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Por Luis Junco

No conocía a William Saroyan. Hasta que hace unos días Emilio Gavilanes me recomendó leer Mi nombre es Aram y quedé maravillado por la bella sencillez y profundidad de sus relatos de infancia y juventud. 

Y noté una curiosa afinidad entre uno de los cuentos de este libro y un relato de Del álbum de un cazador, de Turguéniev. Y he intentado en ver cuál fuera esa sintonía entre los dos relatos. Y me parece haber encontrado algo. 

El relato de Saroyan es el que se titula Los tres nadadores y el tendero de Yale. Tres jóvenes desafían el invierno y el agua helada de una acequia cenagosa y se sumergen en el agua heladora y peligrosa, uno detrás de otro, a pesar de riesgo que suponen las aguas tan frías y turbulentas. Nadan y emergen al otro lado de la acequia como si hubieran lidiado contra la naturaleza, felices, vivos. Y se van a comer algo a una tienda cercana. Y allí se encuentran con un tendero de lo más curioso: Abbott Darcous. Después hablar con ellos y conocer lo que han hecho, los alaba de manera extraña pero entusiasta:

Era un anciano de aspecto divertido y juvenil. 

¿Dónde habéis estado, muchachos?, dijo. Nadando, dijo Joe. ¿Nadando? Claro, dijo Joe, le hemos enseñado a ese río quiénes somos. ¡Que me escarifiquen!, dijo el tendero, ¿Y qué tal estaba el agua? No cubría ni un metro, dijo Joe. ¿Fría? Helada. ¡Que me cultiven, dijo el tendero, ¿Os habéis divertido? ¿Nos hemos divertido?, preguntó Joe a mi primo Mourad. No lo sé, dijo mi primo Mourad, Al zambullirnos nos hemos quedado clavados en el barro hasta los codos. No ha sido fácil liberarse del barro, añadí yo. ¡Que me poden!, dijo el tendero. 

Abrió otra lata de judías, se metió un buen puñado en la boca con la ayuda de un tenedor y repartió el resto en los tres platos de papel.

No tenemos más dinero, dije yo. Decidme una cosa, muchachos, dijo el tendero, ¿por qué lo habéis hecho? Porque sí, dijo Joe con la irrevocabilidad de un muchacho que tiene demasiados motivos para enumerar en poco tiempo, y la boca llena de judías y pan francés. ¡Que me apilen y me quemen!, dijo el tendero, decidme, ¿de qué raza sois? ¿De California, extranjeros? Somos todos de California, dijo Joe, Yo nací en Fresno; Mourad nación en Walnut Avenue, o en algín lugar al otro lado de las vías de la Southern Pacific, supongo, y mi primo por esa zon también. ¡Que me rieguen!, dijo el tendero, Decidme, muchachos, ¿qué clase de educación tenéis? No tenemos ninguna educación, dijo Joe. ¡Que me arranquen de un árbol y me metan en una caja!, dijo el tendero, Decidme, muchachos, ¿qué otras lenguas habláis? Yo hablo portugués, dijo Joe. ¿Y dices que no tenéis estudios?, dijo el tendero, Yo me licencié en Yale, amigo, y no sé hablar portugués, ¿y tú, hijo? Yo hablo armenio, dijo mi primo Mourad. ¡Que me coja de una parra y me coma uva por uva una muchacha adolescente!, dijo el tendero, Yo no hablo ni una palabra de armenio y soy licenciado, de la promoción de 1892, Dime, muchacho, ¿tú cómo te llamas? Aram Garoghlanian, dije yo. Creo que puedo pronunciarlo, Gar-oghlan-ian, ¿es así? Sí, es así, dije yo. Aram, dijo él. Sí, señor, dije yo. ¿Y qué extraña lengua extranjera hablas tú?, dijo él. Armenio, también, dije yo, Este es mi primo, Mourad Garoghlanian. Que me escarifiquen, me cultiven, me poden, me apilen y me quemen, me arranquen de un árbol y… ¿qué, más, a ver?!, dijo él, Ah, sí, creo que era que me metan en una caja, y que me coja una parra y me coma uva por uva una muchacha adolescente. Sí, señor, eso no hay quien lo supere.

