Maxence Fermine “Nieve” (Barcelona: Anagrama, 3.ª ed., 2001, ed. orig. 1999)

Maxence Fermine “Nieve” (Barcelona: Anagrama, 3.ª ed., 2001, ed. orig. 1999)

Por Emilio Gavilanes

 

Empecé a leer este libro porque la contraportada dice que trata de un escritor de haikus (es decir, un haijin), y me encantan los haikus.

Al poco de empezar la lectura me topé con esta frase intolerable, propia de un adolescente “inspirado”, más que de un escritor: “La nieve es un poema”. Mal empezábamos.

Poco después, esta otra: “Padre, quiero ser poeta”, dicho en serio, como si eso fuese una decisión. Me recordó aquello que cantaba Concha Velasco, “Mamá, quiero ser artista”.

A cada poco me encontraba “grandes frases”: “Para un alma poética [los haikus] eran como una pasarela hacia la luz divina”. O esta respuesta a la pregunta de por qué el protagonista quiere escribir haikus durante siete años: “Porque es una cifra mágica”. Solo un autor muy flojo, o un muchacho con ganas de decir grandes cosas, puede decir semejante ocurrencia.

El escritor de haikus parte en busca de un maestro que le va a enseñar muchas cosas, un pintor ciego (el autor se creerá muy original, pero en el contexto de una novela de aprendizaje oriental es una paradoja típica, esperable, casi tópica). En el camino, al atravesar unas montañas, encuentra el cadáver de una mujer en un bloque de hielo. Así acaba el capítulo 15: “Era una mujer joven, desnuda y rubia, de raza europea. Estaba muerta. Dormía bajo un metro de hielo”. Y así empieza el 16: “No dormía, en realidad. Estaba muerta”. Si no dormía, lo que el autor tiene que hacer no es decir que no dormía, sino no decir que dormía. ¿Y por qué repite que estaba muerta, sin añadir más datos u observaciones?

Cuando el haijin llega a su destino, le pregunta al criado del pintor: “¿Qué puede enseñarme un ciego sobre la vastedad de los colores?” (¿y por qué usa “vastedad”?). Y el criado responde: “Tanto como puede enseñarte sobre las mujeres. Y eso que hace tiempo que no comparte su lecho con ninguna. No te fíes de las apariencias. Solo sirven para perderse”, respuesta que me parece falsa, arbitraria, mema… (lo mismo podía haber dicho: “Tanto como puede enseñarte sobre caracoles”, o “Tanto como puede enseñarte sobre el forjado del hierro”, o “Tanto como puede enseñarte sobre el cocido maragato”. Estaría igual de justificada la respuesta).

He dicho que la respuesta me parece falsa. Pero es que toda la novela me parece falsa, de cartón. Hay muchas escenas con diálogos pretendidamente filosóficos, o profundos, o poéticos, que parecen parodias de aquella serie que tanto me gustaba de niño, Kung Fu, que no tenía grandes pretensiones ni filosóficas ni poéticas.

Por otra parte, los personajes me parece que no tienen consistencia. El pintor ciego fue un samurái que de pronto un día descubrió que no le gustaba la guerra (vaya por Dios). Todos los personajes hacen y dicen cosas absurdas. El samurái se enamora de una funambulista que acaba en Japón “sin saber cómo” (dice el autor; tampoco nosotros lo entendemos).

Además de a las frases estupendas, el autor es muy dado a expresiones hiperbólicas, del tipo “jamás la podría olvidar”, o “nunca había visto tanta belleza”, o “siempre la amaría”, “el más triste del mundo”, “belleza inefable”…, recurso muy de García Márquez (no pretendo compararlos, solo indicar posibles influencias; un adjetivo de García Márquez vale por varios libros como este).

Cuando el samurái habla por primera vez con la funambulista le dice: “Eres la que buscaba”, otra frase intolerable en una novela para adultos.

La funambulista tiene un sueño una noche. Y el autor nos dice: “Al día siguiente al despertarse, pensó intensamente en el sueño. Luego ya no volvió a pensar en él”. ¿Me lo parece a mí, que ha llegado un momento en que me irrita todo lo que dice este autor, o este pasaje es idiota?

Otra frase estupenda: “La niña [la hija del samurái y la funambulista] empezó a crecer en el éxtasis de la luz”.

La funambulista, dice el autor, “era tan feliz, tan hermosa, tan etérea, que cada día el samurái daba gracias al cielo por habérsela dado”, y aquí está mezclando dos puntos de vista de manera desconcertante, pues en hermosa y etérea la perspectiva es exterior, pero en feliz es interior.

La historia, el argumento, a mí me parece absurdamente irreal, un desatino, arbitraria, increíble en el sentido de ‘no creíble’. La intención del autor desde el principio es contar una historia realista, pero hay muchos momentos irreales, o inverosímiles, de cuento de hadas, y eso es involuntario, es consecuencia de los defectos de construcción y del estilo “estupendo” que quiere ser poético y se queda, como mucho, en cursi. Antes nombré a García Márquez, pero, por favor, que nadie piense que lo de esta novela es realismo mágico. Esto es irrealismo ridículo.

En muchos momentos he tenido la sensación de estar leyendo la redacción de un adolescente que no controla bien lo que dice. Por ejemplo, el samurái se muere “junto al cuerpo intacto de la joven”. ¿Intacto? En ningún sentido en el que pienses, ese cuerpo está intacto. En ninguno. Sospecho que está queriendo decir otra cosa.

Más “frases” (no copio todas las que he señalado): “Las estaciones se desgranaron en la clepsidra del tiempo”. ¡Oh!

Antes de acabar, quiero volver al principio, a los haikus: todo el espíritu que anima este libro es contrario al espíritu del haiku. Es una impostura, puro postureo. Lo opuesto al haiku.

Solo le encuentro una virtud a la novela: la brevedad. Claro, que, para lo que expresa, cien páginas me parecen muchísimas.

Me sorprende que esta novela haya sido un éxito en Europa. Y más, que haya tenido éxito en España, país con tan pocos lectores. Pero casi más que eso me sorprende que esta novela fuese aceptada en una editorial medianamente seria.

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