Cannery Row, una novela excepcional de John Steinbeck

Por Luis Junco

Asumo el compromiso adquirido en una entrada anterior de este blog e intento resumir las razones por las que considero la excepcionalidad de la novela Cannery Row, de John Steinbeck. Comenzaré por lo que me parece general en toda creación literaria genuina y pasaré luego a concretarlo en algunas muestras de la novela de Steinbeck.

Creo que lo que es esencial en un buen novelista es su capacidad extraer, descubrir, acentuar y dar forma a aspectos esenciales de las cosas y personas que por regla general nos pasan desapercibidos al resto de los mortales. Y es que normalmente miramos el mundo a través de una pátina de costumbre y estructuras mentales preestablecidas que seguramente y a nivel práctico nos ayudan a desarrollar con efectividad nuestras actividades básicas de supervivencia en el entorno, pero que dejan fuera aspectos insospechados, reales, escondidos a una vista y mente superficiales y consuetidunarias. Cuando descubrimos esos aspectos ocultos nos asombran y nos parecen maravillosos, porque en realidad lo son. 

El creador, en este caso Steinbeck, es capaz de descubrirlos, subrayarlos, sacarlos a la luz del día y enmarcarlos para que brillen en un primer plano. Y entonces nos parece estar ante un mundo nuevo. Como el buen caricaturista que es capaz de descubrir los rasgos más característicos y esenciales de una fisonomía, Steinbeck consigue hacer eso mismo con el arrabal de Cannery Row y los personajes que lo habitan: Lee Chong, Mack y los muchachos, Doc, Henri el pintor, Frankie el chico retrasado, Dora y las mujeres del burdel.

Una de las cosas que nos pasan desapercibidas en general es la diversidad de las personas que conocemos y tratamos. Apenas somos capaces de ver su “particularidad”, lo que los hace diferentes. Incluso, en nosotros mismos o en personas muy cercanas, somos incapaces de ver el “aspecto especial” que nos define, hasta que de repente, un día, alguien nos lo hace ver y nos quedamos asombrados de no haberlo descubierto antes. Eso hace Steinbeck con sus personajes. Los retrata poniendo de relieve aquello que los hace particulares. (Y no solo de los humanos, sino de las máquinas. Pues la elegía a la camioneta y al Ford modelo T resulta maravillosa.) 

Solo algunos rasgos de estos personajes que ponen de manifiesto lo que acabo de decir.

Ya podemos decir que Doc es el personaje central de la novela. Es un hombre que por su trabajo en el laboratorio con todo tipo de animales marinos es capaz que meterse en el agua hasta el pecho sin sentir la humedad. Pero si una sola gota de agua le cae en la cabeza, siente un pánico irrefrenable. Por eso lleva sombrero siempre. Un ser que se destaca por encima de los demás, una especie de dios entre el resto de seres que le rodean, que tiene sobre ellos una superioridad de consciencia sin que por ello él se considere superior. Siente soledad, incompletitud y una aspiración de amor y profundidad de la vida que no halla eco en su entorno. Como fogonazos descubre la belleza que ofrece la vida, al tiempo de lo efímero de su esencia y la imposibilidad aprehenderla. Solo la música y la poesía, solo el amor imposible que parece encontrar en una muchacha ahogada en una de las escenas más hermosas y conmovedoras de la novela. 

O Hazel, su ayudante, también particular en muchos aspectos. 

Hazel adora escuchar conversaciones pero no escucha las palabras –solo el tono de la conversación le interesa. Hacía preguntas (a Doc) no para escuchar las respuestas sino simplemente para continuar la conversación.

Una escena en que se pone de relieve las “particularidades” de ambos. Doc y Hazel cogen estrellas de mar para un encargo, y Hazel le pregunta a Doc para qué esa gente querrá tantas estrellas de mar, una pregunta que repite cada vez que la situación se repite, que es menudo.

“Las estudian”, dijo Doc pacientemente y recordando que había contestado esta pregunta a Hazel docenas de veces con anterioridad. Pero Doc tenía un hábito mental que no podía superar. Cuando alguien preguntaba algo, Doc pensaba que se necesitaba la respuesta. Esa era su manera de ser. Él no preguntaba nada que no le interesara y no podía concebir un cerebro que no lo hiciera. Pero Hazel, que simplemente quería escuchar la charla, había desarrollado un sistema de hacer de la respuesta una nueva pregunta. De esa manera continuaba con la conversación. “¿Para qué demonios quieren estudiarlas? Son solo estrellas de mar. Hay millones de ellas. Yo podría proporcionarles millones.”

