Las horas equivocadas, de Santiago Casero González

Las horas equivocadas

La Discreta comienza fuerte el 2019, año que celebra su vigésimo aniversario de existencia. Si hace unos días presentaba el poemario La conducta del soñador, de Ramón de la Vega, próximamente presentará Las horas equivocadas, libro de relatos de Santiago Casero. La presentación tendrá lugar el martes 22 de enero, a las 19 horas, en la Biblioteca Eugenio Trías (Paseo Fernán Núñez, 24), en el Retiro madrileño, antigua Casa de Fieras. En el acto, el autor estará acompañado por el también escritor Emilio Gavilanes, y el editor del libro, Eduardo Sanz.

El libro contiene doce excelentes relatos –algunos premiados en certámenes tan prestigiosos como el Internacional de Cuentos Max Aub o el de Relato Corto Elena Soriano–, y como muestra os ofrecemos uno de ellos.

 

 

 

 

 

 

CARLOTA YA NO ME LLAMA

(Del  libro de relatos Las horas equivocadas)

 

 

¿Cómo explicarles que ya soy otro, que a lo mejor ni siquiera estoy aquí como estaba antes? No quieren entenderlo pero no les culpo: me ven sentado así, quietecito, peinado con raya y oliendo a la colonia de siempre, y es normal que piensen que todo sigue igual. No es fácil de aceptar, ni siquiera para mí. Y eso que yo les doy continuamente pistas a ver si se enteran. Les digo, por ejemplo, que ya no tengo sueño por la mañana (acaso sueños; sueños, sí), que ahora no me dan miedo los niños vestidos de comunión ni me gustan las tormentas, como antes, que el libro que prefiero entre todos los libros es ese llamado “Werther” que nos hizo  leer Santiago, aquel profesor nuevo de literatura, jovencito, de melena rizada, que gustaba tanto a las chicas de clase y que no sabía nadar (esto lo descubrimos en el viaje de fin de curso, cuando conocí a Carlota). Hasta les leo fragmentos (…mi alma se cierne sobre el féretro), y ellos sólo quieren saber si eso entra en el examen. Son unos desgraciados, mis compañeros, y me dan lástima. Con esos ojos aparentemente vivos que no son sino los últimos destellos casi muertos de un alma muerta. Me gustaría decirles que a mí los exámenes ya no me importan nada. La verdad es que si me sigo sentando en mi pupitre cada mañana es sólo porque me resulta más fácil que hacerles ver que no soy el de antes, que ahora sé cosas que los demás no saben y que ya no tengo miedo de las cosas que le dan miedo a los demás, como las plantas carnívoras o las arenas movedizas.

Cuando hay examen llego pronto a clase, como he hecho siempre, cuelgo la cazadora en la percha, me siento, abro mi mochila, saco el plumier y coloco sobre el pupitre la pluma que me trajo mi tío Andrés de Canarias. Y toda la vida me ha gustado poner en hora mi reloj antes de un examen, aunque ahora está parado y no me sirve de mucho. Se me paró un jueves y sólo acierta dos veces al día. A mí no me importa porque ahora, en mi situación actual, las horas no significan nada y los minutos son de todas formas como esas células que crecen y crecen dentro del cuerpo y cuando te das cuenta ya son otra cosa con el nombre de un animal en latín. Yo me lo sigo poniendo porque es sumergible y antichoque, y porque fue un regalo de mi padre y a él le gustaría que lo llevara todavía aunque ya no funcione como funcionan los relojes normales.

La verdad, yo siempre he sido un buen estudiante y creo que podría sacarme incluso el bachillerato sólo con estar sentado ahí, sin molestar demasiado a mis profesores, sobre todo a la señorita Paloma, la de matemáticas, que ve el mundo como si estuviera hecho de números y no de personas. Y a lo mejor hasta podría estudiar una carrera, la de arquitectura, por la que siempre han suspirado mis padres. Me imaginaban, de mayor, diseñando catedrales o centros comerciales, los pobres. La filosofía sin embargo se me atraganta, seguramente porque en mi estado actual me he vuelto muy escéptico y todas las teorías de esos viejos farsantes me parecen una burla infame. Que si el Ser y la Nada, que si la Ipsidad y las Mónadas, la Forma y la Materia, ¡el Ápeiron!… Tristes esfuerzos de entender lo que no se pude entender ni comunicar. O peor: intentos impotentes por clasificar las cosas del mundo, por empaquetarlas, etiquetarlas y enviarlas a domicilio y contra reembolso. En otras palabras, mala literatura. Yo creo que, en el fondo, lo que habrían querido los filósofos es ser poetas.

Y es por eso mismo por lo que me gusta tanto la literatura, porque me parece que no trata de domesticar la vida, sólo pacta con ella. A mí, por ejemplo, me gusta mucho Catulo, por la mala leche que tiene con la gente mediocre y con los malos poetas y con los malos amantes, aunque me da un poco de pena que se muriera tan joven; me gustan Cèline y Rimbaud, porque dijeron lo que nadie se atrevía a decir y por eso no tenían amigos y a los niños no se les enseñan para que no se asusten; me gusta cómo sabe perder el Martín Fierro, cómo huye a pie y a caballo de la fatalidad y de la miseria aunque siempre terminen atrapándole, cómo se rebela resignándose, entendiéndolo todo…; pero sobre todo me gustan los Románticos: su tristeza sincera, sus desengaños, sus pistolas…

Por cierto, a Carlota he querido decirle lo que me pasa, explicárselo todo. He creído que ella debía ser la primera en saberlo pero Carlota ya no me llama. Desde que conoció a aquel chico no se pone al teléfono. Me gustaría decirle que se quede tranquila, que eso ya no me importa. Con mi madre no he intentado siquiera hablar porque no lo comprendería. Además nunca me escucha. Sólo me pregunta si me he enfadado con Carlota, me dice que me ve raro. Me parece que está preocupada de verdad por mí. Si pudiera contarle que es por Carlota por la que cogí la pistola de papá yo creo que se moriría del disgusto.

 

(Para más información del libro os remitimos a la página web de La Discreta, en donde también podéis adquirirlo: https://www.ladiscreta.com/producto/las-horas-equivocadas/)

 

 

 

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