Juan Marsé y mi Ducati

Por David Torrejón

Juan Marsé tenía tan buen ojo para las máquinas como para las personas. En “Últimas tardes con Teresa” describe la última escapada de Pijoaparte a lomos de una Ducati. Yo estaba escribiendo un artículo sobre la Ducati 200 élite, mi primera moto con matrícula, una moto vieja entonces, con la idea de publicarlo en alguna revista (salió por fin muchos años más tarde en una publicación digital ya desaparecida) y se me ocurrió que sería genial empezarlo con ese párrafo y algunas palabras del propio Marsé. Conseguí su teléfono y lo llamé. Lo cogió en persona. Le pregunté en qué modelo de Ducati estaba inspirado ese párrafo. Lo hice tan atropelladamente que al principio le costó entender que alguien pudiera tener interés en ese asunto aparentemente nimio. No obstante, enseguida se hizo cargo de la situación y me contestó con educación y calma, a pesar de mi asalto telefónico. Me vino a decir que no recordaba exactamente en qué modelo estaba pensando cuando lo escribió, que hacía ya muchos años de eso. Cruzamos dos frases más y me despedí con algunas palabras de admiración por sus obras, sinceras pero que me parecieron ridículas, como la expresión de algo demasiado obvio: un imberbe periodista freelance como yo solo podía admirar a alguien como él. He leído muchas de sus novelas y unos pocos de sus cuentos. Sin duda, Marsé ha sido uno de los escritores que más ha influido en aquellos que empezamos a escribir a lo largo de los setenta. 

En la foto, el párrafo de la novela por el que tan intempestivamente le interrogué. La moto, ahora restaurada, sigue conmigo y, a pesar de haberla aguantado desde hace más de cuarenta años y conocerla tornillo a tornillo, confieso que yo mismo no habría podido describirla mejor. Solo una pequeña muestra de su genio y su buen talante, a pesar de su fama de hombre eternamente enfadado.

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