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Por Luis Junco

Hace unos meses publicamos un par de entradas a propósito del científico Avi Loeb y su libro Extraterrestre. (Aquí están los enlaces a las dos entradas: https://www.ladiscreta.com/2022/11/15/avi-loeb-el-extraterrestre-1/ y https://www.ladiscreta.com/2022/11/20/avi-loeb-el-extraterrestre-y-2/?fbclid=IwAR3RWUbL1hUq2aQCAVfSRz6EIh4FfUnRtRp_6WUTEvnnhW800jGn4W-e-nM)

En la primera de ellas señalábamos que a pesar de ser director del Centro Astrofísico de la Universidad de Harvard, para “el núcleo más duro de físicos teóricos” Loeb era un charlatán, por los “exóticos proyectos” en los que se embarcaba. Y añadía yo que tal vez por esa consideración, y porque lo que escribe en su libro me parece muy sensato, a mí este hombre me caía muy bien. Pues bien, hoy quisiera referirme a uno de esos proyectos “exóticos” de Avi Loeb, el Proyecto Galileo, y en concreto a una de las últimas actividades que financia y en la que, naturalmente, él está muy implicado.

En su libro, Extraterrestrial, y en la entrada del blog en que yo lo comentaba, Abraham Loeb se refería a la posibilidad de existencia de otras civilizaciones tecnológicas en nuestra galaxia y en concreto describía con detalle la aproximación a nuestro planeta, en el año 2017, de un extraño objeto procedente de más allá de nuestro sistema solar, bautizado con el nombre Oumuamua. Por sus especiales características, Loeb dijo que para él no se trataba de un objeto natural -ni cometa ni asteroide-, sino que seguramente era un artefacto (nave de exploración o boya a la deriva) fabricado por una civilización extraterrestre.

El Proyecto Galileo, encabezado por el propio Loeb y que reúne a un numeroso grupo de científicos de las prestigiosas universidades de Harvard, Princeton, Cambridge y Caltech, tiene como finalidad la búsqueda de evidencias de esa inteligencia tecnológica extraterrestre. Pero, más allá de las señales electromagnéticas que busca el SETI, el Proyecto Galileo quiere hallar la evidencia a través del estudio y análisis de objetos como el Oumuamua. Para muchos, este objeto, que, como decíamos, fue avistado en el 2017 y medía casi 300 metros de largo, era el primero de estas características de procedencia interestelar. Pero no resultó ser así. En el año 2014 y a primeros del 2017, el Centro de Objetos Cercanos a la Tierra, que depende de la NASA, detectó la llegada a nuestro planeta de dos objetos, bautizados respectivamente como IM1 e IM2, que por sus características de trayectoria y velocidad venían más allá de nuestro sistema solar. El primero, de medio metro de longitud, convertido en una bola de fuego al contacto con nuestra atmósfera, cayó al mar a la velocidad de 60 km por segundo cerca de la costa de Papua Nueva Guinea. Y el segundo, de un metro de longitud y 10 veces más masivo que el IM1, cayó en el océano Atlántico, cerca de Portugal, a una velocidad de 40 km por segundo. 

En 2020, con los datos proporcionados por la NASA y en colaboración con su alumno Amir Siraj, Avi Loeb comprobó que IM1 se había movido más allá del sistema solar a una velocidad mayor que el 95 % de las estrellas cercanas, lo que sugería una propulsión adicional, y eso, añadido a la especial dureza del material que lo conformaba según el estudio de su fragmentación antes de caer al mar, les llevaba a conjeturar un origen tecnológico. Si pudieran obtener unas muestras de esa fragmentación de IM1 al desintegrarse en su caída al mar, podrían probarlo… Justamente uno de los objetivos del Proyecto Galileo. Dicho y hecho. Con sus colaboradores, Loeb calculó la trayectoria de IM1 en su caída cerca de la costa de Nueva Guinea y dedujeron que los restos del objeto debían estar esparcidos en una línea de unos kilómetros de extensión en el fondo del mar. 

Parece una locura. ¿Cómo pensar en recuperar unos fragmentos de un objeto de medio metro, que se desintegró y partió en tres trozos a unos 20 km de altura antes de caer en el mar ya hace más de 9 años? Pero nada parece un obstáculo para este entusiasta Abraham Loeb y su equipo. En sus propias palabras:

Basado en la bola de fuego del IM1, en colaboración con Amory Tllinghast y Amir Siraj, calculamos que el objeto probablemente se había desintegrado en pequeñas esférulas, que una expedición podría recobrar a través de una plancha o trineo magnético llevado al fondo marino. 

Desde primeros de junio de este año, Avi Loeb y un equipo de marinos y científicos, a bordo del Silver Star, peinan el fondo marino en esa zona de la costa de Papua Nueva Guinea y con la ayuda de un trineo magnético recobran del fondo marino restos con la esperanza de que sean parte del IM1. Y por lo que parece, comienzan a aparecer cosas sorprendentes. Juzguen ustedes mismos, leyendo el Diario de un viaje estelar de la expedición, que se actualiza cada día. Más allá del resultado -que ojalá tenga éxito- me parece una maravillosa aventura de descubrimiento y ciencia. Y me recuerda mucho a la de los Álvarez en el descubrimiento del cometa que dio lugar a la extinción de los dinosaurios y que también comentamos en este mismo blog. 

Para quien pueda leerlo en inglés:

Pero también está en español. Aquí puede seguirse:

https://www.elconfidencial.com/tecnologia/novaceno/2023-06-15/expedicion-submarina-nave-alienigena-im1_3665145/

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