El mudejarillo, de José Jiménez Lozano (Barcelona: Anthropos, 1992)

Portada El mudejarillo

Por Emilio Gavilanes

 

Para María y Jorge, que me regalaron este libro

 

Vaya por delante mi juicio sobre este libro, que debería ir al final, como conclusión, tras sopesar sus méritos, pero es que estoy impaciente por decirlo: esta novelita es una obra maestra de la literatura española. Aunque quizá la expresión obra maestra sea demasiado rimbombante para un libro tan humilde, tan silencioso, tan poquita cosa como este (aunque tan lleno de luz y tan grande). Quizá sería mejor decir algo más sencillo: Qué libro tan bonito, por ejemplo.

El mudejarillo al que alude el título es fray Juan de Yepes, san Juan de la Cruz, ese hombre pequeño, callado, moreno, que parece morisco, o mudéjar, al que vamos viendo, en sucesivos cuadros y episodios, de niño, de mozo y de hombre. La gente que va apareciendo, lo mismo que los sucesos a los que asistimos, son todos muy modestos. Por ejemplo, el único milagro que se cuenta es el de un pedrisco que fray Juan consigue desviar con oraciones del huerto del convento, en Segovia, un pedrisco que acaba descargando en Zamarramala, y destruyendo la cosecha, y los de Zamarramala quieren matar al fraile, pero él va al pueblo y se presenta como el fraile del milagro, y tras un diálogo inesperado todos acaban riendo. Y ese es el milagro.

No es una biografía, no hay noticias de fechas, de viajes, no hay datos, y sin embargo sentimos que acabamos conociendo bien al personaje, mejor que en una biografía. Como a alguien de nuestra familia. Y también conocemos a Catalina, su madre, a sus hermanos, a los vecinos, toda gente muy sencilla.

El libro es un prodigio de estilo. Uno tiene la impresión de estar leyendo un texto de la época, pero a poco que examine cualquier párrafo se da cuenta de que no es prosa del XVI. Es una lengua intemporal, hecha con palabras esenciales, de siempre, de entonces y de ahora, muy sencillas, que podría usar un niño.

Es un libro que tiene vocación de silencio, que tiende a él. Por eso hay muchas enumeraciones. Muchas. Páginas en las que no se enuncia nada, solo se enumera, se nombran cosas. Hay un capitulo precioso, cuando la familia se va de Fontiveros a Arévalo y los niños de Arévalo le preguntan al pequeño Juan que cómo es el pueblo de donde vienen, y él dice que es un pueblo, pero que está lleno de cosas y va nombrando todas las que se le ocurren, desde objetos de la casa, muebles, vasos, herramientas, el telar, a aperos de labor, plantas, animales, calles, casas, personas, nombrando todo tipo de oficios, y es una enumeración ingenua que dura varias páginas, y cuando acaba los niños le preguntan: ¿Y cómo puede haber tantas cosas en tu pueblo si es más pequeño que Arévalo? Y él contesta: No sé. En ese viaje por los alrededores del silencio (quizá la palabra que más se repita sea nada) se pasa por un un capítulo en blanco, con solo el título.

De la lengua de este libro me gustan hasta sus laísmos, tan violentos para el oído de quien no está acostumbrado a ellos. “La había dicho a la señora Catalina que allí…”, “Porque la contaban a la señora que el rapaz…”, “La dijo que se fijase en aquel hombre alto…”, “Y luego la contó que fray Juan…”. A mí me parece un libro maravillosamente escrito. Insuperablemente.

Sé que muchos, con estos ejemplos que acabo de dar, no estarán de acuerdo conmigo. Dirán que un libro en el que abundan los laísmos está mal escrito. Pero ¿qué es escribir, o, mejor, hablar mal? Los normativistas dicen que hablar mal es apartarse de la norma culta. A mí ese argumento, medio teológico, medio inquisitorial, me parece muy flojito.

Desde un punto de vista filológico, no existe el hablar mal. Todos los fenómenos del habla tienen una explicación lingüística. La tarea del filólogo es buscar esa explicación. Todo fenómeno lingüístico “bastardo” es realmente tan noble, tiene tan alto pedigrí como todos aquellos otros considerados de alta cuna. Hablar mal es muy difícil. En un sentido estricto, hablar mal es hablar sin que te entiendan. Y eso está reservado a los extranjeros que no dominan una lengua, a quienes tratan de aparentar una formación que no tienen y a quienes tienen lesiones cerebrales. El funcionamiento normal del cerebro impide hablar mal.

Quienes hemos crecido oyendo élite no fuimos conscientes al principio de lo aberrante de esa pronunciación, que el tiempo ha hecho que nos parezca natural. Todo es cuestión de acostumbrarse. La norma culta no es universal. Los tan vilipendiados detrás mío, detrás nuestro, etc., forman parte de la norma culta del Perú. Y no se puede juzgar como inferior, menos aconsejable, la norma culta del Perú que la de Madrid, por ejemplo.

Toda novedad lingüística suena mal al principio. Después uno se acostumbra, como digo. El castellano no es más que un latín pésimamente hablado.

Hablar bien es hacerse entender y eso poco más o menos lo consigue todo el mundo. Se puede hablar de un modo más o menos elegante, pero eso tiene que ver, más que con la lengua, con el estilo, con los gustos subjetivos de cada cual, con la literatura. A mí, por ejemplo, me gusta mucho cómo escribe Baroja. Me parece elegante, inteligente, delicado, claro… Pero Umbral no para de decir que es un patán. La escritura de Galdós me parece prodigiosa, y Valle Inclán le llama garbancero (aunque esa es otra historia).

“Y el arriero iba a empezar a contarla las cosas, pero la mujeruca le decía…”. Al principio estos laísmos me rechinaban, pero me acabaron pareciendo preciosos, rasgos muy bonitos de la lengua popular.

Y creo que se me ha ido la mano con el excurso. Habría preferido seguir hablando de este libro extraordinario.

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