No solo se descubre la peculiaridad de cada persona, sino el mecanismo o manera en que se manifiestan en situaciones de encuentro. Eso es lo que hace las relaciones humanas igualmente peculiares. Para mí no hay nada más descorazonador que leer en algunas novelas páginas enteras con conversaciones anodinas entre dos o más personajes. Parecen no tener más razón de ser que esta, de Hazel, el personaje de la novela de Steinbeck: que se produzca una conversación. Y si esa fuera la razón del autor o autora de la novela, mostrar al lector el tono de la conversación, pues estaría muy bien. Pero mucho me temo que en la mayor parte de estas novelas con conversaciones anodinas no se pretende otra cosa que rellenar páginas. Y entonces me siento afectado por un aburrimiento mortal que me hace abandonar la lectura.

O Henri el pintor y su “peculiaridad”. Lleva siete años fabricando una barca pero odia el mar. Por eso, busca pretextos para empezar la barca una y otra vez.

Otros de los personajes que giran con luz propia entorno al núcleo de la novela son Mack y los muchachos. 

Ellos son las Virtudes, las Gracias, las Bellezas de la desgarradora locura de Monterrey, del Monterrey cósmico en el que hombres con miedo y hambre se destruyen los estómagos en la lucha por asegurar algo de alimento, donde hombres hambrientos de amor destruyen todo lo adorable que hay en ellos. Mack y los muchachos son las Bellezas, las Virtudes, las Gracias. En un mundo dirigido por tigres con úlceras, roturado por toros amansados, saqueado por chacales ciegos. Mack y los muchachos cenan delicadamente entre los tigres, acarician las vaquillas frenéticas, y recogen las migas para alimentar a las gaviotas de Cannery Row. ¿Qué puede aprovechar a un hombre poseer todo el mundo y venir a su propiedad con úlcera gástrica, una próstata enferma y miope? Mack y los muchachos saben evitar la trampa, rodear el veneno, escapar del nudo corredizo mientras una generación de hombres atrapados, envenenados y amarrados les gritan y llaman viles, infortunados, escorias de la ciudad, ladrones, pillos, vagos. Nuestro Padre que gobierna la naturaleza, que ha regalado la supervivencia al coyote, a la rata común, al gorrión, a la mosca y a la polilla, debe tener un inmenso amor por los viles y escorias de la ciudad y vagabundos, y por Mack y los muchachos. Virtudes y gracias y pereza y placeres. Nuestro Padre natural.  

Mack y los muchachos quieren mucho a Doc y su afecto les lleva a organizar una fiesta de cumpleaños sorpresa. Es el hilo de Ariadna que conducirá hasta el final de la novela y pondrá de manifiesto otro de los leitmotivs que se repiten en otras novelas de Steinbeck: cómo a pesar de que muchas actuaciones humanas están inspiradas por la bondad o la ingenuidad conducen al desastre. (Eso, por ejemplo, que personifica Lennie, el personaje principal De ratones y hombres.)

Muchos otros personajes y situaciones (como Dora y las chicas del burdel) merecerían comentario, pero teniendo en cuenta que se trata de una entrada de blog, me parece que el entusiasmo por la lectura me ha llevado a extender este comentario más allá de lo prudente. 

Solo en el laboratorio, después del desastre, Doc recita un poema bellísimo: 

Aun ahora,
Me interesa la plática de los hombres sabios
Que pasaron su juventud pensando,
Pero yo, al escucharlos, no he hallado
Las sales de la charla de mi amada,
Conjunto de colores varios, cuando juntos dormíamos.
Palabras sabias, palabras ingeniosas
Que fluyen como el agua y la pasión endulza.
 
(…)
 
Aun ahora
Recuerdo haber saboreado la fuerte esencia de la vida,
Alzando en el festín supremo copas de verde y oro;
Mas, sólo por un tiempo breve,
Los ojos de mi amada
Me envolvieron en su luz divina.
 
 El doctor se limpió los ojos con el dorso de la mano. Las ratas blancas se agitaban inquietas en sus jaulas y, tras el cristal, las serpientes de cascabel, inmóviles, contemplaban el espacio con sus ojos torvos y empañados.

Descubro que es un poema oriental del siglo XI, traducido al inglés desde el sánscrito, en el XIX, por Edward Powys Mathers. (Y lo que son las cosas, también descubro un “entrelazamiento”. Este Edward Powys era primo de John Cowper Powys, el gran narrador desconocido, según lo escrito en otra entrada de este blog.)

(Una última recomendación. Como de los idus de marzo -y como le recomendaba a un buen amigo-, guardaos de las malas traducciones al español de Cannery Row, que abundan.)

2 Comments

  1. Emilio dice:

    Gracias por esta preciosa entrada, Luis

  2. Luis Junco dice:

    Otra recomendación:
    Si habéis leído “Cannery Row” y os habéis quedado con ganas de saber más de su ambiente y personajes, leed “Por el mar de Cortés” y el epígrafe inicial dedicado a Ed Rickets. Él es Doc y mucho de la magia de “Cannery Row” proviene de esta persona tan singular y querida por Steinbeck.

    Luis

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