El lugar donde habitan los recuerdos
25 junio, 2026
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El día de la revelación. ¿Y si la vida es realmente alien?

Por Luis Junco

Quizás algunas personas lectoras de este blog recuerden el rimbombante anuncio hecho ya hace 30 años en la Casa Blanca por el entonces presidente Bill Clinton y que él calificó como "la revelación más impresionante sobre nuestro universo que jamás haya hecho la ciencia": el descubrimiento de vida extraterrestre en el planeta Marte. Una declaración se basaba en un meteorito de origen marciano hallado en la Antártida y que -se decía- mostraba huellas indudables de fósiles microbianos. El tiempo y la propia comunidad científica acabaron diluyendo como un azucarillo aquella “prueba”, hasta dejarla en un mal recuerdo.

Y es que en muchas ocasiones a lo largo de nuestra historia como especie hemos tenido “revelaciones”, de origen divino en algunos casos y otras humanas, que han pretendido desvelarnos verdades que la razón por sí sola no podía alcanzar. Una de esas verdades que aún permanece por dilucidar -y que estaba detrás de aquella declaración presidencial de hace treinta años- es si eso que llamamos vida es algo privativo de este pequeño planeta perdido en la inmensidad, si realmente estamos solos en el universo.

También es cierto que, para responder a esa pregunta o lo relacionado con ella, como especie hemos “mirado” nuestra existencia, y en particular nuestra posición en el universo, bajo un sesgo digamos antropocéntrico. Incluso las revelaciones lo muestran: tanto las que apoyan nuestra soledad universal como las que apoyan lo contrario.

Durante siglos Ptolomeo nos situó en el centro del Universo; a Giordano Bruno, en el siglo XVI, le costó la vida defender que el sol era solo una estrella entre las muchas que existían en un universo infinito, y a pesar de que en el siglo XIX Charles Darwin nos descubrió que nuestra especie es una más entre las 50 mil millones que se estima han aparecido en el planeta desde que surgió lo que llamamos vida hace unos 3800 millones de años, su teoría del origen de las especies se sigue cuestionando y no solamente en ámbitos estricamente religiosos.

(Como sugiere el filósofo Byung Chul Hahn en su libro La expulsión de lo distinto, tal vez como nunca antes en nuestra historia tratamos de reafirmar lo idéntico a nosotros como lo único que merece carta de identidad y autenticidad, relegando como dañiño lo extraño, lo distinto, lo diferente a lo nuestro. Una actitud filosófica, una visión de la realidad, y en particular de la vida, que siempre ha impregnado nuestras retinas pero que se ha acentuado en estos tiempos de hipercomunicación e hiperconsumo).

De la misma manera, seguimos buscando vida fuera de nuestro planeta con las mismas anteojeras. La ceguera secular de un geocentrismo estéril parece que no nos ha enseñado mucho, pues en la actualidad, y en lo qué es la vida, seguimos anclados en un biocentrismo reduccionista. La astrobiología sigue buscando oxígeno molecular en planetas lejanos, aminoácidos en Marte, fosfina en Venus, moléculas orgánicas en meteoritos que vienen del otro lado de la galaxia, como posibles de señales de vida... como la nuestra. Algo que contamina nuestra propia cultura. Actualmente se exhibe El día de la revelación, de Steven Spielberg. Buena película, no lo dudo: imágenes y secuencias espectaculares, acción, emoción, lo que nos tiene acostumbrado este buen director. Pero..., en cuanto al tema que nos ocupa, seguimos anclados en una supuesta revelación de hombrecitos de cabezas desproporcionadas y cuerpos humanoides que vienen en naves que se parecen mucho a las que hacemos los humanos.

¿Y si la verdadera revelación no viniera del descubrimiento de archivos secretos y/o de un encuentro espectacular en la tercera fase, sino de nuestra apertura de mente, de un cambio de paradigma, de un saber mirar lo que es la vida de otra manera y más allá de la que conocemos?

(Tengamos en cuenta, por otra parte, que nuestro sol y el sistema planetario al que pertenecemos es relativamente joven: se formó hace unos 4800 millones de años, y la vida apareció unos 1000 millones de años más tarde (hace, pues, unos 3800 millones de años). Pero el 70 por ciento de las estrellas -y sus supuestos sistemas planetarios- del universo conocido son bastante más viejas que nuestro sol, unos ocho mil millones de años más antiguas. Por tanto, si la aparición de la vida en esos sistemas planetarios más antiguos sigue más o menos el mismo ritmo de evolución que en el caso de nuestro sol y planeta, la vida en ellos (y la posible inteligencia que evolucionó con ella) ¡nos llevaría una ventaja evolutiva de unos 7000 millones de años! No es que ya sería difícil de reconocer alguna semejanza con la nuestra, sino que lo normal es que fuera algo totalmente irreconocible para nuestros estándares. Incluso dentro de ellos: imaginemos que hasta ahora no hayamos visto otras especies que las de los animales, y que un día nos tropezamos con una planta. ¿Es eso vida? Seguramente a la mayoría le resultaría realmente alien).

