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Por David Torrejón

¿Hasta qué punto la suerte, mala o buena, influye en nuestra vida? Qué difícil pregunta. Yo creo que tanto como nuestra volición. No es una respuesta evasiva, sino nacida de mi propia experiencia.

Por ejemplo, en mi vida profesional todos los cambios de empleo que tuve ocurrieron por decisión propia, nunca cerró mi empresa, nunca me despidieron. Yo creo que siempre acerté en los cambios, pero eso es lo de menos. Sin embargo, al principio de mi carrera las circunstancias ajenas, llámense suerte, influyeron enormemente y reservo para el final de este post el principal ejemplo que seguramente habría cambiado mi vida.

Pero el título señala a la literatura. En la reciente presentación de mi novela Memoria del descampado contaba cómo el destino ha estado aparentemente en mi contra a lo largo de los años, siempre dispuesto a frustrar lo que suele denominarse como una “carrera literaria”. Y ponía un par de ejemplos que, por la reacción del público (básicamente amigos, pero eso sí, muchos, más de 130 y luego volveré a esto también) fue de sorpresa y ¡oh! espontáneos. Y es que quienes me conocen saben que no me gusta hablar de mis cuitas en literatura.

Pero, visto que eso les impresionó, me atrevo a hacer una confesión y relato de buena parte de estas sorprendentes desdichas.

“Más lo siento yo”

Al comienzo de mis escarceos literarios tuve la suerte de que la agencia de Carmen Balcells tomara mi primera novela, Más lo siento yo, que había quedado bien en un premio literario (el Sésamo, concretamente), para su representación. En esa época, sin internet no era tan fácil dar la lata como ahora, y yo tampoco tenía mucho tiempo de darla. El caso es que pasaron meses y meses, y ya casi tenía el asunto olvidado, cuando recibí una carta de Carina Pons, mano derecha de Carmen Balcells, en la que me preguntaba si seguía sin editor. Según confesaba, habían extraviado mi original y, por fortuna, lo habían vuelto a encontrar buscando algo que presentar desde España al Premio Diana, en México. Finalmente lo habían presentado y les acababan de comunicar que estaba entre los finalistas. Que un agente literario pierda tu original no creo que sea habitual, el olvido me suena más probable. La novela fue publicada en 2000 por La Discreta, y con ello empecé a ser un autor de verdad. Mucho antes me habían largado elegantemente de la agencia cuando, soberbio de mí, protesté un poco por el trato dispensado.

“Mi querida Don Juan”

La historia de mi segunda novela, Mi querida don Juan, es un rosario de mala fortuna. Con el aval de haber entrado en la  selección final de diez títulos para el premio Ateneo de Sevilla (de la etapa anterior a Planeta) lo envié a algunas editoriales. Me respondieron positivamente de una de ellas, Temas de Hoy (Planeta). Parecía que todo estaba encarrilado por fin para que publicase en una gran editorial. Vanas esperanzas. Finalmente me llamaron para decirme que el sello cambiaba de orientación y pasaba a depender directamente de la oficina central de Barcelona, de la que me llamarían si había algo. Obviamente, entendí en seguida, con un cambio de orientación por medio nada podía haber.

Más. Presenté la novela al Premio Espasa de Humor. En aquellos tiempos del papel podías a veces retirar los originales presentados a premios. Yo había aplicado a los míos una artimaña para saber si habían sido abiertos. Al recuperarlos comprobé que no, ni uno de ellos. Ese año ganó el gran Fernando Fernán Gómez. Pero lo interesante con Espasa no fue eso: en el fondo sucedió lo mismo que le pasó a cientos de ilusos como yo. Enviada la novela ya fuera de concurso a la misma editorial, fue también rechazada para su publicación. Lo divertido fue que, pocos años más tarde, me llegó el email de un desconocido. Había visto mi nombre en una de esas largas listas de correos electrónicos en las que se difundían los contenidos antes de las redes sociales. Más o menos literalmente me preguntaba: “¿Tú eres el mismo David Torrejón que presentó a Espasa una novela sobre Don Juan?”. Sí, respondí. “Pues debes saber que por defender su publicación me despidieron”. Tal descubrimiento dio lugar a un encuentro con cañas por medio. Por lo visto, este hombre, cuya ocupación era la de abogado y su verdadera afición la geopolítica internacional, había pasado un informe positivo para su publicación. Para asegurarse, la editorial pidió un nuevo informe a otro lector. Este resultó negativo y fue al que dieron prioridad. En consecuencia, le despidieron. Pero quizás tuvo suerte, porque hoy es jefe de opinión de un importante diario online, autor de varios ensayos y habitual de tertulias radiofónicas.

Ya publicada la novela en La Discreta (2005), una productora de cine hispano italiana (eran muy hábiles pues conseguían subvenciones en ambos países para un mismo proyecto) me pidió los derechos para elaborar un guion. Todo pintaba muy bien, pero… ese año el Ministerio de Cultura decidió que no se podían subvencionar guiones adaptados, solo originales.

“Tango para un copiloto herido”

La historia de mala fortuna de Tango para un copiloto herido es aun más sangrante, aunque parezca difícil, sobre todo por sus implicaciones económicas. Ya enamorado de la labor de La Discreta, decidí no presentarla a ninguna gran editorial y lanzarme yo mismo, con el apoyo de los discretos, a hacer un esfuerzo promocional inédito en la casa. Todos pensábamos que la obra tenía mimbres para llegar a un público amplio, amante de las novelas policiacas y de suspense.

