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“Los mil sueños de Elena Fortún”, de Marisol Dorao

Por David Torrejón

Supe que había una biografía publicada de Elena Fortún –la única hasta el momento– por una entrevista en La Ser que escuché en forma de podcast. Me llamó la atención que la protagonista del programa fuera Marisol Dorao, madre de mi amigo Ignacio González Dorao. Por él yo sabía que había fallecido unos años antes y que había sido una destacada profesora universitaria, filóloga y traductora, además de una persona extraordinaria. Pero, gracias al programa, supe que había publicado una biografía de la creadora de Celia en el año 2000, y que Ignacio y sus hermanos acababan de reeditar ese libro como un homenaje a su madre.

En cuanto terminé de oír la entrevista, le puse un mensaje a Ignacio para darle la enhorabuena y pedirle el libro. En dos o tres días lo tenía en mi poder y ya lo he terminado.

Celia y yo

Pero, antes de seguir con la obra y sus extraordinarias circunstancias pasadas y presentes, permítaseme la pedantería de hacer un pequeño apunte autobiográfico para explicar por qué me interesa la figura de Elena Fortún. 

Los libros de Celia llegaron a mis manos gracias a una espontánea madrina cuyo nombre no recuerdo. Mis veraneos infantiles en Oteruelo del Valle (pueblecito del Valle del Lozoya cercano a Rascafría) daban para muchísimo, supongo que como los de todos los chicos de 12 o 13 años que podían entonces disfrutar tres meses de vacaciones: deporte, juegos en pandilla, excursiones que hoy no permitirían padres en su sano juicio, y lectura, mucha lectura. Tanta, que los libros que llevaba conmigo al pueblo los terminaba en pocos días y empezaba a leer hasta los prospectos de los medicamentos. Fue mi madre, y no comprendo por qué extraños vericuetos, la que vino en mi ayuda. Digo extraños porque apenas salía de nuestra casita, siempre en construcción y, sin embargo, logró hacerle saber de mi fiebre lectora a una vecina que vivía en una casa cercana, pero a la que resultaba bastante complicado llegar, pues había que salir a la carretera principal y andar unas cuantas decenas de metros. Las madres tienen superpoderes.

Al recordar ahora los detalles me hago preguntas que, como niño, no pasaron por mi cabeza. La vecina era una mujer joven y muy guapa que veraneaba en Villa Joaquina, un coqueto chalecito con cubiertas de teja y enrejados verde pálido. El dueño era un tal don Venancio, hombre que no tenía trato con nadie de por allí y del que me queda la borrosa idea de que era médico. Don Venancio, de ahí las preguntas, era un hombre bastante mayor que esta joven, aunque no tanto como para ser su padre. También recuerdo que tenía un coche entonces de lujo, digno de médico: un Renault 10.

Por esa mediación inverosímil de mi madre, esta hada madrina estuvo proporcionándome libros y libros durante un verano. Y qué libros: Stevenson, Verne, Salgari, Melville, Poe, Agatha Christie… y Elena Fortún. Siempre recordaré esas deliciosas siestas sin pegar ojo en las que exploraba tierras exóticas, navegaba por los confines del mundo, buscaba culpables de asesinato o ahogaba como podía mis carcajadas ante las ocurrencias de Celia y compañía. Y tampoco olvidaré ese día en que me acerqué a Villa Joaquina en mi bicicleta para devolver los libros (una bolsa oscilante colgada del manillar) y mi hada me invitó a tomar un Cola Cao con unas pastas que ella misma había hecho. Prefiero no pensar en las simplezas que le respondería cuando empezó a interrogarme por mis lecturas. Y me pongo rojo retrospectivamente, seguro como estoy de que apuré la bandeja hasta no dejar ni las migas, a pesar de que habría merendado ya una barra de pan, bien untada con una lata entera de fuagrás. 

Entonces, aún más que ahora, me encantaba el género humorístico y Celia me abrió la puerta de un humor diferente, que ponía en jaque las reglas de la lógica convencional. Poco después me hice comprador regular de La Codorniz, con solo catorce o quince años.

Villa Joaquina sigue en su sitio. De hecho, puedo verla desde la terraza de nuestra casa de Oteruelo en la que escribo esto, y que está cerca de aquella que fue de mis padres. El chalecito está abandonado y pronto será una ruina. Si alguna vez viera a alguien por allí, me acercaría a preguntar por mi ángel de la guarda lectora, pero me temo que lo próximo que verá la casa será la piqueta. En cualquier caso, si alguien sabe algo de ella, le ruego que le transmita mi agradecimiento más sincero, aunque sea con medio siglo de retraso.

