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Hace unos días, el pasado 21 de junio, fue mi onomástica, fecha que, como casi siempre, a mí me pasa desapercibida. Y así también habría sucedido en esta ocasión si no hubiera sido por el mensaje de un amigo (excelente escritor cordobés, a quien admiro) que se disculpaba por haber llegado un día tarde a la felicitación. Le contesté agradeciéndole el detalle y señalándole eso, que a mí se me había pasado por completo, pues desde hacía tiempo mi madre era la única que me felicitaba por el santo. Lo que no quitaba, añadí, para que me interesara la hagiografía de algunos santos. Y le cité como ejemplo a san José de Cupertino.
¿Y por qué me vino a la cabeza la vida de este santo, a mí, que no soy creyente? Pues por dos razones. La primera tuvo que ver con una asignatura de los últimos cursos de la carrera, Aviónica. El profesor en cuestión -cuyo nombre ahora no recuerdo- un día en clase nos dijo que había un nombre del santoral católico que a él le había llevado a reflexionar mucho sobre maniobras en el aire que sólo con el tiempo la aviónica había descubierto. Se trataba de José de Cupertino, cuyas maniobras en el aire mientras levitaba eran incomparables. Eso se me quedó para siempre.
Y la segunda razón vino mucho más tarde, cuando conocí la obra del escritor de origen suizo Blaise Cendrars, y en concreto este libro suyo, La parcelación del cielo, que forma parte de una tetralogía autobiográfica. Ahí volví a encontrarme con san José de Cupertino y sus andanzas aeronáuticas.

En 1940, Blaise era corresponsal de guerra siguiendo a las tropas inglesas por varias localidades francesas, y en esa época, en París, tuvo lugar el encuentro con su hijo Rémy, que narra en un capítulo de La parcelación del cielo. Blaise le pregunta a su hijo si tienen un patrón de la aviación.
-¿Y qué es para ti un patrón?
-¿Un patrón? Pues un santo protector, querido. Alguien a quien uno se puede dirigir en sus oraciones. Es una personificación del ángel de la guarda que se eligen entre la lista de santos y santas de la Iglesia…
Y ante la respuesta negativa de Rémy, Blaise le dice que la va a proporcionar uno.
-San José de Cupertino. ¡Un as, un precursor, un recordman, el del vuelo sin alas, sin motor y hasta de marcha atrás! ¡Récord que nunca ha sido batido, a pesar de los progresos de la aviación! Como ves, un santo muy moderno.
Y le promete a Rémy que, en su honor, va a escribir sobre este santo levitante. Es lo que hace en este libro, a pesar de que, como señala, “sé muy bien a qué tipo de crítica me expongo al intentar una vida de san José de Cupertino, pues carezco tanto de fe como de conocimientos”. Y añade: Estas vidas legendarias, cuanto más alejadas se sitúan de la época que vivió el santo, más llenas están de desarrollo, de confusiones, de errores sobre la persona o su identidad, de carácter novelesco, de disertaciones, de invención…; en una palabra, de literatura (…)
(Esta literatura biográfica comenzó a escribirla Cendrars al final de la guerra, cuando ya su hijo Rémy había fallecido en un accidente de aviación que tuvo lugar en Marruecos en noviembre de 1945).
En su libro, el escritor suizo nos remite a la obra de donde ha sacado la mayor parte de la información biográfica del santo, La Levitación, de Olivier Leroy, que también he leído.

En el capítulo dedicado a José de Cupertino, Leroy no solo hace una pormenorizada relación del paso del santo por varias órdenes y destinos, sino que también nos da detalles de sus arrebatos extáticos a los cielos. Siempre comenzaban con un gritito, que anunciaba el inminente despegue del santo de la tierra, para acabar abrazado a una imagen a muchos metros de altura, a la cúpula de una iglesia, a un sagrario, o posarse durante horas sobre la rama de un árbol como un pájaro… Y no siempre despegaba solo, sino que en ocasiones llevaba en su recorrido aereoespacial a un cordero, que llevaba en volandas, una cruz muy pesada, que portaba sin esfuerzo aparente, y hasta a algún compañero de la orden, que llevaba de la mano.
Pero de todas estas experiencias, una me llamó especialmente la atención:
Otra levitación ocurrió en mayo de 1649, en Assisi (la localidad de Asís), cuando Copertino permanecía junto al lecho de muerte del agonizante Padre Gabriel de Caravaggio. En el momento de la Extramaunción, luego del acostumbrado gritito, José se elevó al cielo en éxtasis y permaneció sobre la cama mortuoria.
En realidad, fueron dos cosas las que me llamaron la atención. La localidad de Asís, en donde ocurrió la levitación, cuna de san Francisco de Asís, y el nombre del moribundo, Padre Gabriel de Caravaggio. Tengo entendido que Caravaggio es un pueblecito italiano de la región de Bérgamo, en donde nació Michaelangelo Merisi, que tomó precisamente el nombre de Caravaggio por ello. Es pues más que probable que aquel Padre Gabriel que fallecía en aquellos momentos era de la misma localidad. (Me hubiera gustado saber más sobre quién fuera este Gabriel de Caravaggio). Y por otra parte, ¿no había un cuadro de Caravaggio que muestra a un san Francisco de Asís yacente, en éxtasis, después de recibir los estigmas de Jesucristo, y asistido por un ser alado?
Sí, es este que muestro abajo, una de cuyas versiones apareció no hace mucho en una localidad muy cercana a Asís. El cuadro parece que fue elaborado por Caravaggio en 1595.
¿Tiene todo esto alguna relación? ¿Una premonición de Caravaggio mientras creaba su cuadro? ¿La plasmación en la realidad de lo que solo había sido un cuadro? ¿Una realidad incierta que adquiere significado con la presencia de un observador consciente, como sugiere la física cuántica?
Tal vez tan solo sea literatura, como decía Blas Cendrars en este magnífico libro que vuelvo a recomendar, La parcelación del cielo.





