
En el huerto, de Vicente Cristóbal
30 mayo, 2026El lugar de los recuerdos
Por Luis Junco
¿Quién, al olor de un aroma, al sonido de una melodía, al sabor de un alimento no recobra en mayor o menor medida una antigua experiencia de vida? Sí, la magdalena proustiana, la memoria involuntaria, el lugar donde residen los recuerdos. De todo esto trata la primera parte del nuevo libro de Julian Barnes, reciente Premio Princesa de Asturias de las Letras. Entre los casos y anécdotas del libro (Despedidas) sobre experiencias con la memoria de personas reales, Barnes nos cuenta por ejemplo el caso de un hombre que a causa de un ictus rememora una a una y en perfecta secuencia temporal todas las tartas que ha saboreado en su vida (un episodio que como cualquiera puede imaginarse puede convertirse en un tormento). Pero no solo esto; sino que este hombre también recobra la experiencia, con todos los detalles, de cuando tenía tres años e iba de la mano de su abuela. Esta anécdota (al igual que otra que también nos describe Barnes de una mujer que es capaz de traer a voluntad el recuerdo detallado de todo lo que ha hecho cada día de su existencia hasta la fecha) nos lleva de nuevo (me lleva desde luego a mí) a la pregunta que antes formulé: ¿dónde residen los recuerdos y las experiencias de nuestra vida?
Y a mi entender caben dos respuestas: en nuestro cerebro o fuera de nuestro cuerpo. Y en mi caso, coincide esta lectura del libro de Julian Barnes con otras del filósofo Philip Goff (El error de Galileo y ¿Por qué?), del también filósofo Daniel Dennett fallecido hace poco (He estado pensando), y del físico Sean Carroll (Algo profundamente escondido). A las que se une la relectura de unas memorias de la escritora Virginia Woolf: Momentos de vida. Lo que me lleva de nuevo a la convicción de que las lecturas, más allá de intenciones racionales, son como los atractores de los sistemas caóticos. Porque los autores y libros citados constituyen en esencia las respuestas posibles a la pregunta arriba señalada.
Sean Carroll y Daniel Dennett representan la respuesta “materialista” (en la actualidad, la más aceptada por la ciencia): la conciencia, el lugar donde residen nuestros recuerdos, es una especial configuración de las partículas y fuerzas gobernadas por las leyes físicas conocidas.
Philip Goff (y añado aquí a David Chalmers) representa la respuesta panpsiquista: sí, la conciencia reside en el cerebro, pero no como resultado de relaciones entre partículas y leyes físicas que son cuantitativas, sino que las cualidades conscientes (de nuestras experiencias vitales) provienen de una conciencia elemental que también posee la materia en general y que evoluciona en sistemas complejos como el cerebro humano.
Y nos queda el otro polo, el más alejado de la ciencia y filosofía actuales, pero que defendió René Descartes en el siglo XVII: el dualismo. Conciencia y materia son sustancias independientes e irreductibles.
Y resulta que es este dualismo lo que seguía defendiendo Virginia Woolf en Momentos de vida. (Por cierto, también la cita Julian Barnes en Despedidas). Como conclusión de esta entrada transcribo este párrafos de la escritora británica:
En este caso, ¿no será posible, me pregunto a menudo, que las cosas que se han sentido con gran intensidad tengan una existencia independiente de nuestra mente? ¿Siguen existiendo de hecho? Y si es así, ¿no será posible, con el tiempo, que se invente algún mecanismo por el que podamos conectar con él? Lo veo -el pasado- como una gran avenida que se prolonga hacia atrás; una gran cinta de escenas, emociones. Y allá, al final de la avenida, todavía están el cuarto infantil y el huerto. En vez de recordar una escena aquí, un sonido allá, puedo plantar un enchufe en la pared y escuchar aquel pasado. Evocaré aquel agosto de 1890. Siento que esa emoción fuerte ha de dejar rastro; y se trata solamente de descubrir la manera de volver a quedar conectados a ella, de modo que podamos volver a vivir nuestra vida desde el principio.