Los mil sueños

Y ahora vuelvo a Los mil sueños de Elena Fortún, de Marisol Dorao. El título es una paráfrasis de una obra de Eusebio de Gorbea llamada Los mil años de Elena Fortún, cuyo argumento se adelantó unos cuantos años al Orlando de Virginia Woolf. Eusebio era el marido de Encarnación Aragoneses y, según parece, le puso nombre a muchos de los personajes de Encarna, como Cuchifritín o Matonkiki, además de título a varias de sus obras. Quizás él mismo le sugirió el seudónimo, o quizás ella lo eligió como homenaje a su marido y a su credo de entonces, la Teosofía, dado que Elena era una viajera en el tiempo merced a sucesivas reencarnaciones. Debió de ser lo único que este buen hombre –militar con una pequeña carrera literaria (estrenó alguna obra teatral con la compañía de Margarita Xirgú, autopublicó la novela citada y terminó alguna buena traducción del francés)– hizo por su mujer.

Es difícil hablar de una biografía sin destriparla, por lo que me limitaré a dejar algunas ideas que me han surgido tras su lectura.

La primera, es que yo, como seguramente la gran mayoría de los celiadictos, estaba completamente equivocado. Elena/Encarna no era, como muchos habremos supuesto, una mujer de la alta burguesía madrileña que se entretenía escribiendo para niños mientras el servicio le preparaba un té con pastas. Su infancia estuvo marcada por las carencias materiales. Su madre presumía de ser descendiente directa de una noble familia vasca, pero eso no tenía reflejo alguno en lo material. En realidad, solo le daba excusas para mantener a su hija aislada de cualquier amistad poco digna de su supuesta cuna. Su padre, por su parte, era un alabardero nacido en el modesto pueblo segoviano de Abades.

Más adelante, ya casada, sus medios tampoco estuvieron ni por asomo al nivel de las familias de sus protagonistas infantiles.  Obviamente, Encarna fue muy consciente de para quién escribía desde el mismo momento en que empezó a colaborar con Gente menuda (sección infantil de Blanco y Negro) por recomendación de María Lejárraga, y actuó en consecuencia. Seguramente el haber asistido colegios de pago, vivido en pisos de buenas zonas (su padre dejó la guardia del Palacio Real para administrar los pisos de un familiar), las relaciones que le proporcionó su amistad con María y su marido Martínez Sierra y, sobre todo, su prodigioso oído para captar el habla de quienes la rodeaban, le dio suficiente material como para que todos pensásemos que era una auténtica burguesita del barrio de Salamanca.

La segunda idea que me asalta es la mala suerte que tuvo con su familia. Su marido, que no triunfó ni en el teatro ni en la novela, llegó a estar muy celoso de su éxito y lo minimizaba. Su hijo Luis nunca, ni siendo adulto, fue consciente de lo importante que era su madre para decenas de miles de lectores. Tanto es así que su viuda entregó a Marisol Dorao los papeles y originales de Encarna que conservaba en su casa de EEUU, pensando que no valían nada, algo de lo que luego se arrepintió, en lo que parece una magnífica revancha del destino por lo mal que se lo hizo pasar a Encarna cuando vivió unos meses con ella y su marido.  Resulta doblemente injusto este poco aprecio, cuando no desprecio, por su obra, si pensamos que su familia prosperó en muchas fases gracias a los ingresos que aportaba su madre a costa de un tremendo esfuerzo.

La tercera reflexión que me produce la biografía es la profundidad del viaje ideológico que hizo Encarna a lo largo de su novelesca vida, y lo importante que era para ella sentir su existencia anclada a una base sólida. Algo que hoy nos resulta casi extraterrestre en esta sociedad de lo material. Como niña rebelde que fue y a pesar de su madre, Encarna aborreció pronto la religión católica a la española. Ya escritora, formó parte de los círculos femeninos y feministas que surgieron a finales de los veinte en Madrid, articulados en torno al Lyceum español y la Residencia de Señoritas. Quiso que sus hijos se educaran en la Institución Libre de Enseñanza, formó parte de alguna sociedad lésbica y se dejó arrastrar por las ideas de la entonces emergente Teosofía, viaje en el que le acompañó su marido y que indirectamente le costó la vida a Bolín, su hijo pequeño.

Durante la Guerra Civil, Encarna colaboró de forma entusiasta con publicaciones de la zona republicana escribiendo reportajes desde distintas ciudades. Pero los golpes que le iba dando la vida, además del trauma de la pérdida de su hijo, siguieron sumando peso en su mochila. En su exilio bonaerense, cuenta ella misma, descubrió otra religión católica, mucho más abierta, comprensiva e igualitaria y se agarró a ella con un entusiasmo que ya no abandonará, y que le hará sufrir doblemente a su vuelta a España, cuando se encuentre con una Iglesia peor incluso que la que había vivido en su juventud, porque ahora detentaba más poder.

