El hombre de la barba, una historia
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¿Conocer la realidad a través del arte y no de la ciencia? ¿Traspasar la muerte a través de la poesía? ¿Cómo es eso?
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Por Luis Junco

Me parece a mí que a lo largo de nuestra vida todos, en mayor o menor grado, hemos descubierto algún antecesor con el que nos sentimos especialmente identificados. Y no sólo por compartir con el personaje en cuestión algún rasgo físico o gesto de su carácter en los que nos reconocemos, sino porque en algunos rastros que dejó de su vida detectamos inquietudes intelectuales, sentimientos, aspiraciones y objetivos con los que igualmente nos identificamos. Cuando esto sucede, sentimos la necesidad de indagar con más detalle y profundidad en los entresijos de aquella vida pasada, porque pensamos -seguramente una ingenuidad- que descifrando las claves de aquella biografía ya extinta descubriremos verdades de la nuestra, tan llena de contradicciones e incertidumbres. 

La búsqueda suele presentar muchas dificultades. Primero porque, en la mayor parte de las veces, la persona en cuestión acabó su vida antes de que nosotros empezáramos la nuestra o porque cuando la conocimos en vida, en la nuestra aún no se había presentado esa necesidad de indagar en la suya. Y segundo porque acudir al recuerdo de otras personas que la trataron, casi siempre resulta mediatizado por sentimientos: prejuicios ideológicos, afectos excesivos, inquinas ocultas. 

Recurrimos entonces a aquellos “rastros” a los que me refería más arriba: actos y obras constatables de su vida y, con algo de suerte, algún escrito y/o reflexión que dejara para la posteridad. Esos escritos de alguien que ya ha fallecido siempre me han causado una honda impresión. Aunque ya sea un dicho repetido, la realidad es que a través de ellos saltamos al otro lado: seguimos escuchando el murmullo, los pensamientos de alguien que ya no está en este mundo. (También me sucede con algunas composiciones de músicos clásicos, especialmente J. S. Bach). Alguien me dijo en una ocasión que era como asir la mano emergente de alguien que ya está bajo las aguas. Puede ser, sí; pero ¿se puede ir aún más lejos?

Yo he recurrido a la ficción, lo que muchas personas sensatas tacharán de insensatez, pero que a mí me ha servido. Gracias a ella he podido recrear una vida que había dejado de existir y, de paso, darle un buen achuchón a la mía. 

El historiador, el documentalista, pueden descubrirnos datos importantes de una persona que ya no está en este mundo. Incluso puede darnos pistas de su personalidad. Pero tengo para mí que sólo el arte, la poesía, la prosa poética, pueden perminitirnos acceder a eso que denominamos su alma o su espíritu. Eso es lo que me llevó a escribir esta novela y eso es lo que debería inspirar su lectura. 

Todo esto que he escrito, toda esta inquietud, fue el origen de la novela Una carta de santa Teresa, cuya reedición, junto con El tratamiento de las enfermedades en el siglo XIX, que escribió en vida el protagonista de la novela, serán presentadas el 25 de febrero en el Ayuntamiento de Santa Brígida (https://eventos.santabrigida.es/eventos/un-manuscrito-recupera-la-historia-de-la-medicina-en-santa-brigida/)

Gracia al diálogo poético con aquella vida del pasado que permite el texto literario, se

puede saltar al otro lado y contemplar una realidad que de otra manera nunca pude haber experimentado:

Recordó entonces su delirio reiterado de alguien que seguía sus huellas fuera del tiempo y se preguntó si no sería más que un presentimiento (…)

(página 36)

-¿Quién es usted?

-No tendría ningún sentido que le diera un nombre. Además, si es sincero, debería reconocer que no le soy del todo un extraño. Confórmese, pues, con saber que le llevo esperando mucho tiempo, que aguardaba a que llegara hasta aquí, buscando alguna manera de entrar en contacto (…)

-Y a riesgo de que pueda parecerle una convención, ¿qué quiere usted de mí? (…)

-Oh, no, eso sí que me parece interesante. En realidad es lo que quiero de usted, saberle; pero no los hechos y las cosas exteriores, ésas ya las conozco. Necesito conocer su concatenación, las causas ocultas que ha llevado de una a la siguiente (…)

(página 105)

Ha leído usted a santa Teresa, ¿verdad? ¿Leyó usted Las Moradas?

-(…)Sí, he leído a Santa Teresa. Me interesó mucho su vida, y leí Las Moradas, sí.

-Pues respondiendo a su pregunta, le diré que, al igual que ella, también yo quiero saber quién me habita. 

-Pero ella se refería a su alma, ¿qué tiene eso que ver con la mía?

-Recordará usted que ella la compara con un hermoso y diamantino castillo lleno de estancias y moradas secretas, que todos sin distinción compartimos. También usted y yo. ¿Sabe?, yo busco esa secreta morada de mi alma, que como un túnel del tiempo me comunique con la suya y con tantas otras almas que me atraviesan con sus infinitos hilos de cristal. Al igual que el Coronel, también yo aguardo un milagro, esa experiencia mística que suprimiendo las barreras del tiempo me deje asomar por un instante al yo innumerable que me habita. 

-¿Sabe usted que me da miedo, amigo?

-Es natural. Imaginar es aventurarse en lo desconocido, y eso siempre produce temor.

(página 210)

(Fragmentos extraídos de la reedición de Una carta de santa Teresa).

La presentación de ambas publicaciones tendrá lugar el 25 de febrero a las 19:30 horas en la Biblioteca de Santa Brígida .

1 Comment

  1. MC dice:

    ¿Conocer la realidad a través del arte y no de la ciencia? ¿Traspasar la muerte a través de la poesía? ¿Cómo es eso?

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