«Los tulipanes son demasiado rojos», nuevo poemario de Teresa Gómez
17 abril, 2026
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Por Luis Junco

Lo que conocemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano. Es una frase atribuida a Isaac Newton. Y a pesar de los trescientos años transcurridos y los avances incuestionable de la Ciencia, el fundamento de la frase sigue siendo cierto. Porque siempre ha dado la impresión de que cada nuevo descubrimiento ha abierto nuevos y amplios horizontes de desconocimiento.

Así cada nueva noción sobre el Universo de la ciencia cosmológica ha abierto tremendas avenidas de incertidumbre: hoy sabemos que nuestro Universo empezó hace 13 mil ochocientos millones de años en lo que se denomina el Big Bang; pero esto ha generado preguntas, cada una de las cuales abre la puerta a un océano diferente de desconocimiento: ¿qué hubo antes? ¿de dónde surgió? ¿hay un solo universo o muchos, como ciertas teorías proponen? ¿de qué está compuesto nuestro Universo?

A esta última cuestión, por ejemplo, se ha contestado con algunas certezas y una inmensa cantidad de nuevas incógnitas. Hemos sabido que nuestro Universo está formado por un 5 por ciento de la materia que conocemos (parcialmente, porque esto es otra bifurcación de conocimiento y más interrogantes); un 27 por ciento de la denominada materia oscura (que no sabemos exactamente qué es) y un 68 por ciento de la también llamada energía oscura (que tampoco sabemos lo que es). 

Por otra parte ¿cómo conocemos lo que sabemos? El método científico está basado en la razón lógica, el pensamiento crítico y en la experimentación. Para muchos es la mejor y única forma de saber sobre lo que nos rodea y sobre nosotros mismos. Pero Kurt Gödell demostró que los sistemas basados en la razón lógica son incompletos. Hay verdades matemáticas que no pueden ser demostradas por reglas lógicas racionales y sin embargo sabemos que son ciertas. Para otros, el método científico no solo es incompleto sino que, para conocer aspectos esenciales de nuestra realidad, es necesario acudir a la irracionalidad (el sentimiento, la intuición, la imaginación). (Se me ocurren ahora el pensador y escritor Cowper Powys, del que hablamos recientemente en este blog. Y Unamuno. De este último, recordemos: “…la tragedia, el combate de la vida con la razón. ¿Y la verdad? ¿Se vive o se comprende? (…) Todo lo vital es irracional, y todo lo racional es antivital, porque la razón es esencialmente escéptica”). 

Lo que nos lleva al hecho de ser conscientes de lo que sabemos y de lo que no sabemos. Sí, la conciencia, la nuestra. ¿Qué sabemos de ella hoy en día? Otra vez unas gotitas de conjetura y vastos horizontes de desconocimiento. 

Desde los tiempos de Galileo, la conciencia ha quedado fuera de las leyes físicas que gobiernan la realidad. Se la ha considerado como algo secundario, subsidiario, un producto emergente del comportamiento y leyes que gobiernan el mundo microscópico. Es la posición que siguen manteniendo los denominados “fisicalistas”: como resultado de los complejos procesos de las 100 mil millones de neuronas y 100 billones de conexiones entre ellas de nuestro cerebro (seguramente el objeto material más complejo que se conoce), emerge la conciencia, como aparece la temperatura o la presión en un gas a consecuencia de los movimientos microscópicos de sus átomos y moléculas. Pero ya hace décadas que apareció una nueva conjetura, la de los denominados “panpsiquistas”. Para ellos, la conciencia es un aspecto fundamental de la realidad, como la masa o la carga eléctrica: no emerge de la materia, sino que forma parte del propio universo. (Existen, también, interesantes posiciones intermedias entre el fisiquismo y el panpsiquismo. Por ejemplo, la que sostienen el físico y premio Nobel Roger Penrose y el anestesiólogo Stuart Hameroff: la conciencia no emerge de la complejidad de las redes neuronales, sino de procesos cuánticos y no computables -no reducibles a secuencias lógicas- que tienen lugar en determinadas estructuras neuronales. O la que defienden los físicos Lee Smolin y Marina Cortés: de todos los acontecimientos que se producen en el universo, solo unos pocos son nóveles, carecen de antecedentes causales. Como los que se producen en el entrelazamiento de procesos mentales del cerebro. Solo en estos se produce la conciencia).

Comencé con el Universo y he acabado en el cerebro humano. Hay perosnas que ven un paralelismo sorprendente entre ambos: una especie de espejo entre las intrincadas redes neuronales y las conexiones sinópticas de los 100 mil millones de neuronas del cerebro, y la red igualmente compleja de las 100 mil millones de galaxias del universo observable y sus conexiones entrelazadas. Es el caso de la científica alemana Sabine Hossenfelder, de la que ya hemos comentado en este mismo blog. Ella llega a cuestionar si esta similitud no implica que el Universo también es consciente y piensa. 

Si así fuera, ¿qué piensa el Universo? ¿Llega a hacerse las mismas preguntas que nosotros nos hacemos: quiénes somos, de dónde venimos, cuál es nuestro destino? Y, sobre todo: ¿qué conciencia tiene de sí mismo y cuánto no sabe?

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