«Confesiones de dos hermanos», otro libro a descubrir
15 marzo, 2026
«Confesiones de dos hermanos», otro libro a descubrir
15 marzo, 2026

Por Luis Junco

Hay muchos párrafos del pensamiento de Cowper Powys -de lo que él mismo calificaba de “naturalismo filosófico”-, tanto en sus novelas –Wolf Solent, A Glastonbury Romance- como en los ensayos -su monumental Autobiography A philosophy of solitude. Pero en Confessions of two brothers encuentro uno que me parece condensar una parte importante de ese parecer. 

Este es el párrafo traducido:

Había momentos —no frecuentes, pero tampoco del todo raros— en que una especie de oleada interior, casi física, me recorría de parte a parte, como si algo en mí, más antiguo que mi voluntad y más obstinado que mi inteligencia, reclamara su derecho a existir sin justificación alguna.

En esos instantes, la conciencia dejaba de ser un tribunal y se convertía en un campo abierto, atravesado por ráfagas de placer y de resistencia, de afirmación y de rechazo, todas ellas igualmente legítimas, todas igualmente mías.

No podría decir que se tratara de felicidad; era, más bien, una intensificación de la presencia, un hacerse más denso del simple hecho de estar vivo. Incluso el malestar —una tensión en los nervios, un peso en la boca del estómago— adquiría entonces una especie de dignidad secreta, como si participara de una verdad más profunda que cualquier idea que yo pudiera formular.

Y, sin embargo, apenas intentaba pensar ese estado, reducirlo a palabras o someterlo a algún orden, se desvanecía con una rapidez casi irónica, dejándome con la vaga impresión de haber estado, por un instante, más cerca de mí mismo de lo que la reflexión me permite nunca estar.

Esa proximidad a mí mismo —si es que así puede llamarse— no tenía nada de estable ni de conquistado. No era una posesión, sino más bien un accidente, algo que me ocurría del mismo modo en que una ráfaga de viento atraviesa un espacio cerrado y lo transforma sin dejar rastro visible de su paso.

Llegué a sospechar que mi error más persistente había sido siempre el de querer fijar ese tipo de experiencias, como si en ello me fuera la verdad de mi vida. Pero la verdad —si es que esta palabra no resulta ya demasiado ambiciosa— parecía residir precisamente en su carácter fugitivo, en su negativa a dejarse convertir en hábito o en doctrina.

De hecho, cuanto más intentaba incorporarlas a una especie de sistema personal, más se empobrecían, como si al ser nombradas con exceso de claridad perdieran la ambigüedad vital que les daba su fuerza. Era como reducir un temblor a una fórmula, o una respiración a un mecanismo: algo esencial se perdía en esa operación de esclarecimiento.

Por eso empecé, no sin cierta resistencia, a conceder mayor crédito a lo que en mí surgía sin ser convocado: impresiones súbitas, asociaciones caprichosas, leves estremecimientos del cuerpo que no parecían tener causa suficiente. En ellos había, si no una verdad en sentido estricto, sí al menos una forma de autenticidad que escapaba a mis hábitos de interpretación.

Y poco a poco fui comprendiendo que tal vez mi tarea no consistía en entenderme, sino en tolerarme; no en reducir mi experiencia a un conjunto de ideas claras, sino en permitir que esa confusión —esa mezcla de placer, incomodidad, deseo y resistencia— siguiera desplegándose según sus propias leyes, ajenas en gran medida a mi voluntad.

Había en ello algo humillante para el orgullo de la inteligencia, pero también, de un modo difícil de admitir, algo profundamente liberador.

Con el tiempo, esta disposición —más pasiva en apariencia, pero en el fondo más exigente— fue modificando de manera casi imperceptible mi relación con los demás. Ya no buscaba en ellos confirmación ni contraste, como si su presencia tuviera que servir de espejo o de medida para la mía. Más bien empezaba a percibirlos como centros de experiencia tan opacos y autosuficientes como el mío, irreductibles a cualquier intento de comprensión total.

Esto no implicaba una mayor simpatía, ni tampoco una indiferencia más fría; era, si acaso, una forma distinta de atención, menos ansiosa, menos inclinada a traducir inmediatamente lo ajeno a términos que me resultaran familiares. Había en ello una renuncia —la de comprender del todo—, pero también una ganancia: la posibilidad de dejar que el otro existiera sin ser absorbido por mis categorías.

En ciertas ocasiones, esta actitud producía una especie de silencio interior que no era vacío, sino suspensión. Como si por un instante se interrumpiera esa actividad constante que reduce, clasifica y juzga, y en su lugar quedara un espacio más amplio, más incierto, pero también más hospitalario.

Recuerdo particularmente algunos paseos en los que esa sensación se hacía más intensa. No ocurría nada extraordinario: el camino, los árboles, la luz cambiante sobre la tierra húmeda… todo permanecía dentro de lo ordinario. Y, sin embargo, había una ligera desviación en la manera de percibirlo, como si cada cosa se negara suavemente a ser únicamente lo que yo sabía de ella.

No se trataba de atribuir significados ocultos ni de proyectar sobre el mundo una imaginación exaltada; al contrario, era más bien una especie de retirada de la interpretación, un dejar que las cosas reposaran en su mera presencia. Pero esa presencia —cuando no era inmediatamente capturada por el pensamiento— adquiría una densidad extraña, casi inquietante, como si contuviera más de lo que podía ser dicho sin traicionarla.

A veces, en medio de esa percepción más desnuda, surgía de nuevo la tentación de fijar, de nombrar, de convertir la experiencia en algo transmisible. Era un impulso difícil de resistir, porque en él se mezclaban el deseo de claridad y una forma sutil de vanidad: la de creer que aquello que me era dado vivir podía ser conservado y ofrecido sin pérdida.

Pero una y otra vez la experiencia misma desmentía esa pretensión. En cuanto se volvía objeto de discurso, parecía retraerse, como si se negara a ser poseída por completo. Lo que quedaba entonces no era la vivencia, sino su rastro, a veces preciso, a veces deformado, pero siempre insuficiente.

Esta constatación, lejos de desalentarme, fue introduciendo en mí una especie de disciplina negativa: la de no precipitarme a concluir, la de tolerar la inexactitud, la de permanecer —aunque solo fuera por breves intervalos— en un estado donde la vida no estuviera del todo traducida a pensamiento.

Y en esos intervalos, tan frágiles como persistentes, empezaba a entreverse algo que no sabría definir sin empobrecerlo: no una verdad, en el sentido en que la inteligencia la reclama, sino una forma de acuerdo momentáneo entre lo que soy y lo que me sucede, una coincidencia sin garantía ni duración, pero no por ello menos real.

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