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Ya hablé en alguna ocasión sobre mi nieto, asunto de abuelos. (Aquí, por ejemplo: https://www.ladiscreta.com/2025/01/02/alonso-quesada-y-el-hombre-de-la-barba/). Ahora él ya tiene casi seis años, empieza a escribir y leer un poco; pero cada vez que nos visita, hablamos del “hombre de la barba”. Recuerdo al lector que es un anciano que vive en un lugar cerrado y oscuro del sótano de nuestra casa, “el zulo” como lo llamamos, que está lleno de libros, a centenares. Allí vive este venerable anciano que siempre “está en bolingas” y se cubre del frío rodeándose de su larga y frondosa barba. Su única actividad conocida es leer libros, de los que también se alimenta. En esta etapa de la vida de la infancia estos seres existen realmente. Luego desaparecen.
Pues bien, nuestro nieto sabe que yo escribo libros, algo que dice que algún día él también hará. Pero, de momento, se contenta con leer libros ilustrados, imaginar historias y escucharlas de sus padres cuando le leen por las noches. Ayer me pidió que le escribiera un cuento sobre el hombre de la barba.
Lo escribí y se lo leí. Y vi que lo entendía perfectamente. Este es el relato.

Hacía varios días que no había visto al señor de la barba. Por regla general, en mis habituales visitas nocturnas al baño para hacer pis (cosa de abuelos), solía escuchar sus paseos por los bajos de la casa. Salía del zulo de los libros, en donde vivía la mayor parte del día y de las noches, para estirar un poco las piernas y echarle un ojo a la nevera. Yo solía dejarle unas tarrinas de mus de chocolate, que era su golosina favorita, y por las mañanas comprobaba que se las había comido durante sus incursiones nocturnas. Pero ya llevaba dos mañanas que, al ir bajar a desayunar y comprobar la nevera, las tarrinas de mus de chocolate estaban intactas. Me preocupé, porque además, como antes decía, por las noches no escuchaba sus pasos, suaves y acompasados, bajando y subiendo las escaleras del sótano.
Así que una mañana decidí hacerle una visita, algo que nunca hacía, pues teníamos el acuerdo tácito de no invadir los respectivos espacios: en las mañanas y las tardes, la casa era mía, salvo el zulo, que era su espacio privado; por las noches, sin embargo, la casa, incluido el zulo, eran del hombre de la barba, salvo mi habitación y el baño, eran espacios míos exclusivos.
Así que, como digo, me acerqué al zulo una mañana y pedí permiso. Allí estaba él, en la semioscuridad de aquel recinto, leyendo libros, como siempre.
“Buenos días tenga, amigo. ¿Cómo se encuentra?”
“Pues hasta este momento, muy bien. Enfrascado en una maravillosa historia de piratas, que con su llegada acaba usted de desbaratarme”.
“Pues le pido disculpas, pero estoy preocupado por su salud. Por eso he venido”.
“¿Por mi salud? Nunca he estado mejor”.
“Pero he comprobado que lleva varios días sin probar el mus de chocolate”.
Dio un resoplido, dejó a un lado el libro que leía y se atusó la larga barba blanca, los ojos bajos, antes de darme una respuesta.
“Cuando envejecemos necesitamos menos alimento material y más del espiritual. Usted también debería saberlo, pues envejece igual que yo”.
“Sí, bueno. Siempre he sido un poco comilón. Y lo entiendo, de verdad, pero… aún tenemos cuerpo, ¿no?, con energías que es necesario reponer”.
“Que sea usted un comilón ya me doy cuenta cada vez que visito la nevera. Abusa usted del azúcar, debe cuidar ese aspecto. Y estoy de acuerdo en que el cuerpo necesita reponer energías, pero cada vez en menor proporción. También debería usted saber que el cuerpo se diluye, se va sustituyendo”.
“¿Diluyendo? ¿Sustituyendo? ¿Por qué se va sustituyendo?”.
“Por lo inmaterial, lo que no se ve pero se siente. Por eso es necesario incrementar el alimento espiritual al tiempo que reducimos el alimento que conocemos”.
Quedé un tanto desconcertado, maravillado, en silencio. Luego volví a preguntarle:
“¿Y cuál es el alimento inmaterial del que usted se alimenta?”.
“Pues hay muchos, y de distintos sabores. La reflexión pausada, la buena música, la tontaina…”.
“¿La tontaina, ha dicho usted? ¿Y eso qué es?”.
Exhaló una risita leve.
“Pues la tontaina es eso, quedarse como atontao, en silencio, sin pensar en nada en absoluto. Algo que es realmente difícil, pues casi siempre nos viene algo a interrumpir, como ha hecho usted esta mañana».
“Pero no me parece que usted no estuviera en plan tontaina, sino leyendo, ¿no?”.
Se rio, ahora francamente.
“Tiene razón. No, no estaba en plan tontaina como usted dice, sino que leía, es cierto. Pues debe saber que la lectura es mi alimento inmaterial favorito. Leer historias, imaginarlas, meterme en ellas, es la mejor manera de alimentarse espiritualmente que yo conozco. Y además, estoy convencido que es mi sustitución”.
“¿Su sustitución? ¿Qué significa eso?”.
Otro resoplido, esta vez de paciencia, antes de contestar.
“ Pues, como antes le decía, con el tiempo nuestro cuerpo material se va transformando, diluyendo, convirtiéndose en otra cosa, sustiyéndose por algo inmaterial. Unos acaban transformándose en música y sonidos, otros en pensamientos más o menos densos, los más afortuandos acaban transformándose en puro silencio. Pero otros, como yo, acabaremos transformados en una historia imaginada”.
Quedamos unos minutos sin decir nada. Yo, aún más absorto y asombrado. Al final me atreví a preguntarle:
“¿Una historia? ¿Imaginada por quién?”.
Esta vez no tardó en contestar:
“Pues tal vez por usted mismo. Una historia que usted escriba y que yo lea antes de diluirme por completo”.




