
Cómo pasa el tiempo
11 mayo, 2026El pasado jueves 28 de mayo, a las 19:00 h., se presentó en el salón de actos de la biblioteca Eugenio Trías, con gran éxito de público, el libro En el huerto, del catedrático de latín, estudioso de la literatura latina y excelente poeta Vicente Cristóbal. Le acompañaron en el acto dos de sus antiguos alumnos, el escritor Emilio Gavilanes, como representante de la editorial, y Santiago A. López Navia, catedrático de universidad, cervantista y magnífico poeta, que leyó el texto que reproducimos a continuación, y que más tarde mantuvo con el autor una conversación que también reproducimos. Al final leyeron, estupendamente, varios fragmentos del libro las niñas Olivia, Celia y Julia María, a quienes van dirigidos los textos del libro.

Todos los días acaban teniendo algo de especial. Hoy es un día especial, desde luego, porque presentamos un libro de Vicente Cristóbal, maestro común de muchos discretos, y maestro querido. Hoy, en un tiempo en el que las Humanidades se baten en retirada, nos reencontramos con alguien que forma parte de nuestra formación humanística y filológica, y por lo tanto de lo mejor de nuestra vida, de lo mejor de nosotros, y yo, sentado ahora al lado de Vicente, reparo, y perdón por ser tan poco original, en el paso del tiempo. Un día fuimos jóvenes, pero la buena noticia, enmendando la plana a Neruda, es que, en buena medida, nosotros, los de entonces, seguimos siendo los mismos.
Me propongo mantener con Vicente una conversación amable y provechosa, pero no quiero renunciar, siquiera brevemente, a expresar lo que he encontrado en la lectura de En el huerto, porque he encontrado muchas cosas, las cosas que buscaba, las cosas que estaba seguro de encontrar. No pienso extenderme mucho, y quiero expresarme con palabras que se ajusten al estilo de este librito luminoso.
He encontrado en este libro la importancia de disfrutar las cosas sencillas: la contemplación del paisaje desde el porche, la sorpresa de los primeros almendrucos y la comida a la sombra, sobre todo cuando hay patatas fritas en la mesa, ese manjar que, como nos recuerda el autor, no estuvo al alcance del Cid, ni de Alfonso X, ni, yendo aún más atrás en el tiempo, de Moisés, Jesús o María.
He encontrado el respeto a los seres más pequeños: los ratones; las plantas que crecen libres en el huerto; los pájaros, envueltos en los versos luminosos de Eloy Sánchez Rosillo. Qué generosidad la de Vicente Cristóbal, capaz de dejar cebada para los gorriones y capaz de perdonar a los mirlos porque picotean las lechugas. O los animales injustamente olvidados y tan necesarios en otro tiempo: las mulas, los burros.
También he encontrado una idea recurrente y hermosa de la que después nos hablará nuestro autor: la mutabilidad, el cambio de las cosas, expresada en la metamorfosis incluso en forma de canción y manifiesta en la generación de la vida, como demuestra esa explicación tan plástica y directa gracias a la cual sabemos que de los deshechos más humildes surge el bendito milagro de la verdura que nos alimenta.
He encontrado todo esto porque estas páginas están escritas por un educador, un pedagogo, cuya buena mano se aprecia al no ocultar a las destinatarias de sus relatos la presencia de la muerte (la del entrañable perro Tom, por ejemplo, o la de la señora portera, la ilustre gallina negra) ni la luz de la trascendencia; al contar lo que cuenta con una erudición sutil, suave, llena de amor; al reivindicar la importancia de la lectura y al cumplir con tanta sencillez con su más que reconocida misión de estudioso de los clásicos grecolatinos, y ahí están Cicerón, Homero y Ovidio para corroborarlo, y ahí está, por cierto, esa genial y divertida explicación que sirve a sus sobrinas nietas para entender por qué, sin llamarse Felipa, son felipas.
He hablado de sencillez, y quiero insistir en la importancia que cobra el despliegue de un estilo sencillo como el que se impone Vicente para crear una atmósfera especial, para celebrar la necesidad de la belleza (a propósito, por ejemplo, de los pavos reales); ese estilo que paladea el lector cuando lee, hablando de los años jóvenes de la bisabuela de sus interlocutoras, que “entonces todavía no era tan bisabuela” (p. 26), o cuando lee, a propósito de las relaciones propias de los hermanos, imposibles sin esa rara mezcla de conflictos, afecto y complicidad, que “los hermanos a veces somos así, y tenemos que ser así” (p. 31).