Afortunadamente, hace unos años que corrientes de pensamiento más abiertas están apareciendo. Aún son muy minoritarias, pero me parece que son las que marcan la buena dirección. Y voy a referirme a cuatro libros y cuatro autores que defienden esas posiciones. Son las que buscan la vida más allá de la conocida biología y la relacionan con la creciente complejidad que manifiesta el universo en su evolución.

El primero es Cosmic evolution: the rise of complexity in nature, del astrofísico Eric Chaisson, publicado en el 2001. En él, Chaisson habla de un índice de la complejidad que él denominó “relación de densidad energética” y que comprobó que, más allá de características biológicas, los sistemas físicos de mayor complejidad y mayor relación de densidad energética están relacionados con la vida y sus derivados. Ese índice mide la energía libre que fluye a través del sistema por unidad de masa y se mide en watios por kilogramo. Una estrella, por ejemplo el Sol, tiene un índice de 0,002 watios/kg; una planta, 0,3 watios/kg; el cuerpo humano, 1 watio/kg; el cerebro humano, 15 watios/kg; elementos tecnológicos creados por humanos, 10000 a 100000 watios/kg.

Otro de los libros es del nanotecnólogo americano Marcos Freitas, que lo publicó en 1979, con el título Xenology: An Introduction to the Scientific Study of Extraterrestrial Life, Intelligence, and Civilization.

De las cuatro fuerzas que conocemos -electromagnética, nuclear fuerte, nuclear débil y gravedad- la vida en nuestro planeta se fundamenta en la primera: la electromagnética. Ella mantiene unidos los átomos en las moléculas, permite que las células funcionen, genera la energía necesaria del cuerpo y utiliza la luz del sol. Pero, ¿por qué no imaginar una forma de vida que esté basada en alguna(s) de las otras fuerzas? Pues bien, sobre este asunto en particular (y otras muchas cosas), Marcos Freitas da muestras de esa visión amplia y necesaria sobre una posible vida muy diferente a la nuestra, verdaderamente alien. Habla, por ejemplo, de la posibilidad de vida en los ámbitos microscópicos en donde domina la fuerza nuclear. Por ejemplo en una estrella de neutrones: un cuerpo celeste de unos 10 a 20 km de diámetro y paisaje donde las montañas más altas pueden medir 3 cm de altura y la materia alcanza densidades que alcanzan los 100 billones “g” terrestres y en donde podrían haber evolucionado unas criaturas muy particulares. Transcribo lo que dice Freitas al respecto: Bajo una corteza de 3 km de núcleos de acero cristalizado, hay un mar de neutrones que fluye a una temperatura de cientos de millones de grados. En este mar flota una variedad de partículas que incluye protones y núcleos atómicos. Los científicos creen que igualmente podría haber supernúcleos o macronúcleos ricos disueltos en ese mar de neutrones. Y estos macronúcleos podrían contener miles de nucleones, que podrían combinarse para formar supernúcleos aún mayores, análogos a las macromoléculas que estuvieron en el origen de la vida en la tierra. El mar de neutrones sería equivalente al agua de los primeros océanos de la tierra, con macronúcleos haciendo el papel equivalente a los aminoácidos, carbohidratos y nucleótidos prebióticos de la vida. Así es posible concebir vida evolucionando en estrellas de neutrones de forma muy parecida a como se produjo en nuestro propio planeta hace miles de millones de años, sustituyendo átomos nucleos atómicos, supernúcleos y neutrones por átomos, moléculas y agua.

 

En contraposición a esta vida de criaturas microscópicas, el filósofo y especialista en lógica matemática de la Universidad de Bruselas Clément Vidal, en The beginning and the end: the meaning of life in a cosmological perspective (2014), otro libro luminoso revelador, especula con la vida de sistemas astronómicos. En concreto, en sistemas binarios estelares (dos estrellas unidas por la gravedad que orbitan en un mismo centro de masas, algo del que forman parte el 85 % de las estrellas conocidas). A la muerte de las estrellas que componen el sistema binario, la más densa arranca materia de su compañera de baile, creando un flujo de gas y materia en forma de remolino, que a su vez genera un desequilibrio de energía, cuyo consumo, metabolismo y control emularía el orden creado por los organismos para mantenerse vivos.

Y llegamos al último de los libros que quería comentar en esta que ya se está haciendo larga entrada de blog: Life as No One Knows It: The Physics of Life's Emergence (2024), de la física y astrobióloga americana Sara Imari Walker.

