Erótica urbana o De la soledad del afilador, de Adolfo M. Martínez

Erótica urbana o De la soledad del afilador, de Adolfo M. Martínez

Erótica urbana
... he de confesar que la historia me encantó desde la primera página, cuando el narrador, disfrazado de poeta del Siglo de Oro que juega con lo de alabanza de aldea y menosprecio de corte, nos hace un guiño de traviesa complicidad proclamando el ideal de vivir nueve meses en el campo y tres en el Corte Inglés. Pero no le bastaba al autor con esta presentación sino que necesitaba ilustrar dramáticamente otra constante de su novela: la independencia intelectual. Y lo hace con una deliciosa frase: “El día que me dejó la mujer decidí desprenderme del televisor”… Con su puntito de misoginia tan característica en nuestro Adolfo y tan conocida y asumida por sus lectores y conciudadanos. Luego viene la narración de un deambular por la sociedad urbanita a través del observatorio privilegiado instalado en la séptima planta de El Corte Inglés o en el bar inglés del Club del Gourmet. El deambular es observación y es reflexión. Para lo primero se apoya en el desparpajo descriptivo, para lo segundo echa mano de constantes referencias ilustradas que pueden entretener al lector como un concurso de acertijos de cultura general. Cada vez que estos tres citan un nombre hay que irse a la Wikipedia para estar seguros de que los personajes no te están tomando el pelo con un falso cultismo inducido por nuestro Adolfo. En cualquier caso resulta deliciosamente provocador que el Vip´s se convierta en auditorio unipersonal para degustar la música de autores ingleses o italianos del siglo XVI.

En fin, yo diría que estamos ante una novela que se apoya en una trama para poder ser mejor lo que más le gusta al autor: una novela de situaciones, de otoño cheyenne, de derrotados irreductibles que se defienden en un mundo que no es el suyo comprendiéndolo mejor que los que se sienten dueños o actores principales de él.

Creo que es una lectura recomendable, una sutil provocación, un testimonio de mundos distintos e interconectados, una colorista descripción social y un homenaje a la cultura que, por muy sofisticada que parezca, puede servir para administrarte la vida cotidiana… incluso en El Corte Inglés.

José María Alfaya

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El día en que me dejó la mujer decidí desprenderme del televisor. Para redondear más mi libertad. Pensé regalárselo a alguien, pero sería inducirle a que perdiese la suya. Mejor lo dejaría por la noche junto al contenedor de basuras y por la mañana lo tirarían al vertedero; salvo que alguno lo cogiese antes. Mejor aún, lo llevaría yo mismo al vertedero. Sí. Y con solemnidad. Un hecho tan trascendente como desposeerse del televisor, una evidencia tal de desarraigo, debía también manifestarse con el debido ritual, con la ceremonia debida: yo mismo lo llevaría al vertedero del pueblo; pero no en el maletero del coche sino a hombros, como se lleva un ataúd. Lo tiraría el próximo domingo. Sería un acto hermoso, heroico y ejemplar.

No es fácil explicar cómo llega uno a esta conclusión. Un día te das cuenta de que tienes en tu casa un huésped permanente que no hace más que hablar y hablar, e inducirte a comprar cosas que, en realidad, no necesitas. Y esto desde que te levantas hasta que te acuestas. Te obliga a desayunar con media docena de muertos para que inicies el día con optimismo. Y para que no te olvides, te lo repite durante la comida y durante la cena. Hasta que se muestra como es: un cepo del que hay que desprenderse antes de quedar atrapado del todo. O lo que dice Evaristo, interpretando a Rousseau: “El hombre nace bueno, la sociedad lo hace malo y la televisión lo hace tonto”. Pero esto únicamente se puede intentar cuando uno se queda solo.

Empecé a entrenarme en la tarea de echarme al hombro el televisor en unos estudiados movimientos que recordaban un poco los precisos gestos militares que se hacen con el fusil. No era fácil, pues las superficies de un televisor son lisas; y sus esquinas, redondeadas. Además era grande, de veinticuatro pulgadas, y pesaba bastante. Poco a poco le fui cogiendo el tranquillo: desde el suelo, con ambas manos lo izaba hasta apretar la pantalla contra el pecho, así podía deslizar primero la mano izquierda a la esquina trasera y después la derecha debajo del saliente que protege el tubo de rayos catódicos. A continuación, con un movimiento rápido y enérgico, me lo subía al hombro derecho. Para bajarlo al suelo hacía lo mismo pero al revés.