Gracias, querido Vicente, querido maestro, por dejarnos entrar de tu mano en este huerto único, ese lugar adonde regresar, ese lugar al que se invita a volver con estas palabras finales que sería un desacierto y una torpeza parafrasear, así que prefiero transcribirlas y leerlas literalmente, con todo su peso y todo su sabor:
Que esta colección de aventuras con animales y vegetales, vividas en el huerto de vuestro tío o relacionadas con él, os sirva para mirar a la naturaleza, a las plantas, a todos los seres vivos, con más atención y cuidado. Y cuando seáis mayores, y el trabajo y el mundo de la ciudad os agobie, y tengáis ganas de descansar y recobrar fuerzas, venid a pisar el suelo del huerto, poblado de vida, tranquilamente sonoro, venid a la sombra de los nogales y las higueras, y renovad aquí vuestra energía, entre los pájaros, las gallinas y los gatos, para volver a lo vuestro con más ganas y hacer del mundo un gran paraíso.
Os quiero, chicas. Y no os olvidéis que en la historia de la humanidad lo primero fue el gran huerto de la naturaleza, con su vida animal y vegetal (p. 112).
Estoy seguro de que los lectores sabrán disfrutar, como Olivia, Celia y Julia María, del regalo de estas páginas y del regalo que es Vicente Cristóbal para quienes tenemos el privilegio de conocerle.
Santiago A. López Navia
Diálogo entre Santiago A. López Navia y el autor
Santiago A. López Navia: ¿Por qué En el huerto precisamente ahora en esta etapa de tu vida y de tu trayectoria creativa y académica?
Vicente Cristóbal: No hay una decisión programática. El libro es casi fruto del azar. De un impulso espontáneo, que me llevó a escribir uno de los capítulos, al que quise dar continuidad con otros parecidos, porque vi que tenía sentido.
Curiosamente es un libro que me hace volver a mis orígenes, a mi pueblo y a la cercanía con la naturaleza y con el campo, pero no es fruto de un plan demasiado meditado.
Pero sí, curiosamente responde a una vital composición en anillo: 1) Valdilecha (pueblo y campo) en mi infancia; 2) Madrid (ciudad y universidad) en mi vida adulta; y 3) Valdilecha (pueblo y campo, aunque ya menos campo y por eso, nostalgia de campo) en la actualidad, al final de mi vida laboral. Hay un regreso vital manifiesto en el libro, por vía del recuerdo consciente (y de la práctica también).
Yo mismo me sorprendo al ver la distancia entre esta prosa humilde (con solo pretensión de claridad y corrección), y la prosa académica de mis artículos (aunque siempre he tratado de hablar claro, y tengo alergia a los tecnicismos de grupo, a los acrónimos y a esas oscuridades que se inventan para crear división y distinción) o la expresión algo menos sencilla de mi poesía (aunque también prefiero la línea clara). El lenguaje directo y claro se deriva de que mis destinatarias primeras eran unas niñas de muy pocos años; esa realidad es para mí absolutamente determinante.
SALN: ¿Qué te has propuesto escribiendo este libro? ¿Qué crees que aporta su lectura a un tiempo de prisas y ruido?
VC: No otra cosa al principio, sino comunicar a personitas concretas cosas interesantes sobre el campo, el pueblo, mis recuerdos de infancia, cosas que yo creía interesantes. Luego he entrevisto y me han dicho otros que podían ser de interés para muchos más. Y eso me ha animado a proponer su publicación y difusión.
Aporta, quiere aportar, contemplación y silencio y escucha ante la naturaleza y la vida en un huerto. Y mirada a lo que se abandona. Tal vez algún conocimiento para algunos contemporáneos. Y si es posible, querría llamar la atención sobre el contemporáneo abandono, menosprecio u olvido de todo ello.
SALN: ¿Cuánto hay (si lo hay, y yo creo verlo) de resistencia o de reivindicación en tus relatos en un momento en el que la naturaleza está tan amenazada?
VC: Mucho. Soy un reivindicador nato de muchas realidades del pasado que no considero caducadas, un laudator temporis acti, que trata con mucha dificultad de acomodarse al progreso de las máquinas y la digitalización, a los obstáculos crecientes de la vida urbana, con sus inútiles y complicadas burocracias, y tengo mucha añoranza de la simplicidad de lo antiguo. Creo que el contacto con la naturaleza y el campo es beneficioso y sanador para el ser humano, y en consecuencia hay que cuidarlo y defenderlo de contaminaciones y usos indebidos.
SALN: Háblanos de esa idea recurrente y tan transversal de la metamorfosis que hay en tu libro.
