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La muerte de los dinosaurios, años del cometa y los ejércitos de las sombras (1)

Por Luis Junco

Es normal que consideremos el transcurrir del tiempo desde la humana perspectiva: los ochenta años de vida media de nuestra vida biológica, el acelerado desarrollo tecnológico de los dos últimos siglos, las previsiones a la par pesimistas y favorables que pronostican cambios climáticos catastróficos o avances en la genética que nos hará inmortales en este mismo milenio.

Pero si abrimos el diafragma de nuestra cámara para permitir que rayos de luz más débiles -y por tanto más lejanos en el espacio y en el tiempo- nos iluminen, nuestra percepción e impresiones con relación al tiempo cambia radicalmente. Comenzamos a pensar como especie. 

Hoy sabemos que la vida apareció en la Tierra hace unos cuatro mil millones de años, y desde entonces el proceso de selección natural ha producido múltiples y diferentes especies. El 99,9% se ha extinguido. Entre ellas, los más estrechos antecesores del homo sapiens, que se estima que emergió solo hace 300 mil años. Hace 75 mil años afrontó una clara amenaza de extinción y seguir así el destino del resto de especies. Nos lo cuenta Michio Kaku en el prólogo de su libro El futuro de la humanidad (2018).

Una explosión titánica en Indonesia levantó un enorme manto de cenizas, humo y escombros que cubrió miles de kilómetros. La erupción de Toba fue tan explosiva que está considerada como la erupción más poderosa de los últimos 25 millones de años. Lanzó a la atmósfera unos inimaginables 650 kilómetros cúbicos de tierra, lo que provocó que grandes extensiones de Malasia y la India fueran cubiertas por cenizas volcánicas con un espesor de hasta 9 metros. El humo y el polvo tóxicos se extendieron sobre África, dejando un rastro de muerte y destrucción a su paso.

Imaginemos por unos momentos el caos producido. Nuestros ancestros quedaron aterrorizados por el calor abrasador y las nubes de ceniza gris que oscurecían el sol. Muchos fueron asfixiados y envenenados por el espeso hollín y el polvo. Luego, las temperaturas se desplomaron, provocando un invierno volcánico. La vegetación y la vida silvestre se extinguieron hasta donde alcanzaba la vista, dejando solo un paisaje desolado y sombrío. En un terreno devastado, humanos y resto de animales tuvieron que competir por restos de comida, y la mayoría de los humanos murieron de hambre. Parecía como si toda la Tierra se estuviera muriendo. Los pocos que sobrevivieron solo tenían un objetivo: huir lo más lejos que pudieran de la cortina de muerte que descendía sobre su mundo. Quizá en nuestra propia sangre pueda hallarse una clara evidencia de aquel cataclismo. Los genetistas han notado el hecho curioso de que dos humanos cualesquiera tienen un ADN casi idéntico. Por el contrario, dos chimpancés cualesquiera pueden tener más variación genética entre ellos que la que se encuentra en toda la población humana. Matemáticamente, una teoría para explicar este fenómeno es suponer que, en el momento de la explosión, la mayoría de los humanos fueron aniquilados, quedando un puñado de nosotros, unas dos mil personas. Sorprendentemente, esta sucia y harapienta banda de humanos se convertiría en los Adanes y Evas ancestrales que poblarían todo el planeta. Todos nosotros somos casi clones unos de otros, hermanos y hermanas descendientes de un pequeño y resistente grupo de humanos que cabrían fácilmente en el salón de baile de un hotel moderno.

Pero nuestra suerte como especie no se jugó solo en aquel acontecimiento catastrófico de hace 75 mil años, como se ha señalado, sino que mucho antes de eso, otro cataclismo planetario fue determinante para el devenir del ser humano. En algunas breves entradas (o capítulos) de este blog, y como comentarios de cuatro interesantes libros, vamos a intentar explicarlo.

