escribano, como el que por ventura tengo, se necesitó en grandísimo número para nutrir las oficinas de las contadurías, chancillerías, notarías, secretarías, los ejércitos, las oficialías, los veedores, los tribunales, el tesoro real, los puertos y las estibas de los barcos, las prisiones, los séquitos… El oficio de llevar las cosas por escrito se alentó mucho; y ya que no muchos dineros, sí se le quiso dar algún lustre y beneficio para que muchos lo demandasen. Por esto los escribanos no somos cualquiera. Tenemos una cierta dignidad. Y por esto nuestro número creció tanto. No somos ricos, pero tampoco pobretones. Nos podemos pagar, por ventura, alguna criada de las que no nos quiere dar de beber.

MOZA: (Se ríe, y se acerca, y le rellena la copa. Y ella se sirve otra, y se sienta donde él, en otra silla) Como dice vuestra merced, el cultivo fabuloso de las letras en la España de los Austrias ocurrió en gran medida porque se promovió el cultivo de las letras, ya que estas servían para alcanzar oficios de secretario o de escribano, como por ventura el de vuestra merced. Pues bien, fíjese vuesarced en que a las mujeres nunca las pudo mover este estímulo, pues a ninguno de esos oficios podrían nunca aspirar, como dice también vuestra merced. Entre los miles de escribanos hombres, brotaron naturalmente algunas decenas de sobresalientes escritores. Se cosecharon en verdad frutos extraordinarios porque se mimó y se regó y se cuidó el campo inmenso donde crecían. Ahora bien, entre las mujeres no hubo ni campo, ni huerto, ni jardín, ni maceta siquiera. Maduraron también algunos frutos de espléndida calidad, a pesar de que aquellas plantas eran espontáneas y de que nadie las sembraba, ni las cuidaba, e incluso muchas veces se arrancaban cuando crecían. Hay muy pocos casos de escritoras porque no se favoreció que hubiese ni escribanas ni escritoras, salvo alguna excepción muy tenaz.

ESCRIBANO: Crecen las mujeres poetas como los espárragos, entonces ¿tantas hay, moza bachillera?

MOZA: Más de las que se ven, y aún más de las que nos quedan. Que no son pocas. Por ejemplo, ANA CARO MALLÉN DE SOTO, que fue esclava de origen morisco, y fue liberada más tarde en vista de su talento literario prodigioso. Hasta el Conde de Olivares la quiso proteger. O CRISTOBALINA FERNÁNDEZ DE ALARCÓN, y las mujeres que asistieron a la cátedra de Gramática de Antequera. O la brillante OLIVA SABUCO, científica y «honor de España», a decir de Lope de Vega.

O las espléndidas INARDA DE ARTEAGA, o LEONOR DE LA CUEVA Y SILVA, o HIPÓLITA DE NARVÁEZ. De muchas de ellas apenas tenemos noticia de quiénes fueron, aunque la estimación de sus contemporáneos nos indica que su talento no fue a la zaga de nadie. Me gustaría leeros un poema que veo aquí, y que pertenece a la pluma de DOÑA LEONOR DE LA CUEVA Y SILVA.

ESCRIBANO: Leedlo, que bien me habéis convencido de que la mujer bien puede ser culta y discreta cuando recibe igual estímulo que el varón. Y dejemos a su término el aplauso que merecéis. Discreta sois también vos, aunque como criada, las he visto mejor dispuestas. ¿Por ventura os estáis bebiendo mi vino?

MOZA: Es que las mujeres no nacimos para criadas (bebe del vino). Acaso sí para poetas:

 

 

 

Ni sé si muero ni si tengo vida;

ni estoy en mí, ni fuera puedo hallarme;

ni en tanto olvido cuido de buscarme,

que estoy de pena y de dolor vestida.

 

Dame pesar el verme aborrecida,

y, si me quieren, doy en disgustarme;

ninguna cosa puede contentarme:

todo me enfada y deja desabrida.

 

Ni aborrezco, ni quiero, ni desamo;

ni desamo, ni quiero, ni aborrezco;

ni vivo confïada, ni celosa;

 

lo que desprecio a un tiempo adoro y amo;

¡vario portento en condición parezco,

pues que me cansa toda humana cosa!

 

 

CORO:

 

Nuestro entremés aquí acaba,

Pero no nuestra misión;

pues falta la explicación

que al principio anticipaba.

¿En verdad nos mejoraba

la salud por la poesía?

Júroles, por vida mía,

que al Cáncer bate y combate,

pues les piden los Donate

que llenen esta alcancía.

 

(muestra la hucha o alcancía de la Asociación Española Contra el Cáncer)

 

Y si por ventura quieres

los talentos ignorados

de los áureos eclipsados,

fueran hombres o mujeres,

te encomiendo que leyeres

la antología completa

editada en La Discreta:

el libro Los otros clásicos;

que nuestros tesoros básicos

honrará quien los respeta.

 

(Muestra el libro Los otros clásicos)

 

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