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Una reflexión a vuelapluma sobre la «Odisea» de Christopher Nolan

Por Santiago A. López Navia

En términos generales me ha gustado la Odisea de Nolan. Como quien está acostumbrado a estudiar el fenómeno de la recepción, y tal vez en contra de lo que se esperaría de un estudioso de la literatura, parto de la premisa nada purista de que una recreación, sea cual sea el lenguaje con el que se construya, no es tanto mejor cuanto más se ajuste a la literalidad de la obra. La obra recreadora y la obra recreada no son independientes, pero sí estéticamente autónomas. Lo bueno es leer el original siempre, pero sería un error no reconocer que las recreaciones a veces son muy eficaces. En su día expliqué con detalle cómo algunos de los momentos más brillantes del Bram Stoker’s Dracula de Coppola (1992) son conejos que el realizador se saca audazmente de la chistera, en algún caso en flagrante oposición al espíritu y la letra del original.

Dicho esto, y entendida como producción, esta Odisea me parece una gran película, pero por ser muy breve, y por no olvidar que el verano no siempre se aviene a disquisiciones muy prolijas, me quedo solo con tres o cuatro detalles que me han llamado especialmente la atención. El primero es que el Odiseo que dibuja Nolan, atormentado y arrepentido, es una apuesta tan respetable por original como discutible por poco épica. También creo que, en esta obsesión del cine último por el ritmo trepidante en perjuicio del diálogo, el realizador ha perdido una oportunidad formidable reduciendo el encuentro con Polifemo a la captura y la fuga. Con esa simplificación nos ha privado del diálogo del héroe con el monstruo en el que ese “Nadie” con el que el Odiseo fecundo en ardides (uno de sus epítetos épicos) reinventa su identidad revela su astucia mucho más que en el ardid del caballo de Troya, en el que tanto énfasis pone Nolan, y sostiene la dialéctica entre la civilización y la barbarie gracias precisamente al dominio del lenguaje, de acuerdo con la atinadísima interpretación de Octavi Fullat en El pasmo de ser hombre. 

Por otra parte, no me cuadra mucho esa Atenea tan próxima y empática, única diosa con protagonismo más allá del recurrente recordatorio de la ley de Zeus. La escena del desenlace en la que Odiseo vence a los pretendientes de Penélope se me antoja una batalla de superhéroes (de Marvel, no homéricos) a la que le sobran minutos, coreografía y testosterona. En cuanto a la interpretación, y por centrarme en lo esencial, me parece que Anne Hathaway encarna dignísimamente a Penélope, pero Robert Pattinson, en cuyo logrado papel de Antínoo se ve el oficio de un actor británico, le gana el pulso a Matt Damon en las escenas clave, como hizo Sean Connery con Richard Gere en El primer caballero de Jerry Zucker (1995). 

No canso más al lector. Creo que esta Odisea es una película pertinente. Ojalá lleve a muchos espectadores a leer la obra, a la que cualquier versión cinematográfica, por buena que sea, podrá complementar, pero nunca sustituir. Mala baza jugará quien, como suele ocurrir en estos casos, presuma de haber leído el poema de Homero solo con las pistas que traza Nolan, atinadas, pero insuficientes, porque en el primer farol se le verán las costuras.

 

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