Capítulo 1 – La extinción de los dinosaurios

Podríamos comenzar esta historia el 6 de agosto de 1945. El responsable de un pequeño grupo de científicos que viaja en un bombardero norteamericano B-29 acaba de ser testigo de los efectos de la bomba que acaban de arrojar sobra la ciudad japonesa de Hiroshima. Tiene treinta y cuatro años de edad, es padre de un niño de cinco años y su abuelo paterno es un médico asturiano. Tan impresionado ha quedado con las imágenes de la explosión, que todavía en el avión -”el día más sombrío e inolvidable de mi vida”, como después lo calificaría- decide escribir una carta a su hijo que aún no sabe leer. 

Aunque lo más probable es que cuando puedas leer esto la historia de nuestra misión sea conocida por todo el mundo, en este momento solo las tripulaciones de los tres bombarderos B-29 y los infortunados residentes del distrito de Hiroshima en Japón son los únicos que saben lo que acaba de suceder. La semana pasada, la Fuerza Aérea norteamericana, establecida en las Islas Marianas, llevaron a cabo el mayor bombardeo de la historia, con 6 mil toneladas de bombas, la mitad de las cuales eran de gran explosividad. Hoy, el avión que lideraba nuestra pequeña formación arrojó una sola bomba que explotó con una fuerza de 15 mil toneladas de alta potencia. Esto significa que acabó la época en que cientos de aviones llevaban a cabo grandes bombardeos. Un solo avión con la apariencia de un inofensivo aparato de transporte puede borrar del mapa toda una ciudad. También significa que las naciones tendrán que llegar a un acuerdo o sufrir las consecuencias de repentinos ataques como el que acaba de ocurrir.

Lo que ahora estoy sintiendo tanto, siendo parte de la matanza y mutilación de miles de civiles japoneses esta mañana, se atenúa con la esperanza de que esta terrible arma que hemos creado pueda unir a los países del mundo y evitar más guerras. Alfred Nobel pensó que su invención de los altos explosivos tendría ese efecto, al hacer que las guerras fueran demasiado terribles, pero desafortunadamente se produjo la reacción opuesta. Ojalá nuestra nueva fuerza, miles de veces más destructiva, pueda hacer realidad el sueño de Nobel.

Es fácil imaginar que, como sucediera con otros que participaron en el llamado proyecto Manhattan, este lamento e ingenua justificación marcaron el resto de la vida de este hombre. No solo fue consciente de las inmediatas consecuencias de la bomba (más de 100 mil muertos en Hiroshima), sino de los efectos duraderos de la radiación. Entre otros aspectos, estudió detenidamente estos efectos y la capacidad destructiva de las bombas nucleares. En base a esos estudios, en 1968 recibió el premio Nobel de la Física. Pero hasta el día de su muerte (ocurrida por cáncer cuando tenía 77 años) le atormentó saber que por primera vez desde la aparición de la vida en el planeta, una sola especie era capaz de acabar con ella. Las extinción masiva de las especies fue su obsesión. 

Cuando él tenía 66 años, su hijo Walt (aquel niño al que había escrito la carta estando a bordo del bombardero), que se había doctorado en Geología por la universidad de Princeton, le presentó una muestra de estratos rocosos del tamaño de un paquete de cigarrillos que había tomado en Gubbio, en los Apeninos italianos. Le dijo que la muestra había permanecido en el fondo oceánico durante 65 millones de años, y correspondía a la frontera entre los periodos geológicos conocidos como Cretáceo y Terciario, la llamada capa K/T, justo en donde los dinosaurios y muchas otras especies del planeta se extinguieron de manera abrupta. (Se considera que el 75 por ciento de todas las especies que habitaban el planeta en aquellos momentos desapareció.)

Fue una de las revelaciones más fascinantes que había escuchado en mi vida 

escribió Luis Walter Álvarez en su autobiografía, y los diez últimos años de su vida los dedicó, junto a su hijo Walt, a descifrar las razones de aquella masiva extinción.

A diferencia de lo que suele pensarse de los trabajos científicos, a los que se atribuye aridez y frialdad, la historia de este descubrimiento tiene todos los ingredientes de una buena novela policiaca: misterio, falsas pistas, presuntos culpables y emoción. Será el objeto de nuestra próxima entrega en este blog. 

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