John Steinbeck, después de tantos años

Por Luis Junco

Cuando tenía diecinueve años, el azar me llevó a dar con un libro de John Steinbeck. Era de la biblioteca del Colegio Mayor en el que residía entonces, y yo no era un lector habitual de literatura. Durante una época había devorado novelas de la serie B del oeste y de intriga, algo de Simenon y Agatha Christie y poco más. Así que esta novela, Al este del Edén, era la primera novela “seria” que leía en mucho tiempo, y tuvo la virtud de dar en mi punto más sensible: volver a paisajes y sentimientos de mi infancia, y de paso abrir mi espíritu, hasta entonces encerrado en deseos informes, nostalgias, inquietudes subterráneas, a un mundo en el que yo tenía cabida. Después leí Las uvas de la ira, La perla y poco más tarde, Faulkner, todo Faulkner. También empecé a escribir con asiduidad. Es cierto que anteriormente la escritura se me había aparecido esporádicamente y se me había mostrado propicia, pero no había pasado de ahí. Puedo, pues, decir que Steinbeck fue el autor que me abrió las puertas a una vocación que ha durado muchos años. 

Y ahora, después de más de casi cincuenta años, cuando apenas encuentro obras de ficción recientes por las que sienta algo de interés, de repente me acordé de Steinbeck. Aún conservo aquel libro que me deslumbró hace medio siglo: lo “afané” de la biblioteca del Colegio Mayor y me ha acompañado en todos mis viajes y vicisitudes, hasta ahora. Y comencé a leerlo de nuevo. Ya entonces me llamó la atención la dedicatoria a Pascal Covici, inmigrante rumano, amigo de toda la vida de Steinbeck y editor de sus novelas más conocidas. 

Querido Pat:

Viniste a verme mientras tallabas una figurilla en madera, y me dijiste: “¿Por qué no me haces algo?”

Te pregunté qué querías, y me respondiste: “Una caja”.

“¿Para qué?”

“Para poner cosas en ella.”

“¿Qué cosas?”

“Todo lo que tengas”, dijiste.

Bien, aquí tienes la caja que querías. He puesto en ella casi todo lo que yo tenía, y todavía no está llena. Hay en ella dolor y excitación, sentimientos buenos y malos, y malos pensamientos y buenos pensamientos…, el placer del constructor, algo de desesperación y el gozo indescriptible de la creación. 

Y, por encima de todo, la gratitud y el afecto que siento por ti.

Y todavía la caja no está colmada.

John

Y después de leer de nuevo Al este del Edén, decidí buscar otros libros de Steinbeck que nunca había leído. Por ejemplo, Cannery Row. Parece que hay una edición española, pero me resultó más fácil comprar la edición inglesa. Comencé la lectura. La introducción. La misma magia, el mismo deslumbramiento que sentí hace medio siglo:

El arrabal conservero de Monterrey, en California, es un poema, un hedor, un ruido insoportable, una cualidad de la luz, una tonalidad, una costumbre, una nostalgia, un sueño. Cannery Row son los montones esparcidos de hojalata, hierros, maderas mohosas y astilladas, piezas de pavimento rotas, y pilas de maleza y porquería amontonadas, trozos de estructuras de hierro corrugado de la fábrica de enlatado de sardinas, restaurantes y casas de putas, y pequeñas tiendas de comestibles atestadas, y laboratorios y pensiones de mala muerte. Sus habitantes son, como alguien dijo en cierta ocasión, “prostitutas, chulos, jugadores e hijos de puta”, incluyendo así a todo el mundo. Pero si esa misma persona hubiera observado por otro agujero, podría haber dicho: “Santos y ángeles y mártires y seres sagrados”, y hubiera dado a entender lo mismo.

Por la mañana, cuando la flota vuelve después de una captura, las barcas se adentran en la bahía bamboleándose y haciendo sonar sus silbatos. Las cargadas embarcaciones encallan donde las fábricas de conserva mojan sus colas en la bahía. Una imagen sabiamente elegida, pues si en lugar de la cola fueran las bocas las que las fábricas introdujeran en la bahía, las sardinas enlatadas que saldrían por el otro lado serían, metafóricamente al menos, más espeluznantes de lo que ya resultan. Luego los silbatos de las fábricas aúllan y por toda la ciudad hombres y mujeres se apresuran a vestirse y acudir a la faena. Y también bajan en brillantes carruajes las clases más pudientes: superintendentes de policía, contables, propietarios, que desaparecen en las oficinas. Luego bajan los sin papeles, los chinos y polacos, hombres y mujeres con pantalones, chaquetas de hule y delantales encerados. Acuden presurosos a limpiar, trocear, empaquetar, cocinar y enlatar el pescado. Toda la calle retumba, gime y aúlla y traquetea al tiempo que los plateados ríos de sardinas se derraman de las barcas y estas se van alzando poco a poco en el agua hasta que se vacían por completo. Las fábricas se mueven y repiquetean y rechinan hasta que la última sardina queda limpia y troceada y cocinada y enlatada, y luego las sirenas aúllan de nuevo y los chorreantes, malolientes y cansados sin papeles, chinos y polacos, hombres y mujeres, se dispersan y vuelven a escalar las laderas de la ciudad y Cannery Row vuelve a ser la que era –tranquila y mágica. Retorna la normalidad. Los vagabundos, que disgustados se habían retirado bajo las ramas del ciprés negro, vuelven a salir a sentarse sobre las tuberías oxidadas del solar. Las chicas del Dora emergen en busca de un poco de sol. Doc aparece del Laboratorio Biológico y cruza la calle para comprar en la tienda de Lee Chong dos cuartos de cerveza. Henri el pintor husmea como un perro entre los montones de hierba y basura en la busca de un trozo de madera o metal que necesita para el bote que está fabricando. Luego la oscuridad avanza y se enciende la única luz que hay en la calle, en frente del Dora –la lámpara que es la perpetua luz de luna de Cannery Row. Llegan visitantes al laboratorio en busca de Doc, y este cruza la calle a por cinco cuartos de cerveza en la tienda de Lee Chong.

¿Cómo se pueden mantener con vida el poema, el hedor y el ruido insoportable –la cualidad de la luz, la tonalidad, el hábito y el sueño? Si coleccionas animales marinos, hay ciertos gusanos planos, tan delicados, que resulta casi imposible cogerlos enteros, pues se rompen y resquebrajan al menor contacto. Debes dejarlos fluir y trepar por su propia voluntad hasta la hoja de un cuchillo y después llevarlos suavemente hasta introducirlos en una botella con agua. Y quizás esa podría ser la manera de escribir este libro –abrir la página y dejar que las historias se deslicen por su propio impulso en el interior. 

¡Qué imágenes tan buenas y acertadas las de este final del Prólogo de Cannery Row y de la dedicatoria de Al este del Edén para describir lo que debiera ser una escritura de ficción! No nos engañemos: solo está al alcance de muy pocas personas y sin duda una de ellas fue John Steinbeck.

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