Parte de una afirmación contundente: “En la búsqueda de vida más allá de nuestro planeta, no somos capaces, ni culturalmente ni psicológicamente, de desprendernos de esa visión de los aliens que son como nosotros”. Y a partir de ese convencimiento, junto con el químico de la Universidad de Glasgow Lee Cronin, dejando de lado las definiciones ortodoxas de lo que es la vida, intentan encontrar una visión más amplia centrada en la complejidad. Y postulan una denominada “teoría del ensamblaje”, para explicar y buscar la vida midiendo el número de pasos mínimo necesarios para crear un objeto a partir de bloques simples fundamentales. A eso lo llaman “índice de ensamblaje”. Y a eso añaden el número de copias del objeto en cuestión. Experimentalmente comprueban que de manera química o aleatoria, el universo es incapaz de generar moléculas orgánicas que requieran más de 15 pasos: objetos así solo son posibles por la intervención de un proceso selectivo y evolutivo relacinado con la vida. De modo que si se encuentra un objeto (digamos una molécula) para el que se necesita un número de pasos o elementos fundamentales (número de uniones o enlaces) que supera los 15 (índice de complejidad), y el número de copias de ese objeto resulta muy abundante, entonces ese objeto (molécula) está relacionado con la vida. Esa será la pauta para buscar “vida” más allá de la que conocemos en nuestro planeta.

Sobre lo que pudiera ser la vida más allá de la que conocemos, Sara Walker concluye con que más allá de este tipo de mediciones, “la verdad de lo que es la vida puede ser realmente muy extraña: ni sabemos lo que estamos buscando ni seguramente seríamos capaces de reconocer, ver o escuchar lo que es una vida alien”.

Y acabo volviendo a la idea que da título a esta entrada: el día de la revelación. Ese día solo vendrá cuando empecemos a mirar más allá de nosotros mismos, a escuchar por encima de lo que decimos y a sentir que no somos los únicos que existimos.

2 Comments

  1. Un artículo maravilloso. Personificar todo lo que vemos o buscamos es uno de esos estigmas inherentes al ser humano, así como la necesidad de crear protocolos religiosos para no sentirnos al amparo del vacío existencial. Pero soy de los que creen en la estadística, y ésta nos dice que si existe La Tierra, un planeta que alberga vida inteligente, ha de haber muchos otros planetas y lugares que puedan. Y hablo de la vida tal y como la conocemos nosotros porque, como bien desarrollas, podría haber otros conceptos de «seres» que no podemos ni imaginar prosperando, no necesariamente basados en el carbono y en sistemas y circunstancias tan ajenas a nuestra ciencia que sencillamente no podríamos asimilar. Pero claro, somos autoconscientes y vivimos en esta pelotita azul, llevamos un tiempo aquí y nos encontramos algo solos porque no hay rastro de extraterrestres. O eso dicen.

    Hay mucho chiflado, mucho bulo y mucho humo, pero también evidencias que, me van a perdonar, hablan por sí solas. Y lo dicen autoridades de los ejércitos del aire con nombres y apellidos. Artefactos que vuelan o se sumergen con maniobras imposibles para nuestra ciencia, que te cruzan un país en 2 ó 3 minutos, que oscilan, desaparecen y reaparecen, que persiguen coches y aviones, que aterrizan y dejan evidencias. Muchas personas en todos los países del mundo y desde hace décadas coinciden en sus descripciones de seres que sencillamente no son humanos. Por no hablar de muchas otras evidencias históricas que indican que llevamos mucho tiempo siendo visitados por otras civilizaciones, no sólo una.

    El propio Spielberg asegura no haber visto nada en toda su vida, pero las evidencias son tremendas. Hizo «Close Encounters of the Third Kind» como un ensayo de lo que le gustaría que fuesen estos seres, incluso «E.T.». «El Día de la Revelación» la ha hecho, asegura, sobre datos y testimonios importantes.

    Concluyo. ¿Están aquí? Estoy seguro. No son experimentos militares, no tenemos esa tecnología y punto. Si alguna potencia la tuviera no seguirían utilizando cazas o misiles de racimo. No habría guerras, habría dominio absoluto. Tampoco creo que sean especies terrestres, ni interdimensionales como afirman otros. Creo que provienen de puntos muy lejanos del universo, y que sus conocimientos les permiten explorar el cosmos de un modo inalcanzable ara nosotros en este momento ¿Por qué no se dan a conocer en abierto? Porque no estamos preparados. Tenemos demasiadas anclas y las tazas demasiado llenas para una revolución así. Creo que son inalcanzables; creo que nos estudian, que a veces «cogen muestras»; unos vuelven, otros no… Puede que compartan algo de conocimiento con nosotros y sólo llegue a unos pocos privilegiados. Hostiles no parecen, o ya habrían acabado con nosotros como sugiere la teoría del «bosque oscuro». ¿Llegaremos algún día a saber la verdad sobre ellos? Lo dudo mucho, a no ser que directamente seas uno de esos pocos que da con ellos de bruces.

    ¡Un saludo!

    JJSalsoso

  2. Luis dice:

    Gracias por tu comentario, amigo.

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