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Paul Ehrenfest: la trágica vida de un físico teórico (y 2)
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Paul Ehrenfest: la trágica vida de un físico teórico (1)

Por Luis Junco

No voy a descubrir nada nuevo si digo que lidiar con la existencia es lo más esencial y complejo a lo que nos enfrentamos los humanos. Y que, más allá de la buena o mala fortuna que nos depare el azar, en mayor o menos medida todos acabamos haciendo frente a la enfermedad, desgracias familiares, el envejecimiento y la muerte. Cuando algunos de estos duros golpes ocurren en los primeros años de la vida, el carácter de la persona afectada queda marcado de manera muy especial, y en ocasiones propende a graves depresiones. La filosofía, la religión y hasta el arte suelen servir de asidero ante el embate caótico y muchas veces violento de la vida; pero también he comprobado que, en mentes especialmente sensibles y de profunda inteligencia, la lógica de las matemáticas y la certeza de las leyes físicas se convirtieron en refugios. Fueron el caso de Paul Dirac, del que ya hablamos en este blog –https://www.ladiscreta.com/2020/11/14/el-misterio-de-paul-dirac/- y el de Paul Ehrenfest, de quien tratamos en esta ocasión. 

Libro de Martin J. Kleine. Vol.1

De una humilde familia judía procedente de Moravia, Ehrenfest nació en Viena1880, y fue el menor de los cinco hijos del matrimonio. Su madre nunca le trató con mucho cariño, no así su padre, para quien Paul fue su favorito. Cuando tenía 10 años, la madre murió de cáncer y su padre seis años más tarde, quedando Paul al cuidado del hermano mayor. De esa época tan temprana deriva su inestabilidad psicológica, con inclinaciones depresivas, que, según nos cuenta su biógrafo, Martin J. Kleine, sólo hallaba consuelo y solución en el estudio de las matemáticas y las ciencias físicas en las que destacó desde muy joven. Estudió física teórica en la Universidad de Viena con el célebre Ludwig Boltzman, cuyos conocimientos y personalidad influyeron enormemente en la vocación y trabajo de Ehrenfest como enseñante en la universidad Göttingen. Con 24 años se casó con la joven matemática rusa Tatyana Afanasyeva, que además de su compañera sentimental fue su colaboradora en investigaciones científicas. Dos hijas y dos hijos fueron el fruto de su matrimonio, el más pequeño, Vassily, con síndrome de Down, fue el más querido de la familia. Estando en Praga, en 1912, cuando ambos tenían más o menos la misma edad, conoció a Albert Einstein, una amistad que duró el resto de su vida. No sólo compartían inquietudes científicas y filosóficas, sino que juntos componían música. 

Todos estos datos y muchos más los conocí del libro Paul Ehrenfest. Vol.1, del historiador científico Martin Jesse Kleine, y durante años esperé el siguiente volumen, pues los avatares de Ehrenfest en este primer libro acababan en 1920. Hasta que un día supe que nunca habría una continuación. Y el motivo tiene que ver con el título de esta entrada y lo que me llevó a escribirla. 

El profesor Kleine (que falleció en el año 2009) pasó mucho tiempo recopilando material biográfico de Paul Eherenfest para escribir este segundo volumen y tenía más que suficiente para completar el trabajo. Pero, según confesó a muchas personas que se interesaron por ello, si no lo hizo fue “porque la historia es tan trágica, que cuando pienso en darle término me causa una gran depresión”. 

Yo conocía parte de esa historia a través de las biografías de otros físicos de aquella época revolucionaria que fue el primer cuarto del siglo veinte. En todas ellas, Ehrenfest aparece como un personaje secundario pero a quien todos querían, admiraban y buscaban para hallar claridad y simplicidad en las complejas ideas del momento. Se sentía feliz otorgando y compartiendo esa clarividencia y certeza que había sido la fuente de su seguridad ante los caóticos acontecimientos de la vida. Y si en algún momento resultaba molesto, lo era ante exposiciones de otros compañeros que comportaban oscuridad y contradicciones. Entonces era tremendamente incisivo y hasta impertinente. No soportaba la incertidumbre. Imaginémonoslo, pues, ante aquella visión nueva y revolucionaria de la realidad física uno de cuyos postulados era “el principio de incertidumbre” debido a un jovenzuelo alemán (Werner Heisenberg). Él era de una generación anterior, como su amigo Albert Einstein, quien, a pesar de ser uno de los padres fundadores de la nueva teoría cuántica, tampoco soportaba su aparente irracionalidad y luchó contra ella hasta el final de sus días, eso sí, manteniendo su integridad mental. No así Ehrenfest, quien, con cada nueva idea, desarrollo y confirmación de aquello tan raro y contrario al sentido común, se veía cada vez más arrinconado, más inseguro, más inútil. Además, se daba cuenta de que no podía seguir la acelerada progresión a la que avanzaban aquellos nuevos conocimientos. A todo esto se añadía que la relación con Tatyana, su esposa, se deterioraba a igual velocidad. 

