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Invitación a la Divina Comedia. Infierno III

INFIERNO III

Ilustración de William Blake

El canto III se abre con la famosísima inscripción de la puerta del Infierno, a la que tan magistralmente puso música el gran Chicho Sánchez Ferlosio  en su obra maestra A contratiempo, y cuyo v. 9 ha pasado al acervo popular mundial. Notad cómo gran parte de la fuerza de la inscripción proviene de que, si en los tres primeros versos “habla” la propia puerta, al estilo de lo que se hacía en las puertas de las ciudades medievales, a partir del v. 4 quien “habla” es el propio infierno, que así se personifica como entidad terrible y desoladora. Más difícil es darse cuenta de que los vv. 7-8 despiertan serios problemas teológicos (¿cómo algo inmaterial y eterno está “alojado” en la tierra material y perecedera?) que aquí no examinaremos.

De Gustave Doré

Ya en el reino de la «cosas secretas» (v. 21), lo primero que recibe Dante es una desgarradora impresión sonora (vv. 22-30) (atención siempre a lo que entra por los sentidos), tras la cual se adentra en el vestíbulo del infierno, un espacio circular cuyo borde interno lo delimita el río Aqueronte, y en él se encuentra unos misteriosos personajes que se caracterizan de manera muy significativa: desnudos y picados por moscones y avispas, que les hacen sangrar tanto que la sangre se acumula a sus pies y allí alimenta gusanos asquerosos (vv. 64-69), corren en círculos tras un estandarte (vv. 52-57), gritando desesperados (vv. 25-30), y de ellos se dice: 1) que vivieron sin levantar ni buena ni mala fama (v. 36), es decir, sin dejar huella alguna en el mundo (v. 49), hasta el punto de que se puede decir que no vivieron (v. 64); 2) que los desprecia tanto la misericordia como la justicia divinas (v. 50); 3) que no tienen esperanza de muerte (v. 46); 4) que su estado actual es especialmente ruin (vv. 47-48; y notad el especial desdén de Virgilio en v. 51), y desagradan tanto a Dios como a sus enemigos (v. 63); 5) que son muchísimos (vv. 55-57) y de todas las partes del mundo (v. 25: Diverse lingue).

De Litovschenko

Para entender qué significa esta original invención dantesca –sin precedentes cristianos y quizás solo lejanamente vinculable a las míticas Praderas de Asfódelos, primera región del Tártaro, donde, después de haber sido juzgadas, son devueltas las almas que no han sido ni virtuosas ni malas (según cuenta Robert Graves en Los mitos griegos)–, es necesario considerar un aspecto clave de la construcción dantesca del infierno: es sabido que en él los pecados están dispuestos de menor a mayor gravedad, con lo que este sería el menos grave, pero se suele olvidar que, al ser una fosa invertida, cada pecado es más amplio y contiene, por tanto, a los demás. Es lo que llamamos la estructura dinámica del infierno: cada pecado posee en potencia a los de más abajo y puede llegar a ser su causa, de modo que el descenso al infierno es un descenso a través de la degradación psíquica y ética del alma humana, que puede empezar dejándose arrastrar por la lujuria o la gula y terminar, como consecuencia, en el odio cerval a sus seres más cercanos. Teniendo esto en cuenta, entendemos que este primer pecado del recorrido es, sí, el más leve y común (vv. 55-57), pero también el origen de todos los demás, el origen incluso, como veremos, del pecado original, es decir, del fallo constitutivo de la psique humana que la lleva al error gnoseológico y ético.

De Dell´Otto

Pero, además, debemos considerar antes la segunda parte del canto (vv. 70-136), donde se narra, con imágenes que han impresionado a los lectores durante siglos, el paso al infierno propiamente dicho en la barca de Caronte. Llama la atención que, mientras Dante mantiene el personaje clásico de Caronte –aunque transformado en demonio (v. 109)–, cambie el mito y haga cruzar a los condenados no la laguna Estigia sino el río Aqueronte. El personaje le servía porque, gracias a una de las interpretaciones que se hacían de su nombre como derivado de caro-carnis, indica alegóricamente que el hombre está inclinado a pecar por su condición carnal, o, en otras palabras, que la carne es el origen de todos los pecados, y el pecado es precisamente la muerte del alma o segunda muerte. Pero tiene que cambiar la laguna por el río porque cruzar específicamente un río se decía en latín transgressus, que da lugar al término ‘transgresión’, utilizado respecto a las leyes –en este caso, obviamente, la de Dios–, algo que han hecho todos los condenados salvo los que están en el ante-infierno, sin cruzar el Aqueronte, rechazados tanto por el infierno, porque no han hecho el mal, como por el cielo, porque no han hecho el bien. Así, pues, no pudiendo su castigo estar motivado por haber hecho el mal (transgresión), lo está por no haber hecho el debido bien, o, en otras palabras, su pecado no es de transgresión (violar los preceptos negativos: no matarás, no robarás, etc.) sino de omisión (violar el precepto positivo que la ley cristiana añade a la mosaica: amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo).

