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Por Luis Junco

Vacaciones de Semana Santa. Al final el tiempo no ha acompañado pero aun así las carreteras se llenan de coches camino de las playas del Mediterráneo; hoteles y apartamentos con buena ocupación; restaurantes al completo; y donde la lluvia lo permite, las las calles se pueblan de multitudes siguiendo los pasos procesionales. ¿Y aquello que se llamaba el recogimiento? ¿Hay algún lugar dónde encontrarlo? 

A Philosophy of Solitude, de John Cowper Powys, puede ser uno de esos lugares. Un libro que escribió en 1933, cuando tenía 61 años, poco antes de regresar a Inglaterra desde América. Cada vez que leo a este escritor me reafirmo en su capacidad de introspección y maestría en expresión. Qué capacidad de escribir con claridad y poesía y profundidad.

(Aún sigue sin traducción, a pesar de que es uno de los grandes).

Transcribo aquí un breve párrafo:

Los hábitos de pensar y sentir que aquí defendemos bajo el nombre de “elementalismo” es algo que nos causa oleadas de recurrente felicidad. Una felicidad que ni se arrepiente de nada ni se queja. Ni compite ni envidia. Ni siente la compulsión de cambiar sus buenos momentos por lo que se conoce por placer. Se conoce a sí misma. Se genera a sí misma. Evoca afinidades con sus iguales en otras personas. 

Es fácil mostrar cómo la soledad del ser, este “invitado y compañero del cuerpo”, incrementa nuestra felicidad; de igual forma que tampoco resulta difícil mostrar cómo amortigua nuestras penas. 

El aislamiento del ser nos da el hábito de contemplar en todo momento el amplio giro de nuestro mundo planetario. Nos permite sentir cómo el viento del espacio exterior golpea la superficie de nuestra tierra mientras surcamos el eterno éter. 

Nos da una dignidad, una belleza, y otorga una elevada y trágica significación a cualquier fenómeno de nuestra vida mortal. Por todas partes acaba con la monotonía. Mata lo vulgar. Con su tacto, convierte las condiciones últimas de nuestra existencia en esta tierra en una pulsión poética y natural. 

Las personas pueden adquirir mejillas sonrojadas, ojos brillantes, risas estentóreas en la persecución del placer en grupos o en multitudes; pero solo en soledad los hombres y mujeres podrán llegar a conocer que la felicidad es como esa delicia que sienten los niños por nada en apariencia. 

Hay muchos pensadores modernos que ponen el acento en la dependencia del individuo de la sociedad. Pero, entre las multitudes, solo el cultivo de la soledad interior hará soportable la vida en sociedad. Mientras pululan entre los demás, estos seres en soledad no pueden ser reconocidos. No los puedes reconocer en los transportes públicos, en las vías férreas, en el asfalto, en los suburbanos, en las tiendas, en las oficinas, en las fábricas, en los teatros, en los almacenes. Pero su poderosa voluntad se escapa obstinadamente de sus almas. Su irónico desapego permanece inalterable. Son observadores y clarividentes. Sus amigos dicen: “¡Bien! ¡Déjala! Ya sabemos lo egoista que es; cómo prefiere estar sola”, o añaden: “¡Bien! ¡Déjalo! Ya sabemos la naturaleza mórbida que posee, y su manía de estar solo consigo mismo”.

Pero para estos adeptos a la vida estas burlas no son más que una mota de polvo en el aire. 

El arte de la vida consiste en la creación de un ser interior original y único; y esto es algo que la mente más sencilla puede conseguir. 

El pensamiento crea una cuerpo mental propio -un cuerpo espiritual nuevo- que aunque esté vinculado en el espacio y en el tiempo con el cuerpo material, se siente en sí diferente, se siente inviolable. 

Este sentimiento que diferencia el ego de la forma material del cuerpo es lo importante. 

Aquello que de manera constante, consciente y habitual pensamos que somos, es en lo que acabamos por convertirnos. 

Para el mundo no es un producto acabado; es un flujo creativo; y lo que se conoce como evolución no es otra cosa que la múltiple emergencia de miriadas de voluntades solitarias creándose a sí mismas. 

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