En aquel libro sobre Paul Dirac, que comenté en su momento y que cité arriba, hay unos párrafos que me siguen impactando. Era el año 1933, y una buena cantidad de aquellas personas de primera línea en la teoría cuántica acababan de reunirse en la casa de Niels Bohr y su esposa Margrethe, entre ellos Paul Dirac y el propio Ehrenfest. Transcribo un par de esos párrafos:

En la penúltima fila, a la derecha, Paul Ehrenfest y Tatyiana, su esposa; a la izquierda, Paul Dirac; a su lado, Oppenheimer

Durante la reunión permaneció especialmente próximo a Dirac, y pasaron horas hablando, alejados del humo de los fumadores. Y después de los discursos de despedida en la casa de los Bohr, los participantes llevaron sus equipajes al hall y se dijeron adiós. La habitual agridulce despedida de todos los asistentes, salvo por uno, Ehrenfest, que parecía muy desconcertado y buscaba un taxi de extraña manera. Cuando Dirac le dio las gracias por sus contribuciones en la reunión, permaneció mudo, y, aparentemente para evitar contestarle, se apresuró a despedirse de los anfitriones. Al volver, iba encogido y sollozando: “Lo que me acabas de decir, viniendo de una persona joven como tú, significa mucho para mí, porque, tal vez, un hombre como yo no siente la fuerza necesaria para vivir”. Dirac pensó que no podía permitir que en aquellas condiciones Ehrenfest se marchara solo a su casa, pero, convencido como lo estaba normalmente de que las personas dicen exactamente lo que quieren decir, llegó a la conclusión de que aquel “tal vez” debía interpretarse como “algunas veces” -también él a veces sentía que la vida no merecía ser vivida. Tratando de contestarle con algo agradable, le añadió que su agradecimiento era muy sincero. Aún sollozando, Ehrenfest le asió del brazo, tratando de encontrar palabras para responderle. Pero no pudo hacerlo. Se subió precipitadamente al taxi, que después de hacer la rotonda de césped a la entrada de la mansión, pasó bajo el arco del edificio Carlsberg y se dirigió hacia la estación de trenes (…)

Los ecos de la conferencia aún resonaban en la cabeza de Dirac, cuando escuchó aquellas terribles noticias procedentes de Amsterdam. La hora del almuerzo en el parque Vondelpark de la ciudad en aquel último lunes de septiembre había sido como cualquier otro de primeros de otoño: las madres con sus niños daban de comer a los patos, los ciclistas sorteaban paseantes, y unos pocos grupos hacían picnic en la última luz de la tarde. De repente, la calma quedó hecha trizas por el sonido de disparos. Unos cuantos viandantes se aglomeran horrorizados ante un espectáculo terrible: un muchacho con síndrome de Down, gravemente herido, aún respira, al lado de un hombre de unos cincuenta años, muerto, una parte del cráneo volado de un disparo. El hombre es Paul Ehrenfest. Momentos antes había disparado a su hijo Wassik, pero no había podido matarlo. Dos horas más tarde, el muchacho acabaría muriendo.

Dirac, que necesitaba aclarar sus propios pensamientos y sentimientos, le escribió a Bohr una carta de cuatro páginas, describiendo sus últimos momentos con Ehrenfest. De todas las cartas que se conocen de Dirac, esta es una de las más largas y más emocionantes. Con la fluidez de un novelista, recuerda cada detalle de su último encuentro con Ehrenfest, más sensible a los matices emocionales de lo que la mayoría de sus colegas habrían creído. Confesaba a la Sra. Bohr que debería haber tomado las últimas palabras de Ehrenfest más literalmente, una deficiencia de la que nadie creía que Dirac fuera capaz, y que debería haber aconsejado a su esposo que mantuviera Ehrenfest en Copenhague. Dirac concluyó que “no podía evitar culparse a sí mismo por lo sucedido”. La Sra. Bohr respondió con palabras de consuelo, agradeciéndole por hacer “tanto para hacer que los últimos días de Ehrenfest aquí fueran tan felices como lo permitía su triste estado de ánimo”. Ella agregó: ‘él te quería mucho’.

Más tarde se supo que un mes antes de aquella reunión de Copenhagen, Ehrenfest había escrito una nota de suicidio dirigida a algunos amigos, como a Bohr y a Einstein; pero que no llegó a enviarla. Salió a la luz después de su muerte:

En los últimos años se me ha hecho cada vez más difícil seguir el desarrollo de la física. Después de intentarlo una y otra vez, cada vez más tenso y desgarrado, finalmente he caído en la desesperación (…) Todo esto me ha hecho la vida insoportable (…) Me siento condenado a vivir solo por el cuidado económico de mis hijos (…) Por tanto, me he concentrado cada vez más en precisar los detalles de mi suicidio (…) No tengo otra posibilidad que el suicidio, y eso después de haberle quitado la vida a Wassik. Perdonadme.

Comprendo perfectamente que Martin J. Kleine no pudiera escribir el segundo tomo de la biografía de Paul Ehrenfest, con esa conclusión tan trágica de una vida. 

En una segunda y última entrada sobre este asunto, y gracias a la visión esperanzada que siempre demostró Albert Einstein, intentaré dar un poco de luz a esta tan dura y triste existencia de Paul Ehrenfest.

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