De Giovani Stradano

En efecto, encontramos aquí unos ángeles que, en el momento de la rebelión de Lucifer, no tomaron partido sino que solamente pensaron en sí mismos (per sé fuoro, v. 39)  –otra invención dantesca sin precedentes–; más un personaje, gracias al cual –al reconocerlo como el que llevó a cabo, por debilidad (per viltà), el gran rechazo (v. 60)– Dante entiende inmediatamente qué son estos pecadores (v. 61): Celestino V, quien rechazó el papado para retirarse a disfrutar de la vida eremítica. Con estas elecciones –el papa que osa renegar del mandato divino (pues al papa lo elige Dios a través de los cardenales) y los ángeles que se ponen de perfil en el momento de la lucha decisiva entre el Bien y el Mal–, los condenados demuestran que se aman a sí mismos por encima de Dios y del prójimo, que se rigen más por su bien personal o individual que por el Bien universal. De este modo, cayendo en un radical ego-centrismo, se desvinculan del Orden bello y providencial del universo y pierden así el sentido –innato en el ser humano inocente– del Bien y la Verdad. Y al hacerlo, al alejarse radicalmente de Dios, pierden el sentido –también innato en estado de inocencia– de la justicia, y con ella la capacidad de tomar decisiones y comprometerse con causas justas irrenunciables (lo que les hace haber pasado por la vida como si no hubieran estado vivos, es decir, sin pena ni gloria o, en italiano, senza infamia e senza loda, v. 36).

De Miguel Ángel

Para Dante el egocentrismo o individualismo –la soberbia o superbia, en lenguaje medieval (y estos condenados están, efectivamente, super o por encima de todos los demás)– es, como radical incapacidad de amar a lo otro, no solo el origen de todo error psíquico y ético, sino de una actitud apolítica, sin compromiso, indolente (es decir, insensible el dolor ajeno), incapaz de reconocer (y reconocerse en) el orden bello natural del universo.

NOTAS

vv. 5-6: indican la Trinidad: Padre (potencia o poder creativo y directivo), Hijo (sabiduría o logos), Espíritu Santo (amor).

v. 18: me fascina esta definición del pecado: la pérdida del bien del intelecto, que es para los medievales la parte del ser humano creada a imagen y semejanza de Dios, y que incluye también lo que hoy llamaríamos los afectos. El pecado se entiende así como una degradación gnoseológica y ética, es decir, en la capacidad de conocer y desear, causado por el desequilibrio o debilidad psíquicos.

v. 33: los que en vida no sintieron el dolor ajeno y solo pensaron en sí mismos (indolentes), aquí están vencidos por el dolor.

v. 46: ni siquiera están muertos porque no han estado vivos, por lo que ahora desean, sin esperanza, al menos haber pecado, es decir, haber causado la muerte del alma.

vv. 50-51: los que en el mundo despreciaron a los demás a causa de su soberbia e indolencia, ahora son profundamente despreciados por Dios y por Virgilio.

vv. 52-54: los que en vida no se comprometieron con ninguna causa justa, ahora siguen una enseña o estandarte que no les lleva a ningún lado sino que les hace girar absurdamente en círculo.

v. 60: la colocación aquí de Celestino V, quien adujo haber renunciado al papado por humildad y santidad, y de ello tenía fama, es un potente mensaje político por parte de Dante: lo hizo por soberbia y será olvidado. Además, implica que su sucesor, Bonifacio VIII, el que causó el exilio de Dante, fue un papa ilegítimo (pues fue elegido antes de que muriera Celestino) y que la silla de san Pedro, por tanto, estaba vacante. Notad que es la misma situación que se da entre Benedicto XVI y Francisco I: de hecho, Ratzinger, que es un gran teólogo, en su bula de renuncia tuvo que hacer mención al caso de Celestino, único anterior a él.

v. 61: el hecho de que Dante lo reconozca y sepa inmediatamente de qué pecado se trata excluye otras posibles identificaciones, como la de Poncio Pilatos.

vv. 93, 127-129: presagian la salvación de Dante.

vv. 95-96: definición (agustiniana) de la divinidad, en la que deseo y poder son lo mismo.

vv. 103-105: resuena la famosa maldición de Job 3 3: «¡Maldita sea la noche en que fui concebido! ¡Maldito el día en que nací!»

Juan Varela-Portas de Orduña, de La Discreta Academia

Enlaces:

https://es.wikipedia.org/wiki/A_contratiempo_(%C3%A1lbum_de_Chicho_S%C3%A1nchez_Ferlosio

1 Comment

  1. Angel Arteaga dice:

    Extraordinario trabajo de esclarecimiento para los que nos aproximamos por primera vez a esta obra maestra del pensamiento occidental
    Gracias a La discreta y en particular al autor de estas notas Juan Varela-Portas
    Vuestra altruista labor es enorme

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