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Una entrevista a Emilio Gavilanes, a propósito de “Bazar”

(Por su interés, reproducimos aquí la entrevista que le hizo Beatriz Valdeón a Emilio Gavilanes, autor del catálogo de La Discreta, a propósito de Bazar, para el número 15 de la revista Archiletras. https://www.archiletras.com/)

La vida es… ¿sueño o una concatenación de cuentos?

[“La narración nos hace creer que la vida es una novela, que toda la vida tiene argumento”. Bazar, La Discreta, 2020]. 

Yo creo que las dos cosas, depende. Hay momentos en los que sientes que la vida es como un sueño, una obstinación irracional; y en otros, una narración, algo con sentido.

Si “en lingüística estamos cansados de leer que la realidad no es verbal” (Bazar), ¿cómo adjetivaría la realidad de sus novelas tejidas con relatos?

[La primera aventura (Seix Barral, 1991), El bosque perdido (Seix Barral, 2001), Una gota de ámbar (La Discreta, 2007)…].

Realidad fragmentada. Es el lector quien tiene que hacer la reconstrucción de los fragmentos.

¿Le visita una musa llamada subconsciente?

Sí, otra cosa es que yo sea digno de esa visita. Pero cuando releo siento que lo mejor que he escrito es algo que me han concedido. Creo que lo mejor de lo que escribes no es tuyo.

Su tendencia a la brevedad proviene de…

[“La carpa ha tenido éxito. De un súbito y limpio salto ha atrapado un gran moscardón. Antes de caer de nuevo al agua ve con indiferencia una solitaria calle de Venecia”. Tras el cataclismo. Historia secreta del mundo, La Discreta, 2015, Premio Setenil].

Seguramente de mi temperamento tendente a la brevedad. Hay una búsqueda de una unidad narrativa o poética mínima. Como los físicos (yo estudié Físicas), busco esas partículas elementales; combinándolas y haciendo que interactúen pueden producir efectos, por los menos, curiosos, inesperados.

¿Con qué recursos equilibra la dureza y la compasión en sus cuentos?

[Autorretrato (Punto de Vista, 2015), El reino de nada (Menoscuarto, 2011), El río (La Discreta, 2005)…].

La dureza la da la narración de los hechos descarnados, sin intervención del narrador. Por otra parte intento dar un tono compasivo con distintos recursos. Por ejemplo, con diminutivos. En la novela El bosque perdido, hay un cuento con una historia atroz. Una madre y su hijo acaban matando a una mujer para quitarle la mercancía que vendía por pueblos. Para expresar cierta ternura, cierta compasión, lo acabé así: “Les dieron garrote una mañanita de verano”.

¿Experimentaría al margen de algunas normas gramaticales?

[“El asunto de lo “bien dicho” y lo “mal dicho” solo esconde una lucha por el poder”. Bazar].

A la gramática no la veo como un tratado que esté fuera de nosotros y podamos contravenir. Es el software de nuestra conciencia. Nuestra conciencia es gramatical. Todos los intentos de contravenir sus reglas van a ser muy modestos. Son los poetas quienes encuentran el equilibro entre dejar a la gramática sin funcionar a pleno rendimiento y ser comprensibles.

¿Por qué inventa citas y referencias bibliográficas?

Por pura necesidad. En El río no me fiaba de que se entendiera la metáfora del título. Me inventé la cita adecuada: “El Misisipi fluye por otro río”, Mark Twain. No lo dijo él, pero podría haberlo dicho.

¿Cómo procede un escritor generoso?

[“Un cuento en el que se reproducen solo las notas a pie de página de un texto. La historia se intuye de lo que se desprende de esas notas”. Bazar].

No creo que haya escritores generosos. Todos somos acaparadores y codiciosos. Cuando un escritor oye una buena historia está deseando repetirla hasta con las mismas palabras. Hacia los lectores, la generosidad la entiendo escribiendo claramente. Está esa idea de que lo más profundo tiene que ser oscuro… No, los escritores más profundos del siglo XX (Pessoa, Borges, Kafka…) son muy claros.

