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Invitación a la Divina Comedia. Infierno X

Invitación a la Divina Comedia. Infierno X

Infierno X

Amos Nattini

Resulta materialmente imposible recorrer en el brevísimo espacio de esta entrada la estrecha red de implicaciones y alusiones, y la densidad conceptual y doctrinal correspondiente, que subyacen a los celebrados personajes, diálogos e iconografía de este canto magnífico. Intentaremos, pues, en ligeras pinceladas, dar una idea –pálida, como se dice en italiano– acerca de algunos asuntos que han ocupado y aún ocupan a [personas] estudiosas y lectoras. Las cuestiones que hay que plantearse en su lectura son, al menos, las siguientes:

1) ¿Por qué un pecado culturalmente tan grave como la herejía está en una zona tan alta del Infierno, más grave que los pecados de incontinencia pero menos que los de violencia y fraude? ¿Por qué es menos grave la herejía que, por ejemplo, la usura o el despilfarro?

2) ¿Qué indican las posturas de Farinata y Cavalcante, así como su pasado y relaciones familiares y políticas, que se explicitan en el diálogo con Dante?

3) ¿Cuál es la razón de la constante presencia latente, en el trasfondo, de Guido Cavalcanti, yerno de Farinata (casado con su hija –atención– ¡¡Beatrice!!) e hijo de Cavalcante, y, sobre todo, “primer amigo” e ídolo de juventud del propio Dante?

4) ¿Cómo se integran las cuestiones aparentemente marginales de la historia política florentina, el exilio de Dante, y el motivo de la satisfacción del deseo, con el tema de la herejía?

Flaxman

«Considero que la más absurda, vil y maligna [stoltissima, vilissima y dannosissima] de las bestialidades [bestialitadi] es la de quien cree que después de esta vida no hay otra», dice Dante en el Convivio (II viii 8). Ahora bien, si es tan dañosa, degenerada y estulta, ¿por qué es la menos grave de las locas bestialidades (comportamientos irracionales que buscan el daño)? Porque, tal y como explican los intelectuales medievales, siguiendo la etimología de la palabra, se trata de un error de elección involuntario, que provoca el daño sin querer hacerlo. Entonces, ¿por qué es culpable? Porque, como se explica en la Ética y el comentario tomista, el hombre tiene la “obligación de saber”, puesto que la inmortalidad del alma es una verdad de ley natural, accesible, pues, filosóficamente a la razón, y si no lo hace es porque se deja arrastrar por «una pasión que no es ni natural ni humana» (Ética) –y ello explica el adjetivo vilissima–, es decir, un error al mismo tiempo del cuerpo y del intelecto, lo que incide en el carácter pasional de la herejía, cuya causa es el apetito de un fin indebido. Estamos, por tanto, ante una ignorancia “estultísima” y culpable porque es una ignorancia filosófica, como demuestra que su origen sea el epicureísmo.

Guglielmo Girardi

Así, pues, aquí penan los herederos de Epicuro, que no saben calibrar el equilibrio entre el alma y el cuerpo, lo inteligible y lo sensible, y, en consecuencia, no entienden la peculiaridad constitutiva de la naturaleza humana. Farinata, con su postura “corporal”, muestra, no solo que el origen del error gnoseológico del hereje está en la “jactancia natural” que hace que los presuntuosos crean saberlo todo (Convivio IV xv 12-13), sino que ese error consiste en el desprecio hacia lo corporal propio de la herejía cátara por la que el personaje, con toda su familia, había sido condenado póstumamente en 1283. Cavalcante, con la suya, además de enseñar que el origen del error está en la “pusilanimidad natural” que niega la capacidad de saber del ser humano (Convivio IV xv 14), revela el desprecio hacia lo anímico propio del epicureísmo. Ambos errores –y ambas causas– se funden en el personaje ausente pero latente en todo el episodio, que une a los dos: Guido Cavalcanti, con quien Dante, después de haberlo seguido y admirado en su juventud, había mantenido un largo y áspero debate filosófico y poético –y quizás también político–, durante la década de 1290. El famosísimo diálogo con su padre (vv. 52-72), que ha hecho correr ríos de tinta (y de sudor), muestra que solo “la altura de ingenio” no es suficiente para emprender el viaje de conocimiento, sino que es necesaria además la gracia divina, que, encarnada en Beatriz, Guido –casado con una Beatriz toda terrena– despreció y por la que fue despreciado (ver infra nota a vv. 62-63). Cavalcanti es, pues, paradigma del filósofo que desprecia, por un lado, la revelación –prueba definitiva de la inmortalidad del alma–, y, por otro, el papel del cuerpo –de los afectos y la imaginación– en el conocimiento filosófico, es decir, la función filosófica de la poesía; que desprecia, en suma, que haya un vínculo sustancial, y por tanto una posible progresión de uno a otra, entre cuerpo y alma.