Y los tres muchachos, después de eso, al salir de allí, debaten si el hombre es un loco o alguien que les desconcierta pero al tiempo les atrae. 

Así acaba el relato:

Durante el camino hacia casa recordamos al tendero culto. 

-Que me cultiven -dijo Joe al separarse de nosotros y alejarse de la calle. 

-Que me arranquen de un árbol y me metan en una caja -dijo mi primo Mourad. 

-Que me coja de una parra y me coma uva por uva una muchacha adolescente -dije yo.

Definitivamente, era un tipo curioso. Veinte años después, llegué a la conclusión de que era un poeta y había llevado aquella tienda en aquel pueblo dejado de la mano de Dios sólo por la poesía fortuita, no por el mísero dinero. 

El relato de Turguéniev se titula Cantores. Un día seco y caluroso de verano el cazador y su perro llegan a una aldea, Kolotovka, en la falda de una colina. Junto a un barranco de cauce reseco hay una barraca que hace de taberna, de nombre La Bienvenida, a donde los hombres de la zona acuden a beber y a competir cantando canciones. El tendero, en este caso, es la persona que regenta la barraca, Nikolái Ivánich, a quien ya conoce el cazador y a quien atribuye una innata habilidad para atraer y retener a sus clientes, quien, a su manera, se sienten felices ante su bebida bajo la mirada tranquila y hospitalaria de anfitrión tan flemático. Ese día, en La Bienvenida, llena de parroquianos, hay se produce una de aquellas competiciones. Dos cantadores de la zona compiten por ver quién emociona más a los oyentes: Yashka el Turco y el Contratista de Zhidra. Ambos cantan, cada uno en su estilo, y al final, es claro cuál es el vencedor. Desde una esquina, el cazador es testigo emocionado de aquel duelo y de quien sale vencedor.

Confieso que pocas veces había escuchado una voz como la suya: algo rota, sonaba cascada, hasta sugería enfermedad; pero también contenía ignotas profundidades apasionadas, y juventud, y fuerza, y dulzura, y alguna clase de atractiva despreocupación, y una piedad lúgubre. Resonaba y respiraba por ella el sonido honesto y fiero de Rusia, y simplemente nos atrapó por el corazón, tocó nuestra fibra más puramente rusa. 

Todos los parroquianos comparten aquella misma y misteriosa emoción, las lágrimas se deslizan por sus rostros hirsutos, llenos de arrugas y hollados por los avatares de la vida. Se sienten renacer, transformados. 

Recordé una noche, con la marea baja, sobre la orilla de suave arena de un mar rugiente y tonante en la distancia, con cada nueva y poderosa ola, cuando vi una enorme gaviota blanca. Estaba quieta, su penacho suave giraba hacia el rojizo fulgor del crepúsculo y solo de vez en cuando desplegaba las alas con parsimonia, como dando la bienvenida al mar familiar y al sol bajo y tintado de sangre; esto fue lo que me recordó escuchar a Yákov.

A mi entender, ambos relatos ponen de manifiesto el fugaz momento de la iluminación que propician el poeta y la poesía. Una iluminación que ayuda a aprehender de manera consciente la vida, esos momentos que se sienten con intensidad pero que la mayor parte de las veces se nos escurren como el agua entre los dedos. Los experimentamos, sí, pero no los saboreamos por completo. Solo la iluminación consciente es capaz de hacérnoslo “ver”. Eso es lo que el maduro Aram, del cuento de Saroyan, recuerda con nostalgia cuando rememora aquella sencilla aventura de hacía veinte años en la acequia helada y al tendero poeta. Lo que el cazador y los parroquianos saborearon en aquel duelo entre cantores en una taberna de una olvidada aldea rusa. Y lo que el Turgéniev trata de compartir con nosotros, los lectores, transformando aquella experiencia en literatura. 

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