¿Qué poder alcanza un adjetivo?

[“Dice Julián Barnes que desde un punto de vista existencial no somos sujeto, sino complemento directo. El sujeto es el universo”. Bazar].

Mucho. Puede iluminar como una luz en la oscuridad. Bien elegido es casi la base de la literatura.

¿Es un defensor de adverbios? 

Pobrecitos, parecen palabras de tercera categoría. Es una buena idea ser defensor de los adverbios. Ellos matizan inteligentemente a los verbos, les dicen “afina un poco, eso que dices es un poco tosco”.

Ha escrito que el haiku es un dedo que señala. ¿Hacia dónde apunta su dedo?

[Era una rosa (2021), El gran silencio (2013) y Salta del agua un pez (2011) de La Veleta].

Prácticamente toda la poesía que hago pertenece a este género. Los haikus siempre señalan hacia afuera. Pero las cosas externas que eliges también acaban haciendo un retrato de tu interior.

¿Se siente un haijin de sílaba libre? 

[“Encuentra el anciano/en el barrio de su hijo/la flor que crecía en la era”. Era una rosa, La Veleta, 2022].

No me considero un haijin. Sería pretencioso. Reservo ese término para los grandes escritores de haikus japoneses. Yo escribo haikus después de haber leído muchísimos traducidos del japonés. Ahora me preocupa más mostrar un momento de asombro que cumplir con la métrica de las 5-7-5 sílabas.

¿Recibe quejas de lectores contra las elipsis?

No. Intento ser amable con el lector, no le planteo grandes problemas. Mis elipsis son sencillas, se reconstruyen muy fácilmente.

¿Ejerció de lexicógrafo en la novela Breve enciclopedia de la infancia (Castalia, 2014. Premio Tiflos)?

No. Me hacía gracia darle a una novela la estructura de un diccionario, que es lo menos narrativo que te puedas imaginar. Con esa apariencia de textos que el orden alfabético ha decidido, los quise ordenar como una novela con varios hilos narrativos que van avanzando.

El diccionario más original es…

Como útil, el Casares. Gregorio Salvador decía que igual que el estilo de la generación del 98 debía mucho a un diccionario de ideas afines del siglo XIX, la literatura española e hispanoamericana del siglo XX debía muchos de sus refinamientos estilísticos al de Casares.

En la corrección, ¿se analiza a sí mismo como lexicógrafo?

No soy tan insoportable. Me analizo como lector. La primera norma es dejar el texto hasta que lo olvido. Y cuando lo leo de nuevo ya soy un lector ajeno a mí mismo, y es muy fácil detectar si funciona o no.

 Lo más difícil de la literatura sería…

Para mí, conseguir emocionar. Hacer reír, hacer llorar y hacer recorrer todo el espectro de emociones que hay entre medias.

Del diccionario de argot juvenil que ha elaborado con Elena Cianca, ¿qué término elige para una fotografía actual?

Hay mucho humor en ese argot… Friki empezó como argot juvenil y ha trascendido al habla general. Todos somos un poco frikis para alguien.

(Reseña de Bazar, La Discreta, 2020): 

La vida pasa
en breves
narraciones

Como un paseo en los que Emilio Gavilanes anota vivencias que quizá cobren forma de minicuentos, relatos, notas antropológicas, aforismos o microensayos, la lectura de Bazar transcurre entre emociones procedentes del mundo real o del onírico; de la literatura y el cine; de la memoria de la infancia, de la figura de la madre, del mundo rural, del amor y de la muerte… Un paseo que otorga calma, en un orden natural, avanzando sin poder parar, salvo cuando un adjetivo, una metáfora o el final de una historia golpea inesperada pero compasivamente. Un asombro instantáneo, como el que buscan los haikus de su cuarta colección Callan los grillos (La isla de Siltolá).

(Bazar puede adquirirse en librerías o solicitando directamente a la editorial, lo enviará en unos pocos días y sin gastos de envío en el territorio nacional: https://www.ladiscreta.com/portfolio-item/bazar-de-emilio-gavilanes/)

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