Pero además ambos personajes escenifican en su discurso lo absurdo de su error, porque evidencian que aun después de la muerte –y por tanto ya sin cuerpo físico– siguen conservando dos afectos, y dos deseos, corporales fundamentales: el amor a la patria –al lugar de origen– y a los familiares, y el deseo de volver a encontrarlos más allá de la muerte. Siguiendo una indiscutida concepción aristotélica, estos deseos, por ser naturales, deben ser naturalmente saciados, y como ello no se produce en vida, debe, obligatoriamente, poder producirse tras la muerte. Ahora bien, lo que eso demuestra no es solo la inmortalidad del alma sino también la resurrección del cuerpo (vv. 10-12), pues solo en la perfecta unión de alma y cuerpo se completa la felicidad humana. Notad, pues, que en la concepción dantesca no solo sobreviviremos en el más allá, sino que lo haremos con nuestra propia identidad, nuestros afectos, nuestra personalidad…

Federico Zuccari

Lo estúpido de negar esta creencia se muestra también en el hecho de que los condenados puedan ver pasado y futuro, pero no el presente, porque si pasado y futuro lo ven con los ojos del alma, el presente solo se puede ver con los ojos del cuerpo, dado que ‘presente’ «se dice así como si se dijera ‘ante los sentidos’ (prae sensibus), ante los ojos, que son los sentidos del cuerpo» (S. Isidoro, Etimologías X, 207). De este modo, se pone de manifiesto la necesidad del cuerpo, tanto como la del alma, para completar la perfección, es decir, la consustancial unidad de sentido y destino entre ambos (que es lo que los herejes, insistimos, filosóficamente no comprenden). Por eso, esa ceguera hace que Farinata no entienda el sentido último de la naturaleza humana, destinada a salvarse, y por tanto no pueda transmitirle a Dante que su exilio , como el de la humanidad, se volverá peregrinaje, es decir, retorno a la verdadera patria, algo que, como anuncia Virgilio, Dante conocerá mucho más adelante, en su recorrido astral.

 

De estas maneras –superficialmente recorridas–, en este canto excepcional el texto nos ha metido de lleno en lo que, en mi lectura de la obra y del entero recorrido literario e intelectual de Dante, es el meollo de su producción, a partir del que se despliegan el resto de temas y preocupaciones: la cuestión psico-ética-teológica, es decir, la ligazón sustancial –y el abismo ontológico– entre el cuerpo y el alma, lo sensible y lo intelectual, lo animal y lo divino que constituye la peculiaridad indecidible y contradictoria de la naturaleza humana.

NOTAS

v. 6: desde el primer momento, la necesaria satisfacción de los deseos naturales, como es en el hombre el de conocer, se presenta como una de las claves del episodio, base, como hemos explicado, que demuestra la inmortalidad del alma. Será una constante en el episodio (vv. 16-18, 43-44, 53-54).
v. 15: verso clave, compuesto con una ambigüedad voluntaria: ‘que el alma creen muerta con el cuerpo’, pero también, ‘que el alma con el cuerpo, creen muerta’, es decir, que creen muerta la unión entre alma y cuerpo.
v. 42: primera vez que un condenado interroga a Dante (lo volverá a hacer en 83-84, y Cavalcante en 67-69), en contraste con la actitud en vida del jactancioso y del pusilánime, que «nunca se adoctrinan […] nunca preguntan, nunca escuchan […] nunca indagan» (Convivio IV xv 13-14).
v. 48: ‘los eché de la ciudad’: Farinata derrotó a los güelfos y los expulsó de Florencia en febrero de 1248 y en septiembre de 1260.
v. 49-51: ironía de Dante: sí, los echaste pero regresaron las dos veces; en cambio los tuyos (los gibelinos) sí que aprendieron bien el arte del exilio (pues nunca regresaron).
vv. 62-63: quizás los versos más debatidos de la Comedia, de nuevo voluntariamente ambiguos: ‘me lleva por aquí aquel que espera allá (Virgilio), hacia aquella a la que vuestro Guido desdeñó’, ‘hacia aquella que desdeñó a vuestro Guido’ (Beatriz en ambos casos, en contraste con la Beatriz terrena y matrimonial a la que estaba enlazado Cavalcanti).
vv. 67-69: Cavalcante, movido por el amor y la admiración hacia su hijo (que, en efecto, tenía gran fama de desdeñoso y altivo, como Farinata), entiende la frase en el primer sentido, sin comprender que ambos desdenes son complementarios. Guido despreció a la poesía inspirada y a la gracia divina contenida en ella, cuanto la inspiración poética y la gracia lo despreciaron a él.
vv. 91-93: según las crónicas, en efecto, Farinata se opuso a la destrucción de Florencia propuesta por los gibelinos de la Toscana más los sieneses y los pisanos.
v. 105: verso que resume el error global de los herejes: ‘nada sabemos de vuestro estado humano’.
v. 132: el canto termina con una nueva muestra de las limitaciones de la razón poética o poesía racional (Virgilio), en este caso no psico-ética como en las puertas de Dite, sino psico-gnoseológica, pues la información que le da el maestro a Dante es errónea (con lo que el canto se cierra de nuevo con el tema del error –tendencia a la disociación entre cuerpo y alma– como elemento constitutivo de la psique humana.

Juan Varela-Portas de Orduña, de la Discreta Academia

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