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Invitación a la Divina Comedia. Infierno IV

INFIERNO IV

Ilustración de William Blake

De Giovanni Stradano

Si el ante-infierno es una creación específicamente dantiana, el limbo, en cambio, es un lugar del más allá propio de la tradición cristiana, que lo situaba efectivamente al inicio del infierno, y en el que hacía residir las almas de los no bautizados y, por lo tanto, no sanados del pecado original. Dante juega aquí también con el significado de la palabra limbus, es decir, borde u orilla de un precipicio, y lo ubica justamente en el borde de la fosa infernal, donde aún llega la luz (vv. 116, 151). Se trata de un lugar tranquilo (v. 150), en el que el aire no tiembla a causa de gritos y suspiros (vv. 25-27), y en cuyo interior se encuentra sorprendentemente –y aquí la fantasía dantesca alcanza nuevos vuelos con una invención única– un castillo que tiene dentro un prado fresco y verde, un auténtico locus amoenus infernal. De esta forma, Dante distingue dos tipos de “limbícolas”, los normales y los que habitan el nobile castello, que han sido así honrados especialmente por la gracia de Dios debido a la especial fama y el honor que aún tienen en el mundo de los vivos (vv. 70-78).

Codex Altonensis

Las características de todos ellos las explica Virgilio, que allí “reside” (v. 39): no pecaron (v. 34), pero no les es suficiente la merced divina porque no fueron bautizados (vv. 34-35), y los anteriores al cristianismo no adoraron convenientemente a Dios (vv. 37-38), es decir, cayeron en el error de la superstición, contrario a la religión (y por eso también super-stant a los otros condenados). Por eso, se encuentran sumidos en un dolor que no proviene de ningún martirio (v. 28), sino solamente de la perdición (v. 41) y la angustia interior de desear sin esperanza (vv. 19, 42). Virgilio se refiere con esta última expresión al deseo de conocimiento de Dios (que es deseo de Verdad y Bien, y por tanto de perfección y felicidad absolutas): el ser humano tiene ese deseo de manera natural, pero, sin la fe que proporciona el bautismo, es decir, sin el vínculo entre Dios y el hombre que Cristo reconstruyó (re-ligó) con su sacrificio, carece de la posibilidad de saciarlo (y aquí Dante rectifica una concepción distinta del deseo humano que había explicado en el Convivio). Esta es la consecuencia del pecado original: el mito cristiano explica cómo el ser humano, que había sido creado especialmente ligado a Dios, es decir, con un sentido innato e intuitivo de la Verdad y del Bien, y por ello consciente y contento de su papel y su lugar en el orden del universo, perdió esa ligazón, ese vínculo, a causa, como hemos visto en el canto anterior, de que la conciencia se volvió conciencia individual, y esta egocentrismo o soberbia. Y así el hombre rompió sus vínculos con las cosas bellas y se consideró el centro del universo (el mito cristiano es profundamente ecologista), y, al hacerlo, disminuyó en extremo su capacidad de conocer, de amar y de ser justo. Así, en los vv. 46-63 no solo se certifica el principio de fe del descenso de Cristo al limbo de los patriarcas (limbus Patrum) para llevarse al cielo a los dignos de ello, sino además se manifiesta que es la muerte y resurrección de Cristo la que venció al pecado original representado en ese lugar.

Gustave Doré

Normalmente, la invención del nobile castello se considera simplemente un modo de honrar especialmente a figuras destacadas del mundo antiguo, y especialmente a sus poetas, y, en efecto, en él encontramos tres grupos diferentes, muestra de las inquietudes y bases intelectuales de Dante: los héroes políticos y civiles (vv. 121-129), la filosofica famiglia (vv. 130-144), y, con especial relevancia, los poetas (vv. 79-102), que salen a honrar a Virgilio, y acaban recibiendo a Dante entre ellos como uno más (vv. 97-102). Sin embargo, el lugar esconde una enseñanza más acerca del pecado original: porque del v. 45 sabemos que los “limbícolas” están allí sospesi, ‘suspendidos’, como están “físicamente” suspendidos sobre el abismo infernal (de hecho el verso juega con el significado de limbo como lembo o extremo). Si se indaga en las fuentes teológicas, se averigua que, en efecto, la ubicación de los habitantes del limbo queda pendiente de resolución definitiva en el juicio final, tras el cual este espacio de suspensión o espera desaparecerá. La razón de ello es sutil: una vida humana no puede ser definitivamente juzgada hasta que no se agoten todas las consecuencias de sus actos, que van más allá de su muerte física, y en el caso de los nobles habitantes del castillo estas consecuencias son muy positivas y duraderas, por lo que Dios prevé que van a ser finalmente salvados y los honra preventivamente por ello (y cobran ahora sentido las promesas de Beatriz a Virgilio en el canto II, cuando le asegura que las consecuencias positivas de sus actos durarán para siempre).

