El Departamento de Vigilancia Medioambiental —o “Medio”, como lo moteja el vulgo receloso— tiene su sede central en Madrid, en el edificio principal de la Puerta del Sol. Este edificio albergó con anterioridad a otros organismos oficiales, así la sede de la Comunidad de Madrid, o la temida Dirección General de Seguridad franquista. Desde la Central, la comisaria Doña Piedad Agudo organiza a los inspectores y la Guardia de Asalto, dependientes en última instancia de los Tribunales del Comité de Salud Pública.

Las funciones del DVM consisten en perseguir, acosar y erradicar todos aquellos delitos que afectan directa o indirectamente al Medio Ambiente. Acaso inspirado en el antiguo y pionero Seprona, de la Guardia Civil, se parece más a un eficaz tribunal inquisitorial que a la Gestapo, con la que lo comparan sin descanso los desafectos al Orden Europeo. Para reprimir el crimen, los agentes del DVM gozan de casi completa libertad para desembarazarse de las de los ciudadanos, triste pero necesaria consecuencia de la urgente necesidad de preservar la ecología moribunda. Los detenidos carecen de derechos de cualquier tipo, y los procesados por los diversos tribunales —hay quien dice que los Tribunales del Comité son ordenadores Sedlex de última generación, los cuales aceleran con total objetividad la labor de la justicia—, tienen muchas probabilidades de acabar en Reclasificación de Desperdicios, como reos en Trabajos Forzados.