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Recientemente ha corrido por las redes sociales un vídeo en el que Dick Van Dyke, a sus 99 años, hacía una demostración insólita de facultades instigado por Chris Martin, de Coldplay. Contemplarlo me ha llevado a mi infancia y a reflexionar sobre la influencia de las películas que vemos de pequeños. Y debo reconocer que Mary Poppins, que lanzó a la fama a Van Dyke y consolidó a Julie Andrews como estrella, seguramente me marcó para siempre en algunos aspectos.

Mary Poppins se estrenó en España en 1965. Probablemente yo no la vería hasta 1968. Las películas de ese tipo duraban años en cartelera. Mis padres me llevaban a verlas a los cines del centro porque en nuestro barrio de las afueras no había salas. Juraría que eso ocurría normalmente en Navidad, dado que mis recuerdos están empañados por el frío, las luces y los escaparates de juguetes de la Gran Vía.
Es probable que las viera casi todas, pero solamente dos o tres me dejaron huella. La más antigua, Bambi, cuya escena de la muerte de la madre alcanzada por disparos de los cazadores me sobrecogió enormemente. Esa fantasía, si bien estilizada e idealizada, me puso sin embargo frente a la realidad, la certeza y la irreversibilidad de la muerte. Mi aversión por la caza, y seguramente la de muchos chicos de mi edad, seguro que tuvo mucho que ver con esa humanización de los animales tan conseguida por Disney. La siguiente en el tiempo cuyo impacto recuerdo claramente fue Peter Pan. En Memoria del descampado recupero un recuerdo propio de mi temprana edad: cuando le quise demostrar a mi padre en la escalera de nuestro bloque que podía volar como Peter, tan convencido estaba de que mi sueño de esa noche había sido realidad. Si no me llega a agarrar a tiempo me habría estampado.
Y la tercera, sin duda, fue Mary Poppins.
En 1968 Europa entraba en un nuevo periodo cultural y político con su origen en París, como había ocurrido casi dos siglos antes. Sin embargo, a los españoles no nos llegó apenas nada de lo que ocurría más allá de la frontera. Digo apenas porque el diario Madrid se atrevió a contar alguna repercusión en el país y eso le costaría su posterior cierre y voladura, a pesar de la “aperturista” Ley de Prensa de 1966 llamada ley Fraga, por cierto, aún vigente. Lo más cercano a moderno que se permitía ese año por aquí era la minifalda de Massiel en Eurovisión.
Nada de eso estaba en la cabeza de un chaval de diez años que acababa de cambiar de barrio, colegio y amistades.

Pero diría, acogiéndome a la caricatura, que Mary Poppins fue un poco mi Mayo del 68 particular. Mary era una mujer independiente (empoderada, diríamos hoy) y más lista que cualquier hombre que apareciera en la película. No estaba atada a nada, ni siquiera a su amigo Bert (Dick Van Dike) con el que tenía un vínculo indeterminado y sobre el que no dejaba de hacerme cábalas: ¿Eran novios? ¿Solo amigos? Era importante para mí tener una respuesta, un patrón en el que encajar su forma de relación como no conocía otra igual a mi alrededor.
Hay que recordar a los más jóvenes el momento sociológico en el que vivía ese chico, recién llegado a un colegio religioso, aunque fuera bastante más abierto de la media (salesiano). Entonces las buenas madres no trabajaban fuera de casa por definición. Se dedicaban a la crianza y a la casa (un trabajo ímprobo dada la media de criaturas por hogar de entonces). El hombre era el rey de la casa. Basta ver la publicidad de la época, de un machismo que hoy nos parecería ridículo si no fuera sangrantemente actual entonces. Por no tener, no tuve ni profesoras desde la maestra del parvulario (que por cierto me sacudía con la regla de canto en la cabeza). Aunque, ahora que lo pienso, tuve una profe futura viviendo en casa: mi prima Marisol, que vino de Tarragona para estudiar Magisterio en Madrid. Ella y su hermana Paquita, dueña de una imaginación arrolladora, me tenían deslumbrado.
Supongo que Mary es tan culpable como ellas de que las heroínas de muchos de mis libros sean independientes, inteligentes (discretas, se decía en el Siglo de Oro) y manejen a los hombres a su antojo. La Julia de Mi querida Don Juan es el mejor ejemplo. Pero también la Carmen de Escríbeme una foto, o la Elena de Más lo siento yo. Y no es casual que una madura pero reconocible Mary sea uno de los personajes importantes de mi obra El banco (2019, La Discreta) y en ella se describa su poco ortodoxa relación con un tal Burt.
Esta mirada atrás me hace reflexionar sobre la importancia de los relatos que mamamos en momentos clave de nuestra formación como personas. Supongo que junto a Mary Poppins me llegaron dos mil historias en las que el protagonista era un machirulo de libro. Pero no bastaron para borrar la huella de la institutriz creada por Pamela Lyndon Travers (seudónimo de Helen Lyndon Goff, de vida realmente novelesca, ver Wikipedia), afortunadamente.
A alguien le parecerá políticamente incorrecto que hable en positivo de un producto de Disney sin aprovechar para hacer denuncia de toda la ideología encerrada en sus películas. Ese sería otro escrito. Por lo que sea, quizás por una increíble casualidad si nos atenemos a la relación de Disney con la escritora (interesante comprobarlo en la película de 2013 Saving Mr. Banks), a la cantidad de escenas modificadas o suprimidas sobre la marcha, a la decisión de trasladar el momento del periodo de entreguerras a la Inglaterra eduardiana, y sobre todo, a una completa reinvención del carácter de la protagonista (con muchos ángulos oscuros en la novela), lo cierto es que el bueno de Walt dio a la luz una obra para mí imperecedera.
Solo siete años después ese chico hacía deporte corriendo por Moncloa y la Ciudad Universitaria delante de “los grises” y, por supuesto, se había olvidado aparentemente de Mary Poppins, es más, se habría dejado arrancar lentamente las uñas una a una antes de comentar en público nada positivo de la película.