Y es que justamente el olvidar este aspecto es en lo que consiste el error psíquico de base que lleva a la degradación gnoseológica y ética que constituye el pecado. Porque olvidarlo implica que se ha dejado de sentir el cosmos como un orden, como una red de causas e influencias (valores y virtudes, en lenguaje técnico filosófico) en la que nuestros actos tienen consecuencias más allá de las inmediatas, consecuencias que en estado de inocencia sí sabíamos prever. Es decir, en otras palabras: que nuestros actos no deben dirigirse solo al bien inmediato y aparente, al beneficio concreto y personal, sino al Bien último o absoluto, que no atañe solo a nuestra persona individual o a lo que nos rodea inmediatamente. Y he aquí la dificultad de la ética, que nace al perderse el estado de inocencia, y nos obliga a valorar las consecuencias finales de nuestros actos sin que, en realidad, seamos capaces de ver más allá de ellos. Y he aquí también las consecuencias del pecado, que no solo es un mal inmediato y concreto infligido a alguien o a algo, sino una cadena de mal que se pone en movimiento, y que daña la red universal, que siembra la semilla del desorden en el orden bello del cosmos, o, en lenguaje teológico, que ofende a Dios.

Gabrielle Dell´Otto

Así, pues, entre el ante-infierno y el noble castillo, Dante –y el lector o lectora con él– aprende que el exceso de conciencia individual del ser humano –o egocentrismo, individualismo o soberbia– produce su desconexión de la red de causas y consecuencias en que consiste el orden del universo, y con ello el deterioro del conocimiento intuitivo de la Verdad y del deseo inmediato de Bien (es decir, el deterioro del sentido innato de la Justicia) que tenía en estado de inocencia. Aprende entonces que es justamente este error psíquico original de la naturaleza humana lo que hace necesaria la ética –la evaluación racional de las consecuencias de cumplir nuestros deseos–, y por lo tanto posible el error y la degradación pecaminosa. Pero aprende también que esa naturaleza humana inocente primordial no se ha perdido del todo (y por eso el ser humano sigue teniendo un deseo residual de verdad, bien, justicia y belleza), y que gracias al sacrificio de Cristo y al bautismo puede restaurarse. Ahora ya puede entender –y el lector o lectora con él– el sentido de su viaje, que parte de los orígenes de la degradación para dirigirse luego, a través de la sanación, a ese Bien y Verdad absoluto que él cree que en el fondo anhelamos.

NOTAS

v. 24: el infierno dantesco es una fosa cónica, a la que se desciende por gradas circulares de diámetro decreciente que la circundan.

vv. 26-27: la impresión sonora contrasta claramente con la del ante-infierno.

vv. 31-32: este retraso de Dante en preguntar debe de tener algún significado que por ahora se me escapa.

v. 38: la superstición es un pecado contra la virtud de la religión. Religión viene de re-ligare, e implica recuperar la ligazón o vínculo con el orden universal (con Dios), que es, para los cristianos, la posibilidad que abre el sacrificio de Cristo y el bautismo, que lo materializa como hipóstasis.

vv. 47-48: el descenso de Cristo al infierno, entre su muerte y su resurrección, que se narra en un evangelio apócrifo, el Evangelio de Nicodemo, fue incluido en el Credo en el Concilio Lateranense de 1215.

vv. 67-84: notad la delicada progresión narrativa, que implica progresión en la percepción sensorial (luz a lo lejos, progresivo acercamiento, entrevisión de unas figuras, percepción de una voz, llegada de los poetas).

vv. 76-78: la buena y duradera fama de estos personajes contrasta con la nula fama de los residentes en el ante-infierno.

v. 80: fijaos cómo Virgilio es, ante todo, poeta.

v. 86: Homero lleva la espada en la mano como símbolo de la poesía bélica de estilo trágico.

vv. 95-96: según opinión unánime, se alude a Homero, pero el hecho de que me parezca rara la repetición, así como la referencia al águila, que mira directamente al sol, me hacen sospechar que se trata de alusión a un poeta cristiano, posiblemente David, con el que estos formarían escuela poética más allá del sustrato religioso. Es solo una sospecha.

vv. 121-129: destacar a estos personajes es síntoma de la pasión política o civil que siempre embargó a Dante.

vv. 129-144: lo mismo con la filosofía: aquí se presentan algunas de las fuentes principales del conocimiento filosófico de Dante, como Aristóteles, Avicena o Averroes.

v. 131-133: alude a Aristóteles, el filósofo por antonomasia en el siglo XIII.

Por Juan Varela-Portas de Orduña, de la Discreta Academia

1 Comment

  1. Qué interesante, como siempre, muchas gracias. Nunca había caído en ese carácter provisional del Limbo y la posibilidad de que esas almas justas, según la teología, pudieran finalmente salvarse tras el Juicio Final. Si fuera así, me parece valiente por parte de Dante incluir a dos sabios musulmanes como Avicena y Averroes (y no me extraña, porque en contra del tópico, creo que Dante es un autor muy compasivo).

    Gracias otra vez y enhorabuena.

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