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Una breve nota en la presentación de Soterránea, de Antonio García Lorente

Por Santiago A. López Navia

No soy muy dado a presentaciones prolijas. Siempre prefiero que la elocuencia se desplace sobre las palabras del poeta a quien me honro en presentar –las que pronuncia y las que escribe– para no convertir lo que yo diga en una cortina de humo que distraiga a quien lo escucha del verdadero sentido que le otorga su legítimo creador.

Este criterio se refuerza, si cabe, cuando conozco personalmente al poeta, y este es, desde luego, el caso. Antonio García Lorente y yo nos conocemos desde hace unos cuantos años de afecto y colaboración en proyectos comunes a lo largo de los cuales –los años y los proyectos, entre los que están sus traducciones al castellano de tres poemarios de Miquel-Lluís Muntané publicados en La Discreta– hemos fraguado unos estrechos lazos de amistad que se nutren de la complicidad y unas cuantas afinidades: nuestra postura ante la vida, nuestro amor por el buen heavy metal y nuestra tarea –nuestro afán, nuestra búsqueda– como poetas. Parecen pocas, pero son lo suficientemente graves como para que se multipliquen por sí mismas.

De Antonio sé que es un hombre de saberes profundos y nada convencionales que él rescata –parafraseando sus palabras– de la caverna del misterio: el Talmud, en el caso de Soterránea. Remito al poemario para entender el sentido de la aplicación de la Cábala a sus textos y para abundar en su afán de oponer a la Qliphot del mal la Sephirot del bien. En el fondo, creo, todo es muy sencillo: la sabiduría oculta, soterránea, se pone al servicio de un compromiso explícito, elucidado, tenazmente desenterrado y, desde luego, inequívoco.

De él también sé que acredita un conocimiento aquilatado y autorizado de la poesía, entendida como universo de lecturas –y el suyo es vastísimo–y como ejercicio creativo –y el suyo es brillante y fecundo–, y sé también de su conciencia y su compromiso imbatibles mucho más allá toda ideología y religión. Comprobará el lector que todos estos elementos, recurrentes en su obra poética, brillan en “El árbol” y “El mundo”, las dos partes de Soterránea –su último poemario, publicado en Parnass Ediciones este mismo año– en donde volvemos a encontrarnos con una poesía fraternal, solidaria, pacifista y reivindicadora de la justicia social. Una poesía militante y aun activista que el poeta nos presenta con un estilo recio y trabajado cuyo resultado acaba siendo un grito sobre el mundo. ¿Cómo, si no, entender versos como los que me permito transcribir a continuación?

“El Hombre es mi bandera,

mi tierra es una madre a la que peino,

y mi esperanza es trascender el cántico

del lucero del alba”.

(“Ain Sopf Aur”, que en la Cábala es el origen del orden cósmico de todo)

“La estola del amor guarda la llave

que abre el hogar de la misericordia”.

(“Jesed”: la compasión, según la Cábala)

“[…] el aire verdadero está en la calle: 

en los sindicatos alternativos, 

en los centros cívicos, librerías y tabernas, 

en la cesta de la compra y su coste inasequible, 

en quienes no tienen ni cesta de la compra, 

en las víctimas de las promesas que no se cumplen, 

en las víctimas de tantas guerras absurdas, 

en los mares y los ríos contaminados, 

en el agua del pensamiento

que los tiranos en sus prisiones embalsan…

en las guitarras vagabundas que cantan al hombre”.

(“El foro de debate”)

“Ojalá solo arda una yesca de paz”.

(“Irak”)

“Incluyendo a los otros, así me siento libre”.

(“Roble de utopía”).

“Conquistemos la luz, los muros caigan”.

(“En nombre de Dios”)

“Sin sangre ni heridas,

verted en las copas

un calcio de paz”.

(“Futura proclama”).

No: en contra de lo que dice la voz poética en el poema prologal de Soterránea, ante unas palabras como estas, ante un grito como este, el poeta no es un “amanuense que trabaja en balde”, sino una fuente que derrama sobre los lectores una cascada de esperanza que nos inunda y nos deja, como leemos en “Colapso de la urbe”, “ungidos de una paz que no prescribe”, el verso de Miquel-Lluís Muntané que sirve al mismo tiempo de epígrafe y de epifonema del poema de García Lorente. Este es el óleo, untuoso pero sutil y siempre necesario, que destila Soterránea.

Madrid, 11 de septiembre de 2025

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