portada Inglaterra de a pie

Por Luis Junco

 

En otro de los libros de Enrique Hudson, Inglaterra de a pie, publicado en 1909, hay un capítulo con ese título –Nueva visita a Salisbury–, que además de estar escrito con la naturalidad y el encanto de todo lo que escribió, tiene unas reflexiones que me parecieron llenas de ingenio y verdad.

Casi septuagenario, viajero incansable, Hudson volvía a uno de sus escenarios favoritos y mágicos del sur de Inglaterra, la planicie de Salisbury, y allí visitaba la monumental catedral, considerada por muchos como el edificio más hermoso del mundo. Durante varios días en los primeros de junio de 1908, pasó Hudson muchas horas contemplando el edificio y estudiando el comportamiento de las aves que buscaban en sus paramentos refugio y lugar de anidamiento.

Estorninos y gorriones estaban en minoría entre los demás; pero, incluyéndolos, había siete especies en total, y según pude cuantificar, debía haber alrededor de trescientos cincuenta aves, probablemente la colonia de pájaros salvajes más grande en un edificio de Inglaterra. 

Sus continuos revoloteos, cantos, llamadas, unidos a los distintos grises, verdes, amarillos, marrones y ocres de las distintas variedades de líquenes y algas aéreas que se aferraban a las piedras –the living stains, le parecían a él esenciales para apreciar la belleza del edificio.

Paseando por el verde que rodea la catedral una mañana, echando vistazos intermitentes al vasto edificio y a su delicado tapiz de sombras de color, me pregunté por qué mantenía mis ojos alejados de él, como si fuera hecho a propósito: en ocasiones dirigidos a los árboles, después al césped, y otras veces a algún paseante cercano. ¿Por qué no me permitía más que vistazos ocasionales al objeto que era mi principal objetivo? En realidad, lo sabía, pero nunca me lo había expresado en palabras. 

Todos estamos bastante acostumbrados a las limitaciones del sentido del olfato y al hecho de que apreciamos los aromas solo de manera intermitente. La sensación nos llega como un choque agradable, una sorpresa, y rápidamente se desvanece. Si intentamos mantenerlo más tiempo, oliendo por ejemplo de forma deliberada una fragante flor o un perfume cualquiera, pronto tendremos la sensación de que algo falla, como si nuestro olfato, aguzado hasta entonces, de repente se hubiera extinguido. 

Debe haber un intervalo de descanso para el nervio olfativo, para que la sensación se renueve. Aunque en menor grado, lo mismo ocurre con el sentido de la vista. Para saber de algo, lo miramos de manera intensa y sin interrupción; cuanto más tiempo y más fijamente lo miremos, y si además lo hacemos utilizando nuestras facultades de razonamiento, pues tanto mejor. Pero el placer estético no puede adquirirse ni incrementarse de esta manera. Debemos mirar a vistazos, mirar de nuevo, a intervalos, recibiendo la imagen en nuestro cerebro como recibimos la “súbita emanación” de una flor, y al percibirla de esa manera intermitente, la imagen se nos aparece en todo su esplendor (…) Mirar fijamente al objeto más bello de la naturaleza o del arte no hace otra cosa que disminuir el efecto de su belleza. En la práctica deja de ser hermoso, y solo recobra su belleza después de dar a la mente una pausa para el descanso.

Creo que la genialidad de personas como Enrique Hudson consiste –utilizando sus propias palabras– en ser capaces de “expresar en palabras” lo que otras muchas otras personas sabemos pero de lo que no somos conscientes. Al leerlo de manera tan clara, me vinieron a la mente otro buen montón de “verdades” que tienen que ver con la imagen y en este caso con el arte. Pues, ¿no hay en el impresionismo de la pintura mucho de lo  que Hudson expresó con sus palabras? Pero también en la música. No soy un experto en música clásica (ni en casi nada), pero ya hace tiempo que sentí una profunda impresión al escuchar los cuartetos últimos que compuso Beethoven. Por una parte, experimentaba un gran emoción al escucharlos; por otra, me sentía turbado en el vano intento de buscar sentido a las constantes disonancias, las rupturas reiteradas y como a propósito en que se deshacían los inicios de la armonía, como los fragmentos de un espejo hecho trizas. Las palabras de Hudson me han ayudado a entenderlo. Quien ya conozca los cuartetos creo que sabe a lo que me refiero. A quien nunca los haya escuchado, me atrevo recomendar que escuche ese movimiento que se llamó Gran Fuga en si bemol y repase luego las palabras anteriores de Enrique Hudson.

1 Comment

  1. Emilio dice:

    Qué buena entrada, Luis.

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