Yo vivía cerca de la iglesia. Ese domingo salí de la casa en el momento en que la gente, terminada la misa, se entretenía en la explanada que hay enfrente de la puerta saludándose e interesándose por sus cosas. Crucé por delante, mirando al suelo, y con la cabeza ladeada para dar cabida al televisor, andando despacio como si llevase una pesada carga. Oí a una que decía: “Pobre hombre. Nunca estuvo en sus cabales, pero desde que lo dejó la mujer está como un cencerro”. Por la voz me pareció la mujer del secretario.

Pasada la iglesia, sintiendo en mi espalda la mirada curiosa e indulgente de los feligreses, doblé a la izquierda enfilando la calle principal. Era ancha y bastante larga. Por lo menos tendría que hacer tres paradas para descansar. La primera fue al empezar la calle, al lado de la peluquería de Egidio. Dejé el televisor sobre la acera y me recosté con la espalda en la pared. Cruzó un vecino.

–Buenos días.

–Hola, Ismael, buenos días –le contesté.

Tras descansar un poco icé el televisor y seguí calle abajo. La siguiente parada la haría, calculé, delante de la puerta de don Cosme, frente a la Caja de Ahorros.

Entre lo despacio que yo andaba y las paradas, la gente que salía de misa me iba adelantando en su camino hacia el bar.

–Adiós.

–Adiós.

Me seguían, a cierta distancia, media docena de chicos. Algunas mujeres viejas salían a la puerta de su casa o corrían el visillo de una ventana para verme. La otra parada la hice al final de la calle, antes de entrar en la plaza de las Cuatro Esquinas. Una mujer, la hermana Obdulia, que me venía observando desde lejos, le dijo a la vecina que estaba con ella: “Parece que estuviera haciendo un Vía Crucis”. “Pues se lo podía dar a alguien. Dicen que es de color”, contestó la vecina. Atravesé la plaza ante la mirada atónita de los jubilados que allí se reunían. Llegué a la carretera, la crucé e hice otra parada a la altura del bar Freno´s. Los clientes salían a ver el espectáculo. El Freno´s a aquella hora estaba lleno de gente, pues el personal se reunía allí los domingos para tomar el aperitivo antes de ir a comer. No escuché ningún comentario, pero se oía un murmullo agitado como el de los enjambres de abejas cuando empieza la primavera.

Desde allí hasta el basurero municipal habría unos tres kilómetros. Ya llegaría. No había ninguna prisa. Dejadas atrás las últimas casas del pueblo, comenzaban los campos de cultivo, unos con girasoles negros, todavía sin segar, otros con el pajón del rastrojo de cebada y otros con terrones, obra de algún impaciente que ya había empezado a barbechar en la tierra endurecida por la sequía. Me paré a descansar, sentado, en el puente de la Callejuela, dejando el televisor sobre el pretil. A mis espaldas un rebaño de ovejas pastaba un rastrojo de cebada desplazándose despacio con el morro en el suelo en la búsqueda inútil de una hierba verde. El pastor las observaba desde la linde mientras escuchaba la radio.