La tirada se multiplicó. Llegamos a los 3.000 ejemplares, creo recordar, que pueden no parecer muchos, pero que ya dan para colocar el título en bastantes librerías. Por mi parte, abusé de mis muchos conocidos en el mundo del marketing y los medios. Una gran agencia, Shackleton, hizo una maravillosa campaña de correo para enviar la novela a crítica y medios (ganó premios internacionales), conseguí precios muy especiales para medias páginas en Abc Cultural, publicidad digital en varios medios, entrevistas en radio y diarios, etc. Una campaña, en fin, digna del lanzamiento principal (quizás no tanto en número de ejemplares) de una gran editorial.

Pero el libro no llegaba a las librerías y eso era como tirar dinero y esfuerzo por la alcantarilla. ¿Qué había pasado? La distribuidora principal, llamada Tandem, había suspendido pagos y los más de dos mil ejemplares de la novela que estaban en su almacén no se podían recuperar hasta que se resolviera el concurso de acreedores. Cosa que ocurrió varios años después causando de rebote un serio problema de almacenaje. La verdad es que no andábamos desencaminados respecto del potencial de novela. Cuando apareció en su versión para Kindle ocupó muchas semanas un puesto entre las diez más vendidas de su clasificación (luego cayó abruptamente cuando el algoritmo decidió apostar por otro título).

“Escríbeme una foto”

Lo último en este crescendo fue lo más doloroso personalmente. Mi buena amiga Karmele Setién había dejado su brillante carrera en el mundo del marketing editorial de revistas para lanzarse como agente literaria. Se había formado para ello en EEUU y abrió su agencia en Torrelodones teniéndome a mí entre los componentes de su primera “cuadra” de escritores. Escríbeme una foto fue uno de sus primeros objetivos. No tiene que ver con la mala suerte, pero creo que sí resultará jugoso para el lector que comente la paradójica respuesta que recibió de una editorial de esas modernas y entonces famosa. No creo que sea normal incluir el informe del lector, pero en ese caso se lo filtraron. Por un lado, este decía que la novela estaba muy bien, que recordaba mucho a los proyectos de Paul Auster, pero que no recomendaba su publicación porque el protagonista (un profesor de literatura que monta un taller literario) carecía de los “altos ideales” de los personajes del estadounidense y que era en el fondo un tipo bastante mediocre. Nunca me habría imaginado que dibujar un personaje real con sus zonas claras y oscuras fuera el impedimento para publicar una novela. Karmele decidió llevarse el proyecto, junto con otros, a la Feria de Frankfurt, pero poco después tuvo que dejarlo todo para cuidarse de una enfermedad que, finalmente, nos la arrebataría. Karmele me había abierto la puerta de la revista Dunia a finales de los ochenta para que publicara allí uno o dos cuentos, no recuerdo bien, y éramos grandes amigos. Perder a mi agente fue duro, perder a mi amiga, muchísimo más.

Ya publicada en La Discreta (2015), la novela tuvo una muy buena acogida, dentro de las posibilidades de la editorial. Alberto Olmos, escritor y crítico que no se caracteriza precisamente por su complacencia, decía que merecería haber sido publicado por la editorial La Soberbia, haciendo mofa de La Discreta. Lo hacía en una entrada de su blog donde examinaba cosas que se había obligado él mismo a leer para catar (y poner a caer de un burro) esos “otros mundos literarios que están en este”, confundiendo por desconocimiento a La Discreta con una de tantos cientos de editoriales de fortuna que campan por ahí. Que fuera el único título que le gustase no era casualidad y quizás debería de haber ahondando más en el catálogo de esa que merecía ser La Soberbia.

¿Mala o buena suerte?

Todo esto ocurría en una parcela de mi vida muy concreta, mientras las demás se desarrollaban con fortuna. Como comenté en la presentación, no cambio tener 120 amigos en una sala, mi familia, el trabajo que tuve y que disfruté, por esa gloria literaria a la que quizás, solo quizás, habría llegado tras publicar en una gran editorial o ganar un premio importante. Vivir de la literatura era y es un sueño al alcance de muy pocos. Un sueño que puede incluso resultar venenoso si se transforma en realidad, como describe muy bien Alfredo Gómez Cerdá en su colección de relatos Oficio miserable (La Discreta, 2005). Quizás por eso y porque no soy de familia pudiente ni he tenido nunca vocación de bohemio, opté por lo más cercano y lo siguiente que más me atraía, el periodismo. Hijo de un obrero autónomo, siempre di prioridad a llevar a casa el sustento y dejé la literatura para las vacaciones y los puentes. ¿Fui un cobarde? Quizás solo sensato.

Ahora, lo que dejé pendiente. Cuando terminé la carrera fui admitido para hacer prácticas en Radio Exterior, de RNE. Al terminarlas me contactaron para decirme que habían propuesto mi contratación para la redacción de la emisora y que me llamarían de Personal para firmar el contrato. La llamada fue para otra cosa: para informarme de que la dirección del ente acababa de firmar un acuerdo con los sindicatos según el cual tenían prioridad sobre mi candidatura los más de doscientos que constaban en una lista que habían negociado. ¿Qué habría sido de mis carreras profesional y literaria si hubiera entrado en la radio pública? Nadie lo sabe, pero, seguramente, algo bastante distinto a lo que después han sido. Y, por cierto, no me quejo de ellas en absoluto.

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