La cuarta idea es literaria: resulta realmente increíble que Encarna fuera capaz hasta sus últimos días de meterse en la piel de niños y adolescentes para hacer que sus lectores lo pasaran bien (sin dejar de lanzar cargas de profundidad contra las convenciones sociales). Hoy día, cualquiera con la vida que le tocó vivir habría hecho de ella una autoficción constante. Es verdad que escribió una novela claramente autobiográfica, Oculto sendero, pero no se publicó en vida, y también que muchas obras incluso de la serie de Celia tienen un trasfondo autobiográfico, como Celia en la revolución, pero Encarnación Aragoneses no da la cara en ellas más que a través de sus personajes. Oculto sendero y Celia en la revolución, por cierto, fueron dos de los originales recuperados por Marisol Dorao.

Justo y tardío interés

De repente, quizás por el próximo sesenta aniversario de su muerte, Elena Fortún ha vuelto a despertar interés después de muchos años de semiolvido. De hecho, lo viene haciendo desde hace unos años en círculos que la han convertido en un icono feminista y homosexual. Feminista lo fue en muchas fases de su vida, aunque en otras se martirizó por no haber cumplido con sus “deberes” de esposa y madre. Pero incluso al final de sus días aconsejó a Carmen Laforet no casarse para que no le pasara lo que a ella. En cuando a la homosexualidad, Marisol Dorao dice que recibió de su nuera el original de una novela sobre relaciones lésbicas ambientada en una residencia, por lo que no cabe duda de que en su etapa madrileña asociada a los círculos intelectuales feministas, alguna experiencia tuvo. Luego renegó de todo ello, incluso de la mayoría de las amigas que hizo entonces. Elevándolo a un plano espiritual, su gran amor de madurez y hasta su misma muerte fue la argentina con raíces británicas, Inés Field, una intelectual muy católica, precisamente la mujer que le mostró ese otro catolicismo que tan fuertemente abrazó. 

Elena Fortún

En cualquier caso, todo este renovado interés por la escritora debe mucho, muchísimo, a la labor de Marisol Dorao. Sin ella, buena parte del material (correspondencia, diarios, borradores…) se habría perdido. Gracias a ella, aquellos que nos preguntábamos quién era Elena Fortún (una deuda imperdonable de la Editorial Aguilar, que la estuvo explotando toda su vida de escritora con contratos leoninos) ahora podemos tener respuestas globales en esta obra, y parciales en las que se han escrito y se seguirán escribiendo sobre ella. Encarnación Aragoneses fue amiga de María Lejárraga, Carmen Conde, Carmen Laforet, Esther Tusquets y otras escritoras. Fue tan popular e influyente o más que ellas, pero había quedado relegada a un segundo plano de un segundo plano (el de las mujeres escritoras) por haberse dedicado fundamentalmente a la literatura infantil y también, creo yo, por su exilio exterior e interior.

Hoy está dejando de ser así, y eso se lo debemos en una parte importante a Marisol Dorao. A su tesón, que la llevó a viajar por Canarias, Argentina y Estados Unidos para seguir la pista de Encarna. A su inteligencia, constancia y capacidad de trabajo. La historia de cómo pudo armar esta biografía, sería sin duda otra apasionante novela. 

El libro se puede conseguir a través de la página www.elenafortun.es

P.S.: Justo cuando estoy terminando estas líneas me encuentro con esta noticia en El País.  https://elpais.com/cultura/2021-12-05/el-misterio-del-donante-anonimo-que-devolvio-el-manuscrito-desaparecido-de-celia-en-la-revolucion.html?rel=buscador_noticias

Estoy seguro de que el original es el mismo que rescató Marisol Dorao y que ella entregó a la editorial para que se publicase la obra, y que esta nunca le devolvió. Como en realidad no era suyo, seguramente haya decidió hacer esa donación anónima. Mejor así. Marisol Dorao sufrió de Alzheimer durante bastantes años antes de morir, y estoy seguro de que, de no haber sido por eso, habría defendido sus derechos con eficacia. Acabo de oír un podcast de 2016 de Documentos RNE (¿Quién fue Elena Fortún?) en el que se sigue su biografía y se seleccionan exactamente los mismos párrafos de cartas y escritos de Encarna elegidos por Marisol para su biografía. Sin embargo, apenas se la cita de pasada al final del programa. Incluso la editora de Sendero Oscuro dice que el original le llegó “por una serie de casualidades”. Esa casualidad tenía nombre y apellidos y era la filóloga Marisol Dorao.

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