Consolaciones

Por Luis Junco

Si hay un autor al que guardo fidelidad al cabo de los años, ese escritor es Lucio Anneo Séneca. Sus Epístolas morales a Lucilio sigue siendo mi libro de cabecera después de más de treinta años. Creo haber leído casi todo lo que escribió y en estos días -con motivo de una cita para la última entrada de este blog- he vuelto a leer sus consolaciones. Me siguen emocionando profundamente, y en ellas sigo hallando el consuelo ante las desdichas y penalidades de la vida, que en mayor o menor grado a todos nos afligen. Y no dejo de preguntarme por la razón de ese efecto, del aplacamiento, serenidad, tranquilidad y consuelo que deparan su lectura. Cuando leemos las consolaciones a Helvia, a Polibio, a Marcia por las muertes del esposo, del nieto, del hijo, del hermano, por el alejamiento y destierro del hijo, lo primero que salen a relucir son las razones que se esgrimen. Y siempre son razones muy bien fundamentadas. Veamos este fragmento dirigido a Polibio, que se duele de la muerte de su querido hermano. Séneca trata de consolarlo con sus bien fundamentados argumentos:

Pues si a los difuntos no les queda ninguna percepción, mi hermano ha escapado a todas las contrariedades de la vida y ha sido restituido  al lugar donde estaba antes de nacer y, a salvo de todo mal, nada teme, nada desea, nada padece: ¿qué locura es ésta, no dejar nunca de lamentarme por él, que nunca va a lamentar ya nada? Y si los difuntos conservan alguna percepción, ahora el espíritu de mi hermano, como liberado de una prolongada prisión, al fin dueño y señor de sí mismo, se regocija y disfruta del espectáculo de la naturaleza y contempla todo lo humano desde su posición superior, mientras que observa más de cerca lo divino, cuya explicación había buscado tanto tiempo en vano. 

Así pues, ¿por qué me dejo atormentar por la añoranza del que o es dichoso o no es nada? Llorar al dichoso es envidia; a nadie, insensatez.

Me parece imaginar la respuesta de Polibio a este fragmento: Sí, de acuerdo, tienes razón, pero… Los argumentos son insuficientes. Siempre puedo hallar otros que reafirmen mi dolor, mi lamentación, mi desgracia. 

Sin embargo, al final de la lectura, las consolaciones dejan una sensación de alivio, de mitigación y paz que va mucho más allá de las razones. ¿A qué se debe? No encuentro otra explicación que sobrepase a los argumentos que la manera de expresarlos. No se trata de la pomada o el bálsamo que te apliquen a la herida, sino el cuidado, el modo, el cariño, el arte de quien te lo aplica. Séneca fue un maestro incomparable en esa aplicación, a través de la escritura.  

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