Pasan un par de coches. Van despacio. Me parece que son gente del pueblo. Curiosos que quieren precisar el itinerario y por dónde voy ya. Una cuesta. Una vez vencida, viene un llano; luego, tomando a la izquierda el camino del chozo, empieza el cerramiento de malla metálica que rodea el vertedero. Allí se van acumulando las basuras diarias y los escombros de alguna casa vieja. En agosto, las bicicletas desechadas, lavadoras, frigoríficos y butacas pueden dar una idea bastante aproximada de la prosperidad del país. Debe de ser lo que llaman impacto humano per capita. Se lo preguntaré a Evaristo. De vez en cuando, la pala de un tractor empuja los montones de basura hacia una depresión del terreno dejando expedita la superficie para nuevas acumulaciones de residuos. Después los rocían con gasóleo para quemarlos, con ese hedor indefinible que se produce al mezclarse los aromas de los plásticos y la materia orgánica ardiendo. Por aquí merodea, a veces, mi amigo el artista buscando alguna abarca o un hierro para confeccionar sus obras de arte. Desde que le expulsaron de un desguace no viene más que por aquí. Cuenta que se metió en un desguace a ver si encontraba algo interesante y que el dueño no hacía más que perseguirle preguntándole si quería algo en particular. “Algo buscará usted en concreto, ¿no?”. “No señor, yo no busco, encuentro, que decía Picasso”. “Pues váyase a hacer leches de aquí”. Y lo echó. “No vayas por allí, está antes de llegar a Aranjuez”, dice mi amigo, “Claro, si yo supiese pintar como Van Eyck no pisaría los desguaces ni los basureros. ¡Qué maravilla los esposos Arnolfini!”. “Hombre”, le contesté, “todavía se encuentra algún ventanillo con la reja de forja, o un medio celemín o la tabla de lavar de una artesa. Cosas curiosas. Una vez me encontré, sin arder, un Nuevo Testamento”. “Un milagro”, comentó él, “A veces aparecen cosas curiosas. Hace unos días encontré un bastidor donde alguien trabajaba en dibujar un jarrón con punto de cruz. Estaba sin terminar. Me lo llevé a mi casa, le puse un marco y lo coloqué en la pared como un cuadro más. A la gente le llama la atención. Tiene un contenido emocional muy fuerte. Con toda probabilidad lo estaba haciendo una anciana casi sin vista, que vivía con su hija y que se entretenía en eso, en hacer ganchillo o punto de cruz, y que un día le sorprendió la muerte mientras daba un pespunte. El yerno, en una ocasión que estaba haciendo limpieza, agarra el bastidor y lo tira al basurero junto con lo demás. La muerte es que tiene mala leche, siempre te pilla cuando vas a dar un pespunte”.

Tenía razón. Siguió: “En Villarrobledo hay un desguace que me gusta mucho. Compré, al peso, una reja de una ventana del siglo XVI. Hace tiempo. Pues el dueño ha colocado en la fachada de la nave que le sirve de oficina y de almacén de reliquias una especie de bidones con retales y piezas de cobre, algún sillón de oficina y máquinas de coser a pedal” “¿Las Singer?”. “Sí, las Singer. Pues ha puesto una placa enorme de bronce rescatada de la fachada de alguna otra nave que los herederos demolerían para dejar un solar. La placa tiene en relieve la cabeza del fundador y la leyenda de homenaje: A Don Manuel Gómez –o como se llamase–, creador de esta empresa. Parece un epitafio. Tus parientes no te olvidan. Hay que joderse”. “La puta vida, que es así”. Me eché a reír. “Un gracioso le dijo un día a don Camilo: ‘Don Camilo, da más dinero un desguace que la literatura’. Y ¿sabes lo que le contestó don Camilo? ‘Sí, pero para vivir entre mierda no merece la pena’”.

Entré al vertedero estudiando con la mirada el sitio más a propósito para descargar el televisor. Escalando un montón de escombros llegué junto a unas piedras gruesas, subí con cuidado y dejé el televisor encima. Contemplé el paisaje que se divisaba desde allí. Campos sedientos atravesados por una carretera larga y recta, a la derecha viñas y cultivos de cebollas, a la izquierda rastrojos y alguna tierra labrada, al fondo un caserío blanco. Un poco más lejos, cerrando el espacio en forma de cuenco, se extendían, elevándose, unas lomas grises con las manchas oscuras de las ascéticas marañas, las de amarga bellota.

Cogí el televisor, lo alcé con ambos brazos sobre mi cabeza, como un atlante, y lo abalancé hacia abajo, empujando a la vez con fuerza. Al estrellarse contra las piedras hizo un ruido sordo de plásticos o huesos quebrados y de piezas arrancadas de su sitio. Por un momento imaginé que empezaban a salir corriendo de debajo de aquel destrozo, como enanos diminutos, los personajes, personajillos y personoides que habitan los televisores, escurriéndose y confundiéndose entre las ratas que pululaban por allí. Terminé de destrozar el aparato descargando sobre él una pesada piedra. Me sonreí.

A la salida del vertedero, me senté en una roca que sobresalía en la linde del camino. Me cogí la cara entre las manos y empecé a sollozar. Ahora sí que estaba solo, completamente solo.

Adolfo M. Martínez. Erótica urbana o De la soledad del afilador. Págs. 5-11.

 

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