Léxico familiar, de Natalia Ginzburg

Por Luis Junco

En varias ocasiones, durante mi juventud, se me permitió adentrarme en algunos círculos familiares distintos del mío. Me resultaron mundos diferentes, pero al mismo tiempo, por similares pautas de conducta entre los miembros y con el entorno inmediato, no me parecieron del todo extraños. Atribuyo al contraste con mi propia familia la principal razón de lo mucho que aprendí por aquella época.  

Para mí, la pequeña gran virtud de Léxico familiar, de Natalia Ginzburg, es que la autora, como llevándonos de la mano a través de un lenguaje cargado de frases, dichos, claves que tienen que ver con el entorno que describe, nos introduce con naturalidad en su círculo familiar -padre, madre, hermanos y hermanas, primos, tíos, abuelos, amigos, conocidos…- y de paso en un país que vivía en una época muy convulsa: Italia (Turín, en concreto) en los años 30 y 40 del pasado siglo y el ascenso del fascismo. Pronto nos sentimos como en casa y participamos de situaciones similares a las que pasamos en nuestra familia. 

Y en algún momento somos conscientes de que estamos asistiendo a la vida cotidiana de unos personajes que fuera del libro hemos admirado y considerado lejanos, casi míticos. Es el caso de esta secuencia que describe la autora:

Al final del invierno, Leone Ginzburg volvió a Turín del penitenciario de Civitavecchia, donde había cumplido su pena. Llevaba un abrigo demasiado corto y un sombrero muy usado ladeado sobre sus negros cabellos. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, y escrutaba a su alrededor con sus ojos negros y penetrantes, sus labios apretados, el ceño fruncido y sus gafas con montura de concha negra, un poco caídas sobre su gran nariz.

Se fue a vivir con su hermana y su madre a un hotel situado en la zona de la avenida de Francia. Era vigilado especial, es decir, debía volver al hotel apenas oscureciera, y los agentes iban a controlar si estaba. 

Se pasaba las tardes con Pavese, eran amigos desde hacía muchos años. Pavese hacía poco que había vuelto del confinamiento y estaba muy triste, porque había sufrido un desengaño amoroso. Iba a ver a Leone todas las tardes. Colgaba en el perchero su bufanda lila y su abrigo y se sentaba a la mesa. Leone se acomodaba en el sofá, apoyando el codo en la pared. 

Pavese explicaba que no iba allí por valentía, porque él no era nada valiente, y tampoco por espíritu de sacrificio. Iba porque si no no habría sabido cómo pasar las tardes, y no soportaba pasarlas solo.

Y explicaba que no iba allí para oír hablar de política, pues a él la política “le importaba un bledo”.

Unas veces fumaba en pipa toda la tarde en silencio y otras contaba sus cosas, enrollándose el pelo alrededor de los dedos. 

Leone… Su capacidad de escuchar era inmensa. Sabía escuchar a los demás con gran atención. Incluso cuando estaba profundamente ensimismado pensando en sí mismo.

Después la hermana de Leone les servía el té. Ella y su madre le habían enseñado a Pavese a decir en ruso: “A me gusta el té con azúcar y limón”.

A medianoche, Pavese cogía su bufanda del perchero, se la echaba rápidamente al cuello y cogía el abrigo. Se iba por la avenida Francia, alto, pálido, con las solapas levantadas, la pipa apagada entre sus dientes blancos y fuertes, su paso largo y rápido y su huraña espalda. 

Leone aún se quedaba un buen rato de pie junto a la estantería, sacaba un libro y comenzaba a hojearlo, y leía como al azar durante mucho tiempo, con el ceño fruncido. Se quedaba leyendo así, como al azar, hasta las tres. 

Leone empezó a trabajar con un editor amigo suyo. (Este editor es Giulio Einaudi.) Eran sólo él, el editor, un almacenista y una dactilógrafa, la señorita Coppa. El editor era un joven sonrosado y tímido, y se sonrojaba con frecuencia. Pero cuando llamaba a la dactilógrafa lanzaba un grito salvaje: “¡Coppaaa!”. Trataron de convencer a Pavese para que trabajara con ellos. Pavese se resistía y decía: “¡Me importa un bledo!”.

Decía: “No necesito un sueldo. No tengo que mantener a nadie. A mí me basta con tener un plato de sopa y tabaco”.

Tenía una suplencia en un liceo. Ganaba poco, pero le bastaba.

Además, traducía del inglés. Había traducido Moby Dick. Decía que lo había hecho por gusto. Le habían pagado, pero lo hubiera hecho incluso a cambio de nada, es más, él mismo habría pagado por poder traducirlo. 

Escribía poemas. Sus poemas tenían un ritmo lento, arrastrado, perezoso, un especie de amarga cantinela. El mundo de sus poemas era Turín, el Po, las colinas, la niebla y los mesones. 

Al final se convenció y entró también a trabajar con Leone en aquella pequeña editorial. 

Se convirtió en un empleado puntilloso y meticuloso que gruñía contra los otros dos porque llegaban tarde por la mañana y se iban a comer a las tres. Él defendía un horario distinto: empezaba temprano y se iba a la una en punto, porque a esa hora la hermana con la que vivía llevaba la sopa a la mesa.

Leone y el editor de vez en cuando se peleaban y no se hablaban durante días. Después se escribían largas cartas y se reconciliaban. A Pavese “le importaba un bledo”.

Leone… Su verdadera pasión era la política. Sin embargo, además de  esta vocación, fundamental para él, tenía  otras pasiones: la poesía, la filología y la historia. 

Había venido a Italia de niño y hablaba el italiano tan bien como el ruso, pero en casa hablaba siempre en ruso con su hermana y su madre. Ellas salían poco y nunca veían a nadie. Y él les contaba detalladamente todo lo que había hecho y a todas las personas a las que había visto durante el día. 

Antes de ir a la cárcel le gustaba frecuentar los salones. A pesar de su ligero tartamudeo, era un brillante conversador. Y aunque siempre estaba profundamente ensimismado pensando en graves asuntos, estaba dispuesto sin embargo a escuchar los chismes de la gente, aun los más frívolos, porque sentía curiosidad por las personas y poseía además una gran memoria que retenía incluso las mayores frivolidades. 

Pero cuando volvió de la cárcel ya no le invitaban a los salones y la gente le evitaba, pues ahora era conocido en Turín como un peligroso conspirador. No le importaba en absoluto, parecía haber olvidado por completo aquellos salones. 

Leone y yo nos casamos y nos fuimos a vivir a la casa de la calle Pallamaglio.

(…)

Salimos de la lectura como quien sale de una sencilla experiencia cotidiana y solo con el tiempo nos damos cuenta de la profunda huella que nos ha dejado en el recuerdo. 

(Giulio Einaudi y Leone Ginzburg fueron cofundadores de la editorial Einaudi, según aquí se describe. Leone falleció en 1944 por las torturas infligidas por los nazis en la cárcel de Regina Coeli. Su esposa y la autora de este libro se había casado con él en 1938 y después de la guerra Natalia se incorporó al trabajo editorial, en el que también participó Cesare Pavese hasta su muerte. Como es bien conocido, Pavese se suicidó en 1950. Y aunque como dice Natalia Ginzburg en este libro las razones fueron “un preparado cálculo de circunstancias”, parece que la gota culminante que se añadió a ellas fue la ruptura de relaciones con la actriz Constance Dowling, a la que dedicó aquel su último poema que comienza con Verrà la morte e avrà i tuoi occhi.)

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