La hija del tiempo, de Josephine Tey (Barcelona: RBA, 2012; la edición original es del año 1951)

La hija del tiempo, de Josephine Tey (Barcelona: RBA, 2012; la edición original es del año 1951)

La hija del tiempo

Por Emilio Gavilanes

 

La contracubierta del libro nos informa de que La hija del tiempo (el título alude a un proverbio que dice que la verdad es la hija del tiempo) fue elegida por la Asociación de Escritores de Misterio de Estados Unidos, en 1990, mejor novela de misterio de la historia. También dice que Josephine Tey es el pseudónimo de Elizabeth Mackintosh, que nació en Ecocia, en Inverness, en 1896, que murió en Londres en 1952 y que fue una mujer muy singular. Copio lo que dice exactamente: “Fue una mujer adelantada a su época. Jamás se casó y empezó ganándose la vida como profesora de educación física hasta la muerte de su madre, cuando tuvo que regresar a casa para ocuparse de su padre inválido. Fue entonces cuando comenzó a escribir”. Veo en Wikipedia que utilizó varios pseudónimos. Y que en España la editorial Hoja de Lata ha publicado otras de sus novelas de intriga.

La mente humana siente una atracción irresistible por los enigmas. La lectura de una investigación para aclarar un misterio, del tipo que sea, es una de las actividades intelectuales más interesantes en que podemos embarcarnos. Hay multitud de libros y artículos espléndidos que responden a ese esquema de búsqueda: la reciente novela Entrelazamientos, de Luis Junco, es un buen ejemplo, o las pesquisas de Rosa Navarro Durán tras el autor del Lazarillo, o la historia del descubrimiento de la estructura del ADN, contada por James Watson, incluso una sosez como una etimología puede ser una investigación apasionante, como demostró Jaime Oliver Asín, en su Historia del nombre Madrid. Las novelas policiacas, que son el paradigma del relato de una investigación (de la misma forma que la metáfora es la expresión más acabada de un fenómeno más amplio, el de la búsqueda de la secreta afinidad entre todas las piezas del universo), aprovechan esa fascinación. Y son ellas, las novelas policiacas, las que han hecho que muchos estudios “serios” imiten la técnica del relato policial (conozco una investigación sobre el número nueve en la medicina popular en la que la explicación final, la solución al misterio, se mantiene apartada, en un segundo plano, hasta los últimos párrafos, y es como cuando el personaje menos sospechoso de pronto resulta ser el culpable).

Esta novela plantea un enigma: qué pasó con dos niños, Eduardo y Ricardo, herederos al trono de Inglaterra, cuando murió su padre, Eduardo IV, en 1483. La historia oficial dice que los asesinó su tío Ricardo III, que pasó a ocupar dicho trono, tesis que reforzó Shakespeare con su Ricardo III, donde presenta al personaje del rey como un monstruo (lo llama “ser repugnante, deforme e inacabado”).

El núcleo esencial de la novela, la parte más interesante, es la investigación de ese misterio histórico. Y eso se podría haber presentado perfectamente en un erudito (adjetivo que evoca en nuestra mente de manera casi automática otro: pesado) estudio histórico. Pero la autora tiene la delicadeza de presentarlo con una envoltura novelística. Ese aspecto de la trama, en clave de comedia ligera, no tiene mayor interés o intriga: un policía de Scotland Yard, ingresado en un hospital por una caída durante una persecución, debe permanecer en cama y ahí recibe visitas de amigos y conocidos (no parece tener familia) que le van ayudando a investigar el misterio histórico. Pero aunque no tiene mayor interés para la investigación, está tan bien escrita, con un humor tan fino, tan inglés, y con un estilo tan preciso, tan limpio, tan inteligente, y a la vez tan natural, que uno siente que todas las historias deberían estar escritas así.

En cuanto a la investigación que se lleva a cabo en la novela, solo diré, para no destriparla, que es un prodigio de dosificación. Los datos que van desmintiendo la versión oficial, siempre sorprendentes, están medidos. Aparecen poco a poco, para dar tiempo al lector a asimilarlos, a digerirlos tranquilamente.

Uno puede pensar que al lector medio español la historia de Inglaterra le pilla un poco lejana y que no le va a interesar la narración. Pero no hace falta conocerla. Lo que se cuenta es casi un mito, un relato de interés universal. Además, la propia novela proporciona el conocimiento del contexto histórico para seguirla.

En internet uno puede encontrar todo tipo de opiniones sobre esta novela, desde que es una maravilla hasta que es un tostón histórico insoportable, pasando por los que dicen que ni fu ni fa. Creo que no hace falta decir que a mí me ha parecido apasionante.

[No hace mucho Ricardo III volvió a ser protagonista de otra investigación. Esta vez la de la búsqueda de su tumba, realizada en agosto de 2012 y promovida por el ayuntamiento de Leicester y la Sociedad Ricardo III. En doce días se localizó la iglesia en la que fue enterrado y de la que no quedaba ningún resto en superficie. Cinco días después se encontró un esqueleto. Tras una serie de estudios (cotejo con fuentes históricas y análisis y comparación de su ADN con el de descendientes de Ricardo III) se concluyó que pertenecía a este rey, “más allá de toda duda razonable”. Se pudo saber que tenía escoliosis (en las fotografías se ve una impresionante curvatura lateral de la columna), y esto provocaba no que tuviera joroba, como lo pinta Shakespeare, pero sí que un hombro estuviera más alto que otro. El examen muestra que murió tras recibir al menos once heridas, nueve de ellas en la cabeza (dos de ellas mortales, en la base del cráneo, producidas por una espada o una alabarda), ninguna en brazos y piernas, lo que hace pensar que en el momento de su muerte estaba rodeado y que llevaba armadura, pero no casco. También se descubrió una herida en el cóccix, que se interpreta como recibida después de morir. Se piensa que pusieron el cadáver desnudo sobre una caballería, con los brazos colgando por un lado y las piernas por el otro, y que alguien le apuñaló en los glúteos, para infligirle una herida humillante. Ricardo III fe el último rey inglés que murió en el campo de batalla.]

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