La persistencia de la memoria en “25-33”, de Santiago A. López Navia

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La persistencia de la memoria en “25-33”, de Santiago A. López Navia

Por José Miguel Junco

Con este poemario el autor nos brinda una clase práctica que tiene sus raíces en la tradición de la mejor poesía cuando esta no requiere ni de calificativos ni de efectismos para hacerse notar. “Esa cosa liviana, alada y sagrada” como la definiera, sin definirla, Platón.

En 25-33 (Visor, 2022), Santiago A. López Navia da otra prueba de los múltiples registros que domina y los no pocos recursos de los que se vale, con maestría, para plasmarlos. Un viaje de regreso a los años de la infancia, la recuperación del asombro que procura a un niño el paulatino descubrimiento de los insólitos misterios de la vida.

A partir de un núcleo, referente en todo el poemario, que es la casa familiar, el autor va reconstruyendo su niñez con emoción contenida, un tono muy coloquial, acorde con aquello que se evoca, y esa impagable cualidad que consiste en que ni una sola palabra está de más, ningún recurso retórico, ningún alarde forzado. Lo esencial del lenguaje poético que transcurre, fluye, con un ritmo acompasado y la cadencia requerida.

La resurrección de un tiempo pasado en la que unos padres van reforzando con imaginación, sensibilidad y afecto sin límite, los primeros pasos de un niño que, de “sus manos” y sus afanes, va superando inseguridades, desconciertos, incertidumbres, y reafirmando su personalidad.

Por un momento pareciera que es el niño el que está escribiendo lo evocado, una suerte de desdoblamiento en el que, difícil tarea esta, presente y pasado se funden en la memoria como si ambos momentos coincidieran, por más que el tiempo pretérito marque el distanciamiento.

La ternura, la magia, la presencia de unos padres que, pese a llevar en sus espaldas el peso de una guerra y sus secuelas, mantienen la sensibilidad necesaria para que los años infantiles sean recordados como un proceso de paulatina reafirmación y autonomía.

Unas monedas que, mágicamente, el padre encuentra una y otra vez, aviones de papel, una cometa, una caja de herramientas que parece la de un prestidigitador por la cantidad de prodigios que los objetos en las manos paternas son capaces de materializar. Una madre que desde su trabajo llama por teléfono a su hijo antes de irse al colegio; lo espera, para que se sienta seguro, a la vuelta en la casa familiar, lava ardorosamente, vela el sueño del niño cuando tiene fiebre, y acostumbra a doblar las sábanas junto con el padre en un esfuerzo de ayuda mutua y cooperación. Vívidos recuerdos rescatados y elaborados poéticamente.

También en el trasfondo, implícitos, el contexto y la atmósfera de una época pasada, en una ciudad que los años han ido transformando. Igual que nos han ido transformando a todos, pero que, en el caso de Santiago López Navia, toda esa experiencia vivida ha cristalizado en la sensibilidad que manifiesta y sin la que 25-33 no habría sido posible. 

Un homenaje sincero y lúcido, en agradecimiento no pedido, a esas personas sin cuya guía, basada en el afecto, los temores podrían haberse convertido en traumas, la imaginación podría no haber encontrado el impulso necesario para manifestarse y la sensibilidad podría haber quedado atrofiada. Sensibilidad que, junto al oficio hondamente aprendido y ahora magistralmente ejercitado, hacen de 25-33 un poemario cuya lectura es un goce para el espíritu, tan necesitado del mismo en estos tiempos de posmodernidad.

Adjunto un poema que me parece recoge y demuestra en gran medida lo aquí comentado. Invitar a los amantes de la poesía a la lectura de 25-33, resultaría, tras lo comentado, una redundancia.

XV

Mi padre me enseñó
a atarme los zapatos una tarde.
Primero un nudo,
después una lazada
sencilla, porque el arte de una doble
era casi un milagro, un imposible
para mis manos niñas, siempre torpes.

Sinceramente
quedé contento con el resultado:
con solo una lazada
yo era ya el dueño
de mis zapatos, siempre
fiados a las manos generosas
de quien quisiera atármelos, 
o a la fortuna adversa, 
si nadie me ayudaba, 
de arrastrar los cordones todo el día
privado de los juegos y el partido
de fútbol de las once, en el recreo.

Pocos días después
(ahora sé que mi padre lo sabía),
desentrañé el misterio
 de la lazada doble
(paciencia, observación, error y ensayo),
y me sentí
el hombre más capaz, más importante
de todo el mundo,
y aprendí a caminar
alzando la mirada, 
anclada hasta ese día en mis zapatos.

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