VC: Sí. Evidentemente es una idea recurrente. Me la alimenta no solo el gran Ovidio con su grandioso poema (cuya idea central tan brillantemente suena en el discurso de Pitágoras al final de la obra), sino también y previamente las evidencias de la realidad: en el mundo y la historia, y en la vida humana hay una continua metamorfosis, una continua mudanza, un proceso de cambio continuo…
SALN: Lo hayas pretendido o no, en cierto sentido En el huerto tiene mucho de legado por su mensaje y su valor educativo. ¿Sientes que es así? ¿Concibes ese legado solo para Olivia, Celia y Julia María o te gustaría que también lo entendieran otros niños?
VC: Sí, lo veo, y me alegro de que así sea. Aunque es un mensaje hoy muy repetido. Me sumo a esa voz que clama por atender a lo que estamos perdiendo (y recuerdo al propósito un libro estupendo de Miguel Delibes, Un mundo que agoniza, en el que se sitúa en esta dirección, como en casi todas sus otras obras, por ejemplo, en su novela El disputado voto del señor Cayo). Yo –repito lo que antes decía— soy muy de retaguardia, no diré “retrógrado” (o quizás sí, cuando dar pasos atrás me parece útil y necesario), pero sí afanoso de salvar lo que yo creo que estaba bien y no hay por qué cambiar, sí de salvar lo que aún sirve y no ceder al cambio por el cambio, y al progreso o presunto progreso por fanatismo ante lo nuevo… Muchas cosas nuevas las veo como un atraso. Y mi gente y mis amigos ya lo saben, y se ríen de mí, condescendientes, cuando a veces exagero.
No, no lo concibo solo para Olivia, Celia y Julia, sino para quien quiera leerlo. El subtítulo lo aclara: Niños o mayores “cansados de ser urbanitas”, o gente de pueblo con ganas de recordar lo que había y ya hemos perdido o estamos perdiendo.
Y sobre todo, a quien quisiera añadir aquí como nuevas e inmediatas destinatarias es a Carmen, mi sobrina nieta, nacida solo hace dos meses y pocos días, y a Violeta, mi nieta, que solo tiene dos semanas.
SALN: Que el huerto te ha inspirado es evidente, porque de otra forma no habrías escrito este libro. ¿Te ha servido de inspiración para otras obras, o incluso para estimular tu tarea como latinista? ¿Ha sido y es, digamos, tu locus amoenus?
VC: Sí, soy nostálgico del campo y de la naturaleza. Viví una infancia libre y campestre. Y luego me he encerrado (he tenido que vivir) en la urbe, pero el corazón se me disparaba hacia el campo de mi infancia. El huerto al que aquí me refiero, que es un referente real, recoge toda esa tendencia mía.
Por eso me gusta la literatura que habla de la naturaleza. Por eso, en parte, creo que hice mi tesis sobre las Bucólicas de Virgilio en la tradición pastoril española (el tema se lo propuse yo a mi maestro y director del trabajo). Por eso escribo poesía con adhesión y frecuente tendencia a lo natural, a lo vegetal, a lo rústico (frente a muchos otros poetas que se declaran urbanitas con mucho énfasis). Por eso me gustan Virgilio y Garcilaso, y por eso me gusta Gabriel y Galán, al que muchos en la actualidad desdeñan, menosprecian o minusvaloran.
Y sí, el huerto de este libro no es una utopía, es una realidad, existe y me sirve de retiro, de medicina para el alma y el cuerpo, lugar de contemplación, de trabajo gozoso y no ímprobo (lo digo por aquella sentencia de Virgilio, tan certera, del labor omnia vicit/ improbus, con el adjetivo encabalgado…), de lugar para la amistad, para la lectura, la escritura o la pintura, para la meditación y la oración: es mi locus amoenus, sí.
Y me ha servido de inspiración poética a veces, sí. Por ejemplo, un soneto titulado “Ciparisenta”, de mi libro El paraíso y el mundo, trata de describir la cabaña y sus alrededores en ese espacio que llamamos huerto:
Nuestra cabaña, rústica y sencilla,
que en ladrillo, madera y piedra dura
modeló de albañil mano segura,
se asienta no muy lejos de la villa.
Es aquí nuestro huésped la abubilla,
que ostenta ante el ciprés su galanura,
la tórtola, que gime su amargura,
el conejo fugaz, y alguna ardilla.
El gallo nos despierta muy temprano
y nos pregona el jubiloso aviso
de la luz placentera del verano;
nuncio de primavera es el narciso;
otoño nos da el oro del manzano…
Todo es recuerdo aquí del paraíso.





