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La siesta del conde

Por Ferrán de Calatrava
Carta de Ferrán de Calatrava al conde de Abascal

Señor Excelentísimo:

Recordará que no ha mucho me envió V.E.una postal a propósito de unas provisiones que le llevaban a su casa de esa bebida que V..E. necesita a diario, como el hereje la hoguera. Desde luego, aquel bodegón insigne era una de las vistas más maravillosas que contemplarse puedan; y era notable, tanto por la calidad como por la cantidad de lo que retrataba. 

Y creyendo yo, por inercia, que la estampa la había enviado vuecencia por el correo común que tenemos con nuestros amigos discretos, y suponiendo las muchas respuestas que habían de llegar de todos ellos, escribí yo la mía con la brevedad que suelen tener los comentarios en los que tantos participan. Cuando caí en la cuenta de que V.E. la había enviado por correo privado, lamenté no haberle escrito como me hubiera gustado y como suelo hacer en los asuntos que trato con V.E. 

Pero cuando, pasado un tiempo, se dio noticia del felice día del aniversario de V.E., y como mi principal propósito en esta vida es procurar el contento de mi señor el Conde, todo mi desvelo daba en imaginar qué podía yo hacer para servir a V.E. en fecha tan señalada. 

Y fue el caso que uno de esos días en los que yo me paseaba a las horas que las leyes del Rey Nuestro Señor lo permiten, escuché de uno de los balcones por donde pasaba una cancioncilla que llamó mi atención por lo agradable de la melodía y por la delicada voz que la entonaba. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando oí que la letra contaba una historia que le sucedía a un conde. 

No llevaba encima nada con que pudiera escribir lo que decían las coplas, así que me las llevé escritas en la memoria, que no la tengo tan buena como quisiera. Ya en mi casa, emborroné lo que pude recordar y agora las he pasado a limpio. 

Aquí se las mando, con el deseo de que su lectura distraiga algo a V.E. cuando descanse un poco de los muchos asuntos a los que ha de atender. Y si en algo son de su gusto yo me alegraré sobremanera; y también habrán servido para quitarme a mí el punto amargo que me dejó aquel descuido.

Su mayor criado,

Ferrán

 La siesta del conde

Media tarde era por filo,

el conde en su casa estaba;

con la gran siesta que hazía

arrimádose ha a doña Ana.

Ellos en aquesto estando

golpes a la puerta daban;

amos a dos lo han oído

y han hecho como si nada.

No habían callado los ecos

otra vegada llamaban;

a la vegada tercera

más los golpes arreciaban.

Non pudiendo más sufrillo

el conde del lecho salta;

echa fuego por los ojos,

que ya otra cosa no echara.

— ¡Malhaya quien a deshora 

viene a tocarme la aldaba!

Desque lo tenga a las manos

sacarle he las entrañas.

Le arrancaré la pelleja

para hazerme una zamarra;

el corazón para perros,

la asadura para ratas,

las tripas para vihuelas

para que baile doña Ana;

y le arrancaría la lengua,

y los ojos de la cara.

Una vuelta dio a la alcoba

y no pudo sacar nada;

a la otra vuelta que dio

sacó en su mano una espada.

Por el corredor ayuso

iba en pelota picada;

reciamente va jurando,

ca mucho avíe grand saña.

Ha pasado un aposento,

ha atravesado una sala,

desque cruzó la cozina

adeliñó hacia la entrada.

En llegándose a la puerta

abrió el conde como estaba:

en cueros y desgreñado,

y en la su mano la espada.

Un mozo de veinte años

a ojo se le paraba;

fuésele derecho el conde

con la diestra mano alzada.

El mozo, desque lo vido,

el gesto se le mudaba;

no mira la mano al conde,

otro era lo que miraba.

—¡Teneos, conde, teneos,

abajad aquesa lanza!,

que no semejo cabestro

para darme de aguijadas;

ni soy yo bravo morlaco

para ponerme una vara.

Yo soy, conde, el mensajero

de tu súper de confianza.

— ¡Tate, tate, majadero,

hijo de la renegada!,

que no entiendo esos cabestros

ni sé qué dizes de lanzas,

sino que me has estorbado 

en hora tan señalada.

Encomiéndate al Eterno,

que aquí entregarás el alma.

Yo estoy aquí confinado,

tú finado irás a casa.

—Espéresme, señor conde,

que aquí te traigo unas cajas.

—El espera que tú distes

cuando mejor lo pasaba.

Fincó de hinojos el mozo,

la color muy demudada;

volvió los ojos al conde

y desta suerte le hablaba:

—No traigo arroz ni lentejas,

ni carnes rojas ni blancas,

ni pimientos ni pepinos,

ni limones ni naranjas,

ni jabón para el cabello

ni papel para las nalgas;

lo que yo te traigo, conde,

es tu zumo de cebada.

—Si me trajeras lentejas,

o carnes rojas o blancas,

o me trajeras pimientos 

o limones o naranjas,

o jabón para el cabello

o papel para las nalgas,

con esta espada que tengo

la vida yo te quitara;

pero me traes de mi zumo,

llévastela perdonada.

¡Abre ya esas cajas, mozo,

no esperes que yo las abra!

Alzose el mozo del suelo

y comenzó a abrir las cajas;

de lo que llevaban dentro

al conde se lo mostraba.

—Cata, conde, la cerveza,

cómo es de rubia y tostada;

la una, suave de cuerpo,

ligeramente afrutada;

la otra, de aroma intenso,

amarga y bien lupulada.

Allí preguntara el conde,

bien oiréis qué preguntara:

—¿Cuáles son estas primeras

que vienen todas en lata?

Allí contestara el mozo,

bien oiréis qué contestara:

—Esta es tu cerveza, conde,

la que bebes como agua;

de la que dizen las gentes

que de niño ya tomabas.

—¿Qué cestillos son aquellos?

¡Altos son y relumbraban!

— De la Ámbar es, señor,

y la otra Sierra Nevada;

non la que fazen los moros,

ca es la californiana.

Esto que oyó la condesa

a grandes voces llamaba:

—¡Deja la cháchara, conde,

tórnate presto a la cama;

acaba lo que empezastes

o yo mesma lo acabara!

—Calledes, la mi señora,

non digades tal palabra; 

de grado voy a serviros, 

que ya este mozo se marcha.

Estas palabras diziendo,

el conde el cerrojo echaba;

de que tenía contento

señales dello mostraba.

Volvióse para la alcoba

donde la condesa estaba;

ella lo estaba esperando 

de pechos sobre la cama.

Entróse el conde en su lecho,

en brazos de doña Ana;

de lo que pasó allí luego

no dize el romance nada.

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